Reclusorio Norte: los ‘crímenes ejemplares’ que escuché en prisión

Lo más inverosímil puede convertirse en motivo de un crimen. Desde los pasillos del Reclusorio Norte, el cronista recupera confesiones que revelan las razones más cotidianas detrás de la violencia.
AguaQuemada

noviembre 8, 2026

Por Alejandro Suverza

Un día, en una librería, un título me llamó la atención. En la portada se leía Crímenes ejemplares (1957). Hojeé el libro y mi vista aterrizó en frases y párrafos cortos que decían: “Lo maté porque me dio la gana”. “Lo maté porque, en vez de comer, rumiaba”. “Roncaba, al que ronca, si es de la familia, se le perdona…”. “¡Hola, mano! Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad”. “Le olía el aliento. Ella misma dijo que no tenía remedio.”

Mi inconsciente criminal y cómplice llevó mis manos a mi bolsillo y lo compré. Los microrrelatos que procedían de historias o acciones y comportamientos escuchados y recogidos por el autor lograban carcajearme y sentir mucho regocijo por haber experimentado alguna vez situaciones similares en mi cabeza. Y la forma de escribirlos del maestro Max Aub, nacido en Francia en 1903, realmente me atrapaba. Sin pensar que los testimonios del autor –que se exilió a México y murió en 1972– fueran reales, yo los identifiqué con mi inconsciente; publica MILENIO.

Humor e irreverencia convergen en la obra de Max Aub. (Imagen: Antonio Texta)


Por esos días empecé a hacer el ejercicio de escribir las locuras que mi “ello” soltaba sin someterlas a juicio alguno. Un ejemplo: ‘Tenía una sed terrible, estaba crudo en el cuarto piso de mi departamento del Centro Histórico, me asomé por la ventana, vi la tienda, me arrojé sobre una de las millones de personas que visitan el primer cuadro de la Ciudad de México en fin de semana, la aplasté, amortiguó mi vida, seguí caminando, compré el refresco, lo bebí frenéticamente. Murió la sed también’.

Seguí con ese ejercicio durante meses porque siempre me ha maravillado lo que puede crear el inconsciente en cualquier ámbito, el que sea, llámese artístico, sexual, existencial, de sobrevivencia, de ambición, creativo, catastrófico, la venganza, lo inspiracional. Pero sobre todo en lo criminal e irracional. Y en mi inconsciente maté a un transeúnte sin importar nada. Esta introducción viene a colación para relacionar lo que Aub escribió en sus microrrelatos –confesiones de criminales en Francia, México y España– con las acciones violentas que escuché y viví en el Reclusorio Norte de la Ciudad de México, y que muchas veces obedecieron a impulsos irracionales al borde de la locura, la ira, los celos.

Los ‘crímenes ejemplares’ que existen en el inconsciente traspasaron a la realidad en el Reclusorio Norte. (Imagen: Antonio Texta)


Mis microrrelatos no sólo son asesinatos, sino también acciones violentas. Si la víctima murió o no queda en la conciencia de cada autor y lector.

Entre los humanos, los buenos, no son capaces de cometer crímenes más que en el inconsciente. Pero otros, los menos, los llevan a cabo. Para estos últimos no existe la frase del dicho al hecho hay un largo trecho. No. Simplemente lo cometen. Pero a veces los motivos son muy simples.

Así ocurrió en los pasillos y dormitorios de esta prisión. Las confesiones son simples y llanas, como dicen los abogados. Decepcionantes para cualquier novelista. En algunos casos los testimonios fueron directos y en otros casos la información se esparcía cuando las condenas ya eran largas y aceptadas. Los hechos circulaban sin medida. Muchos sabíamos por voces de esas historias en cada dormitorio. El tiempo transcurrido y los años de encierro terminaban por aflojar las lenguas. La información se filtraba sin medida alguna. Son razones que los autores materiales no confesaron en un papel o declaración oficial. Son motivos e intenciones escondidos que un día abruptamente emergieron.


