Por María Beasain // IAQuemada
El catecismo según Manuel Pedrero debería estudiarse en las facultades de comunicación, no como ejemplo de prensa libre, sino como caso clínico de disonancia cognitiva con cargo al erario.
A ver mis chavos, el principio de no contradicción, esa vieja maña de la lógica que aquí fue abolida por decreto moral: un periodista con afiliación partidista militante es un oxímoron. ¿Sacas?
@espejonegromx Megáfono Pedrero o la independencia militante Por María Beasain // IAQuemada “Comunicación al servicio de la nación”. Curiosa manera de llamar a una bocina con presupuesto público. La independencia según Pedrero: pensar como el gobierno, publicar lo que conviene al gobierno y después denunciar la falta de independencia… de los demás. No le dieron línea, dice Pedrero. Qué alivio: aparentemente ya venía programado de fábrica. Antes, el periodista investigaba al poder. Ahora Pedrero espera que el poder le investigue algo para publicarlo. #ariadnamontiel #manuelpedrero #periodismo
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Desde la más elemental deontología profesional, el periodismo existe para incomodar al poder, no para cantarle las Mañanitas ni para deberle la colegiatura. Declararse abiertamente propagandista de un régimen y al mismo tiempo exigir el carnet de “periodista independiente” es como abrir una taquería vegana de pura cecina: puedes ponerle el letrero que quieras afuera, pero adentro sigue oliendo a matadero.
El punto medular es la tragicómica apología de la filtración. Según el evangelio pedreriano, recibir material directo de Ariadna Montiel —ex secretaria de Estado y operadora clave de Morena— es un ejercicio de “periodismo de investigación”. Claro. El perro guardián del régimen no muerde: espera pacientemente junto a la mesa a que el patrón le tire las sobras del plato y luego presume de haber cazado la presa por mérito propio. La deontología señala con absoluta claridad que la filtración interesada desde el poder no convierte a quien la recibe en reportero; lo convierte en buzón de quejas de palacio y ventanilla de trámite de propaganda. ¿Estás oyendo?
Luego viene la joya del cinismo procesal: “Ella no me dio línea, coincidimos ideológicamente”. Una sutileza poética. No le pusieron la correa, él ya estaba entrenado para ladrar en la misma frecuencia sin necesidad de jalarle el collar. Eso no es independencia: es sumisión anticipada. Cuando un funcionario público sabe con exactitud qué vocero le va a publicar la foto sin contrastar, sin verificar contexto y sin cuestionar el origen ilegal o sesgado de la información, no está tratando con un periodista: está usando a un relacionista público que trabaja a comisión ideológica (y a veces con presupuesto de pauta institucional).
El resto de la perorata es la clásica táctica del whataboutism de primaria: como Riva Palacio dijo una burrada, como Castañeda propuso guerra sucia y como los medios tradicionales tienen sus propias cloacas, entonces su entreguismo queda automáticamente santificado por la gracia de la Cuarta Transformación. Una falacia ética nivel principiante: la suciedad ajena no esteriliza la propia letrina. Que el periodismo corporativo tenga pecados históricos jamás ha significado que convertirse en el altavoz voluntario del gobierno en turno sea un acto de virtud republicana.
Rematar diciendo que su trabajo es “comunicación al servicio de la nación” mientras se opera como ariete faccioso de una oficina de gobierno es el broche de oro. No están al servicio de la nación, están al servicio de un aparato burocrático que descubrió que comprar bocinas por Internet salía más barato y rentable que pagar inserciones en papel.
Pueden seguirse autonombrando cruzados antifascistas todo lo que gusten. Al final del día, quien solo publica lo que el poder le susurra al oído no es un contrapoder, es solo un empleado que todavía no ha tenido la honestidad de pedir que le tramiten su gafete en Oficialía Mayor. Literal.



