El país se mueve sobre ruedas. Todo lo que llega a nuestras manos viaja primero en la caja de carga de un camión: la ropa que vestimos, la leche del desayuno, las medicinas del botiquín, las piezas que tienen funcionando una fábrica. Pero detrás de cada viaje hay un trabajo poco estable que se tornó un volado diario contra la inseguridad. Casi 300 mil personas se ganan la vida al frente de estos monstruos de acero. Son el engranaje invisible de la vida cotidiana y salen a la ruta bajo una certeza insoportable: ignoran si volverán a casa; publica MILENIO.
México no se detiene porque ellos siguen con el acelerador puesto. El autotransporte de carga es el corazón de la economía: mueve 56% de la mercancía que consumimos –más de 556 millones de toneladas al año–, un volumen equivalente a 3.2% del PIB. Mientras que el transporte marítimo representa 31.6% y el ferroviario 12.8%, de acuerdo con el Reporte de Estadística Básica del Autotransporte Federal.
En la cabina, los operadores murmuran como si fuera un destino inevitable. “Sólo hay dos tipos de operadores: los que ya fueron asaltados y los que van a asaltar”. Saúl, así lo llamaremos para este reportaje por cuestiones de seguridad, tiene 46 años y trece siendo chofer. No necesita teorizar: conoce la respuesta. En apenas treinta días fue víctima de cobro por derecho de piso por parte del crimen organizado, de un asalto, un secuestro exprés y hasta la extorsión de las autoridades, cuenta luego de aceptar esta entrevista con DOMINGA.
El primer episodio ocurrió en Matamoros. Aceptó el viaje a pesar de lo peligroso del destino debido a la necesidad. Llevaba varios días sin recibir un solo servicio. Sabía que el crimen organizado controlaba las carreteras, pero minimizó hasta qué grado. Se lanzó a la carretera. En el camino un comando le cerró el paso, lo bajó y encañonó con armas largas. Se presentaron sin rodeos como la maña. Le pidieron una cuota de unos cien mil pesos para no matarlo.
Semanas después, a cientos de kilómetros de distancia, la amenaza se convirtió en pesadilla. El segundo episodio ocurrió en Cuautitlán Izcalli –el principal foco del robo al autotransporte en el país–. Ahí Saúl vivió un secuestro exprés. Los delincuentes le abrieron la frente al estrellarle la cacha de pistola en el rostro. Después le vaciaron la caja: un cargamento de calzado deportivo valuado en más de un millón de pesos. Sin embargo, la pesadilla no concluyó cuando logró liberarse de sus captores. Tuvo que pagar para que su propia denuncia quedara “bien escrita”.
Al acudir a la fiscalía especializada en robo al transporte, en Atizapán, asegura que un agente del Ministerio Público le exigió 4 mil 500 pesos por redactar el acta e integrar correctamente la carpeta de investigación. La amenaza, cuenta, fue fría: si no pagaba, la carpeta de investigación podría contener “errores sintácticos o procedimentales”, lo que –según el funcionario– podía abrir la puerta para que la aseguradora rechazara la indemnización por el millón de pesos robado.
A pesar de que el robo a transportistas con violencia disminuyó 26.1% en el primer semestre de 2026, al camionero en este país le roban en la carretera y luego lo extorsionan en el escritorio.

Las bandas que persiguen a los transportistas
Esa noche Saúl llegó a Matamoros, Tamaulipas, cerca de las nueve y media. Tenía el cuerpo molido tras cruzar el país cargando artículos promocionales del Mundial desde la Ciudad de México. En la bodega donde entregaría la mercancía preguntó por la seguridad de la zona. Los empleados respondieron con la indiferencia de quien vive en la boca del lobo: “Aquí todo bien”. Aunque no faltó la advertencia: que tuviera cuidado con los que andan sin placas, es la maña.
–Puta madre –pensó.
Terminó de descargar antes de medianoche. Llevaba todo el día sin probar bocado, así que se detuvo en un Oxxo sobre la avenida. Una camioneta Cherokee negra, sin placas y con los cristales polarizados, se le pegó al camión. Descendieron dos hombres. Le preguntaron si era el del camión, el sujeto le hablaba sin rodeos al acercarse y recuerda que sacó su teléfono.
–Pues somos la maña.
El hombre le mostró la pantalla. Ahí estaba su camión. Una toma de frente, otra de perfil, una más captada a la distancia y otra desde arriba. Tenían la trazabilidad exacta de su recorrido por la ciudad.
–Estas fotos son del C5. Nosotros controlamos el C5 de Matamoros.

El Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano, el C5, es en teoría la máxima infraestructura de inteligencia gubernamental para la seguridad pública. Para Saúl, si eso era cierto, significaba una sola cosa: en esa ciudad ya no había hacia dónde correr. “Nadie pasa a entregar mercancía por Matamoros sin pagar”, advirtió el extorsionador.
