El eventual aprovechamiento del gas de lutitas o shale gas en la Cuenca de Sabinas, localizada en la parte central de Coahuila y el poniente de Nuevo León, enfrenta un desafío que comienza bajo tierra y termina en la superficie: qué hacer con millones de litros de agua utilizados en la fracturación hidráulica una vez que regresan cargados de sales, hidrocarburos, metales, microorganismos y hasta materiales radiactivos de origen natural; publica MILENIO.
Aunque especialistas plantean utilizar agua salina de formaciones profundas para reducir al máximo el consumo de agua dulce y reutilizar entre 75 y 80 por ciento del líquido de retorno, actualmente no se puede afirmar que Coahuila disponga de la infraestructura necesaria para tratar a gran escala los volúmenes que generaría la explotación mediante fracking.
Ese es uno de los principales retos identificados por integrantes del Comité de Científicos y Especialistas para el Análisis de Explotación de Gas Natural No Convencional ante la posibilidad de desarrollar los yacimientos existentes en la entidad.
La fracturación hidráulica consiste en perforar pozos a varios kilómetros de profundidad e instalar ductos cementados por los cuales se inyecta a alta presión una mezcla de agua, arena y aditivos químicos para fracturar las rocas sedimentarias y liberar el gas atrapado en sus poros.
El procedimiento requiere millones de litros de fluido, por lo que en un estado con alta presión sobre sus recursos hídricos la discusión no se limita al potencial energético: también alcanza el origen, manejo, tratamiento y destino final del agua.
Agua salina para evitar utilizar agua dulce
Samuel Alejandro Lozano Morales, especialista en química macromolecular, nanomateriales y tratamiento de agua del Centro de Investigación en Química Aplicada (CIQA) del Gobierno de México, considera que una de las prioridades debe ser reducir al máximo la demanda de agua dulce.

Como integrante del comité de especialistas, señala que una alternativa para Coahuila sería utilizar agua residual tratada, pero principalmente agua salina o congénita proveniente de formaciones profundas.
Este recurso se encuentra atrapado entre rocas a profundidades de entre 2 mil y 4 mil metros, separado de los acuíferos someros utilizados para abastecimiento humano.
“En Coahuila estaríamos hablando principalmente de agua residual tratada; pero, sobre eso, el insumo que se plantea —en caso de darse el visto bueno para realizar el fracking— es el agua salina que proviene de formaciones o acuíferos profundos y no de los someros, que están cerca de la superficie y se destinan al consumo humano”, explica.
Pero extraer el agua necesaria es sólo una parte del problema.
El reto está en el agua que regresa
Después de la fracturación, parte del fluido utilizado regresa a la superficie. Se le conoce como agua de retorno, agua producida o flowback. Y su composición ya no es la misma.
Al permanecer en contacto con las formaciones geológicas profundas, puede arrastrar altas concentraciones de sólidos disueltos y suspendidos, hidrocarburos, metales, microorganismos, aditivos y materiales radiactivos de origen natural.
Por ello, el desafío no se encuentra únicamente en determinar de dónde saldrá el agua utilizada inicialmente, sino dónde será almacenada, cómo será tratada y qué proporción podrá reutilizarse de manera segura.

