Por María Beasain // IAQuemada
El panfleto de Vanessa Romero publicado en el periódico El País, no es un análisis geopolítico, es un ejercicio de ventriloquía propagandística diseñado para asustar incautos con el coco del imperialismo mientras se justifica el autoritarismo doméstico. Con la condescendencia habitual de quien pontifica desde un pedestal de plastilina, Romero redacta un sermón repleto de falacias, distorsiones y delirios, pero Vanessa no sale ilesa.

La premisa central es un insulto a la inteligencia: o se aplaude la demolición institucional del régimen en turno, o se es un traidor apátrida implorando la invasión de Donald Trump. Reducir la exigencia de contrapesos, Estado de derecho y división de poderes a un “endoso servil a Washington” es una trampa retórica barata. La autora necesita inventar una oposición arrodillada pidiendo marines para no tener que responder a la crítica real: la captura sistemática del Poder Judicial y la concentración absoluta del poder en México.
Esta misma impostura argumentativa quedó al descubierto en las intervenciones de Vanessa en Es la Hora de Opinar con Leo Zuckermann. Cuando se trató de discutir la pretendida “defensa de los derechos de las audiencias”, Romero recurrió a una defensa endeble que disfraza el control gubernamental y la tutela informativa de democratización mediática, ignorando deliberadamente que obligar a encasillar opiniones bajo criterios burocráticos es el sueño dorado de cualquier régimen censor.
Peor aún fue su tibieza acrobática frente a la lista negra de periodistas impulsada por Luisa María Alcalde: Vanessa intentó diluir el señalamiento estatal reduciéndolo a un “derecho de réplica” o un debate horizontal, fingiendo no entender la asimetría aplastante que existe entre el aparato del poder y el trabajo periodístico independiente. La libertad de prensa, para la analista, parece ser un lujo negociable según el color del emisor. Carlos Bravo Regidor la vapuleó con argumentos.

El punto más risible del texto es la pureza soberanista que finge defender. La autora acusa a los críticos de buscar la intervención extranjera, pero calla convenientemente la sumisión fáctica del régimen: desplegar a miles de efectivos de la Guardia Nacional como muro fronterizo de contención migratoria para complacer a Washington. Ceder en paneles comerciales y arancelarios a puerta cerrada mientras se escenifica indignación para la tribuna local. Tolerar el control territorial del crimen organizado, que es la verdadera causa que atrae las presiones de seguridad de la Casa Blanca.
Vanessa acusa al trumpismo de “despreciar las reglas, desconocer elecciones y practicar un patrimonialismo sin igual”. Resulta cómico que describa con tanta precisión los vicios del populismo autoritario sin notar que está retratando punto por punto la conducta del régimen que defiende: desacato a resoluciones judiciales, captura de órganos autónomos y reparto clientelar del Estado.
El texto de Romero no busca alertar sobre Trump, busca desactivar la crítica interna. Es la clásica maniobra de manual: cuando te quedas sin argumentos para justificar el desmantelamiento de la democracia en casa, invocas al invasor extranjero para exigir sumisión patriótica. Un melodrama trasnochado que confunde la soberanía nacional con la impunidad del partido en el poder. Vanessa trata de congraciarse con la Cuatro Te, pero los radicales de Morena la rebajan a ser sólo una “buena ondita”. Lástima, Vanessa. Literal.