Saúl suplicó. Explicó que la caja ya estaba vacía, que sólo le quedaba el viático del regreso. Pero en el código del hampa la lógica no existe. El sujeto hizo un par de llamadas, tomó fotos al rostro del chofer y volvió a extenderle su celular para mostrarle un video. En esa grabación, un hombre amarrado recibía un disparo a quemarropa en la cabeza. “Mira, este es pendejo, tampoco quiso pagar. Y ve lo que le pasó. Así que ve haciendo llamadas. Si no, van a venir pero a reconocer tu cuerpo”.
Saúl tenía menos de cinco mil pesos disponibles en su tarjeta y tres mil en efectivo. Era lo que le quedaba después de pagar el diésel y los peajes de la ruta. Entonces se metió al Oxxo a sacar dinero, terminó negociando los ocho mil pesos para que no lo mataran. Al verlo entrar, la cajera se puso pálida.
–¡No salga, por favor! Lo van a matar –dijo la mujer detrás de la caja.
Otra de las empleadas comenzó a llorar:
–Así le hacen siempre. Salen, les entregan el dinero y ahí afuerita los ejecutan. Yo no quiero ver cómo lo matan, señor. Usted sí nos cayó muy bien.
Saúl tragó saliva, tomó los billetes y cruzó la puerta de cristal. Entregó el dinero al criminal, quien hizo una llamada corta para confirmar el pago y le dictó un número telefónico.
–Soy Iván. Cualquier problema, me marcas a mí. Y aquí no tendrás ningún problema en Tamaulipas.
Las empleadas se asomaron por la ventana del Oxxo para comprobar que el chofer seguía en pie. Para Saúl, lo más aterrador no fueron sólo las armas ni las fotografías del C5. Fue la normalidad con la que esas mujeres asumían el asesinato de un desconocido como parte de su vida cotidiana. En seguida se refugió en un hotel. Desde el balcón vio desfilar los “monstruos” –vehículos blindados de manera artesanal por los cárteles– patrullando las avenidas. A lo lejos, ráfagas de armas se escuchaban.
–Estoy metido en una zona de guerra –pensó y entendió porque ningún chofer quiere pisar Tamaulipas.
El corredor de la muerte: asaltos a transportistas
Saúl conoce la red carretera del país. Sabe qué tramos son peligrosos y a qué horas es mejor no viajar. Tultepec, Tultitlán, Cuautitlán Izcalli, Tepotzotlán. El cinturón logístico del Estado de México es una trampa perfecta. En la ExHacienda San José La Teja, la proliferación de los gigantescos Cedis –por donde fluye el comercio electrónico de empresas como Amazon o Mercado Libre– ha transformado el paisaje. Cientos de tráileres entran y salen a toda hora, convertidos en presas fáciles para bandas que operan con inhibidores de señal GPS y armas. Pasando la caseta de Tepotzotlán, en dirección a Tepeji del Río, la autopista México-Querétaro se convierte en embudo mortal. Es el tramo más temido por los transportistas.
Saúl lo volvería a comprobar pocos días después. Ocurrió en la misma semana en que miles de operadores, agrupados en la Alianza Mexicana de Organización de Transportistas A.C., paralizaran las principales arterias del país con un megabloqueo nacional para exigir seguridad. Eso fue el pasado 24 de junio. Un Jetta azul comenzó a perseguirlo. Durante varios kilómetros avanzó a la par del camión, midiendo la velocidad, hasta que de pronto frenó en seco y le cerró el paso. Dos hombres rodearon la cabina. Uno por cada portezuela. Ambos con pistolas.
En el camión, el chofer no iba solo, lo acompañaban dos maniobristas, un hombre y una mujer. Los tres quedaron paralizados bajo la amenaza de las armas. A los dos ayudantes los obligaron a bajar para subirlos a otro vehículo. Saúl quedó atrapado en medio de los asaltantes, que le encañonaban en el abdomen.
–¡Échame a la morrita! –gritó uno de los delincuentes a la distancia.

El miedo del chofer dejó de ser sólo por su vida. También temía por la integridad de sus maniobristas. Luego, el hombre que controlaba la cabina le gritó a Saúl: “O te duermes o te duermo de un balazo”. No era una metáfora: significaba que tenía que agachar la cabeza, cerrar los ojos y no volver a mirar. Obedeció. Entonces llegaron los golpes en las rodillas y un cachazo en la cabeza.
–Pinche güerito, te vamos a matar –lo intimidaban mientras buscaban información–. ¿Qué traes, qué ruta sigues, traes custodia?
–Sé que traigo ropa deportiva, pero no sé qué viene en cada caja –respondió.
