Por Joaquín Hurtado
Voy por una lanota. Cuatro palabras, una frase atribuida a Diego Sebastian, el asesino que acabó con la vida de toda una familia en el estado de México. La expresión es perturbadora. El multihomicida estableció, con estas palabras, una motivación concreta: dinero.
Pero el multihomicida no dijo “lanita”, sino “lanota”, lo cual suena a crueldad premeditada con un sentido casi festivo. El criminal no dijo: voy a arruinar una vida, voy a destruir una familia, voy a cometer una atrocidad; dijo, en esencia: solo voy por dinero.
Se trata de una decisión fríamente calculada: después de ejecutar la masacre y cerrar la transacción económica, se fue a comer tacos. El perpetrador no vio a una niña pequeña entre sus víctimas, vio un obstáculo. Aquí cualquier explicación exclusivamente económica se queda corta. El dinero puede explicar un objetivo pero no explica la dimensión moral del acto.
Voy por una lanota. La frase resulta inquietante porque reduce una tragedia humana a una operación de intercambio. Usar el aumentativo de lana no es aquí sólo una forma coloquial de nombrar un gran monto de dinero, en esa expresión desaparecen del mundo las vidas ajenas. Los otros dejan de ser alguien y se convierten en algo.
Matar a una persona adulta ya supone atravesar una barrera psicológica extrema. Matar deliberadamente a una niña muy pequeña, introduce otra cuestión: ¿qué tuvo que ocurrir, dentro de la percepción del agresor, para que esa niña dejara de representar aquello que normalmente representa una criatura indefensa?
Una lanota. Deshumanización, ignorar que la víctima es humana. Y aún puede significar algo más frío: saberlo y, pese a ello, actuar como si su humanidad careciera de valor. Esto es crueldad pura, crimen de odio, quizá como producto de la furia, quizá como enajenación hasta hacer desaparecer la mínima empatía por el sufrimiento ajeno.
Una lanota, el dinero como primer término de una ecuación más amplia: bitcoins, crimen, atención, poder. El dinero puede facilitar la ejecución de un plan, garantizar impunidad, contratar buenos abogados, abrir vías de escape. El crimen produce una conmoción que nadie puede ignorar. La conmoción produce atención. Y la atención, en la sociedad del espectáculo, puede convertirse en una forma de poder.
Cuando el dinero aparece como única medida, la vida humana puede terminar convertida en una cosa, una mercancía, una cifra o un costo que debe pagarse para obtener otra cosa, ganancia al final y, en medio, seres humanos que dejan de contar como individuos con valor intrínseco.
La época de la llamada post verdad ha llevado esta lógica a un terreno todavía más extraño. La noticia de una familia muerta circula por miles de pantallas, funciona para provocar indignación, para conseguir seguidores y vender publicidad. El dolor se ha presentado como espectáculo. Si el miedo consigue más clics que la serenidad, el miedo tendrá más circulación; si la desgracia produce más interacción que la dignidad, la desgracia encontrará más seguidores.
Voy por una lanota, la frase no explica del todo la motivación criminal. Revela una mirada deshumanizada, donde el valor de la vida queda subordinado al valor del dinero y el poder.