En esos momentos cobraba sentido la frase que tantas veces hemos escuchado: “Si esas paredes y pasillos hablarán…”

En el inconsciente las acciones no pesan, y muchas veces suelen ser reprimidas por el superyó o el yo que regaña y las desaparecen en el momento, pero en la realidad, en la vida estos comportamientos provocan años de cárcel, diecisiete, veinte, cincuenta, cien, hasta sentencias de cientos de años de prisión según el número de crímenes cometidos. Lo que como Max Aub recabé y escuché, en mi caso dentro de un penal, aún me sigue perturbando tras las pregunta de por qué algunos seres humanos podemos llegar a hacer un acto que nunca imaginamos por una razón, en algunos casos, muy insignificante. En las explicaciones generales que varios de ellos me contaron, dejaron ver la reacción sin haber la necesidad de describir el sentimiento o el impulso. Como dice Aub, no doy nombres, pero los tengo.

Los motivos de los crímenes que se sueltan en prisión

Las confesiones remontaban a hechos suscitados dentro y fuera de prisión. (Imagen: Antonio Texta)


Ocurrió en el partido de final de liga de futbol del Reclusorio Norte: jugaba el Anexo 7 contra el Dormitorio 6. “Lo piqué antes de que nos metiera otro gol. Ya en otros partidos nos había metido varios y lo que menos me gustaba era su forma de festejar. ¡A ver: que festeje ahora!”

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Era mi compañero. Trabajábamos en la misma corporación de policía. Nos estábamos vistiendo para el turno. Le dije: “no me estés chingando, mejor ya cálmate”. Me dijo: “qué, a poco sí, ¿crees que tengo miedo?”. Le dije: “cálmate ya”. Me dijo: “para disparar hacen falta huevos”. “Mejor ya vete”, dije. Que agarra y que me dice: “te dije que te faltaban huevos”. Yo lo tenía a un metro de distancia. ¡Pum!

“¡Que me faltan qué!”, le dije.

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Nadie nos creía cuando lo contábamos. Entramos a robar a una casa y él se sentó a ver la tele y que se queda ¡dormido! Cuando despertó el dueño de la casa y la policía estaban enfrente de su cara. Fue su culpa. Por eso le teníamos mucho coraje, porque se lo advertimos, le dijimos no te tomes esas pastillas antes de trabajar.

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“No tengo dinero y hazle como quieras”, me dijo. Le di en la mera pata. Tenía que dejar claro que nadie se podía burlar de mí.

Algunas confesiones formaban parte de una plática común. (Imagen: Antonio Texta)

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Yo sabía lo que había ahí, lo sabía, lo conté varias veces. Faltaba una cadena y una esclava bien gruesa de veinticuatro quilates. Y nos habíamos robado todo, nada se nos había caído. Lo esculqué varias veces hasta que se me ocurrió quitarle el pantalón. Tenía bolsas por dentro que alguien le había cosido y ahí estaba lo que yo estaba buscando. Se me quedó viendo con unos ojotes. Estaba blanco. Sabía de lo que yo era capaz, para qué me provocaba.

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De una compañera que encontré en los túneles de juzgados del reclusorio:

“Le estaba tirando el perro a mi amiga, pinche perro, como yo no le hice caso ni le seguí el juego empezó con mi amiga y esa pendeja feliz. Por eso cuando preguntó ‘¿a dónde bajan?, solo le dije: “aquí, pero aquí vas y chingas a tu madre porque ya valió madres!!”.

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Le dije que no le pegara, que era mi madre. Se lo dije una vez, se lo dije la segunda. Ya no hubo tercera vez. ¡De por sí me caía mal!

“Se escuchó el aullido en todo el dormitorio”


Sabía que iba a venir otra vez a chingar. Todo tiene sus límites. Por eso me apuré, puse a hervir el agua. Necesitaba que estuviera bien “calientita” para que no se le fuera a olvidar. Cuando se la arrojé en la espalda y en la cabeza se escuchó el aullido en todo el dormitorio. Cómo dice la canción de Luis Miguel: Inolvidable, inolvidable.

***

Le llamé por teléfono muchas veces. Varios días. No me respondía y cuando lo hizo le dije que ya no quería nada con ella. Que sólo me hiciera un favor, que viniera la última vez a la visita íntima, ya para despedirnos. Me dijo que lo iba a pensar.

