Por Joaquín Hurtado
En la plaza de Villas, donde los ancianos estiran las piernas al caer la tarde, los niños juegan futbol improvisado y las palomas aprenden a esquivar balones, pasea Pablo con su perrito Samurai: un pequeño pequinés cruzado con chihuahueño y una mosca peluda.
Pablo tiene cuarenta y cinco años y una mente de cristal, transparente y sin dobleces. Para él, el mundo es literal: un poema sin metáforas ocultas.
Cada día, a las siete en punto, recorre los mismos senderos con una sonrisa constante. Si Samurai hace la popó, Pablo la recoge de inmediato, con una pulcritud casi ceremonial, como si en ese gesto se jugara algo más que la higiene.
Hace una semana, mientras el sol doraba los penachos de los árboles, Pablo se detuvo frente a un gigantesco montón de excremento canino abandonado junto a una banca. La gente pasaba de largo frunciendo la nariz, cambiando de ruta con un gesto automático de fastidio. Pero Pablo no vio lo que ellos veían. Se agachó, curioso, y se acercó a las excretas frescas y pestilentes.
No eran desecho ni suciedad. Eran una cúpula diminuta, un templete de ámbar y ónice del que emanaba un vapor tenue y dorado. Y en ese vapor danzaban seres de luz: figuras etéreas con alas de seda, que no eran ni insectos ni pájaros, sino ángeles. Ángeles minúsculos y perfectos.
Se acercó aún más, sin asco, con la reverencia con la que uno se aproxima a un misterio. Olió. No olía a podredumbre, sino a algo imposible y hermoso: a pan recién horneado en la mañana de un día de fiesta, a tierra mojada tras la primera lluvia de verano, a la naranja que su madre pelaba para él cuando era niño. Cada aroma era una caricia directa al alma.
Los ángeles comenzaron a cantar. No entonaban alabanzas ni salmos, sino noticias: chismes del barrio, confidencias involuntarias, sarcasmos afilados sobre el pequeño y corrupto mundillo político local. Pablo reía con aquellos cantos dulces que revelaban asuntos tan turbios que, en otros, provocan indignación o asco.
Alzó la vista y vio a la señora Elvira, maestra jubilada, sentada en una banca, mirándolo con desconcierto. Pablo la ignoró. Había encontrado un nuevo templo excrementicio. Otro ángel, que olía a jazmín y a libro nuevo, comunicó:
–Roberto, el hombre del traje gris que camina hacia la fuente seca, acaba de recordar que hoy es el cumpleaños de su hija. Cree que ha sido un mal padre. No lo es. Sólo está cansado.
Pablo se dirigió al hombre sin preámbulos.
–Su hija lo perdona –le dijo–. Y le gustan los lirios.
El hombre se detuvo en seco, palideció, y una sonrisa temblorosa rompió la dureza de su rostro. Giró sobre sus talones y salió de la plaza a toda prisa.
Así pasaron los días. Pablo –el hombre simple, el niño grande– se convirtió en un mensajero involuntario. Transmitía malas noticias de la ciudad, pero también buenas nuevas: reconciliaciones silenciosas, objetos perdidos, pequeños milagros domésticos. Todo surgía de la caca de los perros. Entre más fino el can, más putrefactas las noticias que los pequeños ángeles pronunciaban.
La gente comenzó a notarlo. No veían ángeles ni percibían aromas celestiales, pero sí los efectos: rostros que se aligeraban, hombros que descendían, una paz tenue que se extendía por la plaza como un perfume improbable. Algo del hartazgo ciudadano parecía disiparse.
Algunos empezaron a seguirlo a distancia. No por fe, sino por curiosidad. Primero fue el velador nocturno; luego una madre con semanas sin dormir; después un joven que fingía hablar por teléfono para no parecer desesperado. Observaban a Pablo inclinarse ante ciertos montículos y retirarse después con la serenidad de quien ha cumplido un rito exacto. Nadie se atrevía a preguntarle nada. En la plaza se instaló la sospecha de que aquel hombre sabía cosas. No grandes profecías, sino pequeñas verdades íntimas, de esas que incomodan más.
El rumor llegó al watsap vecinal. Hubo discusiones. Una mujer afirmó que Pablo era un santo; otro lo llamó loco divino; alguien sugirió avisar al DIF. Al final no hicieron nada. ¿Cómo denunciar a alguien que no pedía dinero, no gritaba consignas ni prometía salvación? Pablo sólo caminaba, olía, escuchaba y hablaba. Y la plaza, inexplicablemente, parecía un poco menos hostil: menos pleitos, menos gritos. Como si la mierda, vista de frente y sin hipocresía, estuviera cumpliendo por fin una función social.
Ayer por la mañana, los trabajadores municipales llegaron con sus escobas, palas y bolsas negras. Pablo los observó tranquilo desde lejos. Vio cómo arrasaban los templetes de ámbar y ónice, cómo los ángeles se disolvían en el aire entre suspiros breves. No sintió tristeza. Sabía que al día siguiente, en otro rincón de la plaza, nacería un nuevo universo de aromas, noticias y revelaciones. Porque en este mundo abundan las mascotas… y todavía más la gente que se hace pendeja cuando sus perros cagan en la vía pública.