“Se plantea que entre 75 y 80 por ciento de esta agua de retorno pueda ser tratada y reutilizada en nuevos procesos. Lo que hay que dejar claro es que para el fracking no se necesita agua con calidad de potable; lo importante es que tenga una composición química compatible con el proceso de extracción y sea ambientalmente manejable”, señala Lozano Morales.
Sin embargo, el especialista advierte que no se puede afirmar actualmente que Coahuila cuente con la infraestructura necesaria para realizar ese tratamiento a gran escala.
Antes de avanzar, sería necesario conocer las características específicas del agua presente en las formaciones geológicas de la entidad, calcular los volúmenes disponibles y realizar pruebas piloto para determinar qué infraestructura tendría que construirse.
“No debemos preguntarnos únicamente qué sustancias entran al pozo —eso en gran medida lo sabemos—, sino qué sustancias regresan y en qué se están transformando. Desde la química ambiental es un reto enorme, pues en la mezcla se pueden dar reacciones químicas que generen compuestos imprevistos. La tecnología existe, pero hace falta realizar un análisis costo-beneficio”, explica.
Lozano Morales sostiene además que el volumen de agua que debe manejarse después de la extracción puede ser considerable y que su composición varía conforme interactúa con las formaciones subterráneas.
“No sólo se trata de analizar el agua de inyección. El volumen del agua de retorno suele ser mayor que el inyectado y, además, presenta una composición química variable al arrastrar lo que encuentra en el subsuelo: más sales, metales pesados, microorganismos y, dependiendo del tipo de suelo, materiales radiactivos”.
El riesgo para los acuíferos está bajo tierra
El otro punto crítico es impedir que los fluidos utilizados o extraídos de las formaciones profundas encuentren una vía hacia los acuíferos someros utilizados para consumo humano.
Luis Fernando Camacho Ortegón, doctor en geociencias, investigador de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) e integrante del comité de especialistas, explica que los proyectos de extracción de gas no convencional están sujetos a normativas que contemplan la elaboración de una Línea Base Ambiental (LBA).
Se trata de un estudio previo a la exploración que permite conocer las condiciones ambientales existentes antes de comenzar las operaciones.

Entre otros aspectos, contempla el monitoreo de pozos de agua dulce, análisis de flora y fauna endémicas, pruebas de laboratorio y evaluaciones de las condiciones del agua, suelo y aire.
La información permite posteriormente identificar cambios y medir posibles impactos derivados de la actividad extractiva.
En cuanto al riesgo que representa manejar agua salina proveniente de grandes profundidades cerca de acuíferos utilizados por la población, Lozano Morales sostiene que uno de los factores determinantes será la construcción de los pozos.
“Para que estos elementos lleguen a un acuífero somero de consumo humano debe existir una vía de transporte. Por eso, al momento de construir un pozo, es fundamental garantizar la integridad mecánica, la cementación adecuada, el aislamiento entre formaciones y demostrar mediante estudios la desconexión hidráulica entre las formaciones profundas y los acuíferos someros”.
Proponen vigilancia ciudadana sobre los pozos
Ante los riesgos ambientales y la complejidad técnica del proceso, los especialistas plantean crear un comité multidisciplinario de vigilancia ciudadana y científica que supervise las operaciones en caso de autorizarse proyectos de explotación mediante fracking.
El organismo estaría integrado por especialistas en geociencias y química, además de sociólogos, ambientalistas y comunicadores.
Su función sería verificar permanentemente el cumplimiento de los protocolos, desde la construcción de los pozos hasta el manejo del agua y las medidas de protección ambiental.
“Se pretende que sea un grupo de vigilancia constante que verifique el cumplimiento de los protocolos en la construcción de los pozos; un comité de vigilancia social que evite actos de corrupción, malos manejos y garantice el apego a la normativa”, señala Lozano Morales.

La propuesta contempla también revisar que las empresas responsables de la extracción cuenten con planes de emergencia para responder ante incidentes y proteger los ecosistemas de la región.
“La implementación de un comité de vigilancia permanente durante las operaciones sería una propuesta innovadora en el país. De este modo, los organismos e instituciones interesadas podrán acercarse a este grupo para consultar el estado del proceso o reportar cualquier anomalía”, añade.
Para los integrantes del comité, el aprovechamiento del gas de lutitas podría contribuir a reducir la dependencia del gas importado de Estados Unidos y funcionar como un combustible de transición mientras aumenta la participación de otras fuentes energéticas.
Pero antes de perforar, sostienen, Coahuila tendría que resolver una ecuación que involucra energía y disponibilidad hídrica: demostrar que puede extraer gas de sus formaciones profundas, manejar y reutilizar el agua que regresa del subsuelo y mantenerla aislada de los acuíferos que abastecen a la población.
Imagen portada: MILENIO
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