Ese día la esperé pensando en que no vendría. Casi iban a dar las dos de la tarde cuando escuché al estafeta [el reo que llama a otros reos que tienen visita] que gritaba mi nombre. En ese momento sentí algo en el estómago, como que se le iban las fuerzas a mi cuerpo. Pero rápido me bañé, me vestí y en la calceta metí ese fierro que pacientemente afilé. Se lo clavé tantas veces pensando en que cada vez que lo clavaba mi dolor desaparecía. No creo que desapareció pero la fuente del dolor sí.

​En el penal, las cosas malas llegan rapidísimo. En segundos. Picados, heridos, muertos, quemados, riñas físicas y verbales. Pum, pum, pum, pra, pra pra, za, za, za. Y luego todo vuelve a la calma. Siempre me lo expliqué así: es como si la maldad y sus demonios permanecieran encerrados en una burbuja que no tiene acceso a la vida que fluye normal, armoniosa sin trastornos violentos. Pero cuando esa burbuja revienta, a veces varias veces al día, a veces ninguna, viene el desenfreno veloz.

Ejemplo: Estoy parado, como muchos de este lado de la reja, esperando ver a mi visita para recibirla. De pronto ya siento algo raro, todo mundo se mueve, los ojos de los rostros de otros compañeros me advierten que algo está ocurriendo a mi derecha. Volteo y hay alguien tirado en un charco de sangre. “Se soltó el chamuco”, así lo nombra la mayoría. Luego, la burbuja se forma otra vez y todo vuelve a la normalidad. Los demonios quedan atrapados nuevamente.

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Los piqué a todos, primero, porque me pagaron por hacerlo y, segundo, porque no hay para cuando salir de aquí.

“De un vergazo le quité el ‘siempre’ de la boca”

En segundos ‘el chamucho se suelta’ en el Reclusorio Norte. (Imagen: Antonio Texta)


Entró a la celda casi a las siete de la mañana. Disque a visitar a este cabrón y se puso a platicar. Y no sé de qué hablaba pero al final repetía la palabra “siempre” muchas veces. Que va a pasar esto o aquello: “siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, y siempre”. Y no conforme con tantas veces, decía otro “sieeeeempre” retrasado, lento, hasta al final. Lo escuché una vez, dos veces, tres veces. Ya no me dejó dormir. Me levanté como si nada, sin siquiera voltear a verlo, salté del camarote y cuando le tuve bien medido, con toda mi fuerza, de un vergazo en el puro hocico le quité el “siempre” de la boca.

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A ver, a ver, que me vuelva a gritar puto otra vez!!!

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Que hagan y que piensen lo que quieran. Se lo merecía por “borrega” [delator]. Y si se muere ¿qué?: ni modo que me metan a la cárcel si ya estoy aquí.

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Se suicidó en un salón del centro escolar. Siempre se veía bien. Tomaba sus clases y era participativo. Nadie supimos por qué. “Debió haber sido por una mujer”, dijo muy seguro un compañero que iba pasando.

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Yo tenía relaciones con ella. Siempre fue así. Los dos estábamos de acuerdo. Era mi hija. La cosa es que fue al doctor cuando no estaba yo. Y la enfermera le preguntó, sin malicia alguna, que quién era el padre del hijo que llevaba en brazos y ella le contestó también sin malicia: “mi papá”.

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Lo maté porque no tuve opción. Era él o yo. Y de que lloren en mi casa a qué lloren en de él: mejor en la de él.

***

Lo empujé porque me dijo ese día que no tenía dinero para darme mi salario. Fue muy prepotente, me dijo que me esperara si quería y si no, ya no me daría el trabajo. Con ese dinero le iba comprar sus zapatos a mi hijo. Ahora ya después de tantos años pienso que se lo merecía.

Las razones nada oscuras que los llevaron al crimen


Le doy la razón a Max Aub cuando decía que con el paso de los años comprendió que los hombres “desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevaron al crimen».

Imagen portada: Archivo

https://www.milenio.com/policia/reclusorio-norte-crimenes-ejemplares-escuchan-prision

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor

// Staff

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