El vehículo se detuvo. Escuchó el metal de las portezuelas traseras al abrirse y el ajetreo de las cajas al ser descargadas. Junto al asiento del chofer, los delincuentes dejaron una mochila de la que salían varias antenas negras, era un jammer, un inhibidor de señal de alta potencia –dispositivo cuya portación constituye un delito federal desde 2020–. Éste saturó las frecuencias inalámbricas, bloqueando el rastreo celular, el GPS y los sistemas de localización satelital. En el segundo en que activaron el aparato, el camión se evaporó de las pantallas.
Pero esa ceguera digital generó un efecto no deseado por los delincuentes. La empresa arrendadora recibió una alerta automática de interferencia cuando el camión desapareció del mapa mediante el jammer. La plataforma asume que un atraco está en curso. La alarma hacia las corporaciones policiacas se activó de inmediato.
Ajeno al rastreo en el ciberespacio, Saúl continuaba encogido en la cabina hasta que uno de los asaltantes lo jaló:
–A ver, güero. Bájate a ayudar a descargar.
Al pisar el asfalto vio a sus dos maniobristas encañonados. Los delincuentes abrieron la parte trasera del camión: transportaba doscientas cajas de calzado deportivo. “¡Estos cabrones son los que traen los Nike!”, celebró uno de los asaltantes. Atiborraron un vehículo con las ochenta cajas que les cupieron; uno de los asaltantes incluso se puso un par de tenis nuevos sobre la marcha, porque ya no les entraba ni un par, las otras 120 cajas las abandonaron.
–Ahorita viene otra camioneta por lo demás –advirtieron–. No se muevan en diez minutos o se mueren.
Saúl esperó en silencio. Contó los segundos. Tres minutos. Cuatro. Cinco. Asomó la cabeza y no había nadie. “Vámonos”, le dijo a sus compañeros. Subieron a la cabina, encendieron el motor y avanzaron. No habían recorrido ni tres calles cuando comenzaron a sonar las sirenas y vio que las patrullas se aproximaban. Los agentes bajaron apuntándole. Los detuvieron como si fueran el mismísimo Chapo.
–¡Bájate, hijo de la chingada! ¡Bájate, cabrón!
–¡Tranquilo, tranquilo! gritó –Saúl.
–¡El camión trae reporte de robo! –gritó un oficial.
–¡Me acaban de robar la mercancía! Yo soy el chofer.
Para la policía no había víctimas, sólo un vehículo robado interceptado en flagrancia. Sometieron a los maniobristas. La mujer volvió a desmayarse por segunda vez. Tras sobrevivir a los criminales sobre el asfalto, a Saúl le aguardaba la segunda emboscada. La burocracia. Aún sangrando de la frente, acudió a la fiscalía especializada en robo al transporte, en Atizapán, para rendir su declaración. Ahí, sin rodeos, un agente del Ministerio Público le fijó la cuota de 4 mil 500 pesos para redactar e integrar correctamente la carpeta de investigación.
–¿A poco cuesta denunciar? –preguntó Saúl, incrédulo.
El funcionario le aclaró con frialdad que no era el cobro de un trámite, sino una especie de seguro contra su propia desgracia. Una mala redacción podía costarle la mercancía que le habían robado, valuada en más de un millón de pesos. Y le soltó la siguiente frase: “Si dices algo mal, pues el seguro ya no te paga y no es mi bronca”.
Bastaba un descuido en la denuncia –por ejemplo, asentar “estaba encañonado y abrí la puerta para que no me mataran”– para que la aseguradora interpretara que el chofer había entregado la mercancía de manera voluntaria, invalidando el pago de la indemnización. Tuvo que ceder. Después de sobrevivir a los asaltantes en Cuautitlán, tuvo que pagarle al Estado para garantizar que la redacción de la denuncia no tuviera huecos que le permitieran a la aseguradora evadir su responsabilidad.
Pasó doce horas en esa fiscalía. Vio desfilar a sospechosos de homicidio y víctimas de violencia doméstica. Escuchó a los propios empleados de la dependencia repetirle: “Te fue barato. A ti no te mega madrearon, no te encueraron ni te tiraron en un cerro”. Porque esa es la otra, a muchos operadores los abandonan en brechas remotas para ‘enfriar’ el camión, ganando tiempo antes de que la víctima logre pedir auxilio a las autoridades.

El camino de regreso
Saúl volvió a ponerse al frente del volante. Tuvo que hacerlo. El país no se detiene a descansar: las tiendas tienen que surtirse, las fábricas necesitan insumos, los hospitales aguardan medicinas y los supermercados deben abrir al amanecer. Y su familia necesita comer. Pero cada vez que se sube a la cabina y enciende el motor, el miedo viaja con él. Porque en México, para un operador, el peligro puede estar en cualquier kilómetro. Ya sea cuando aparece una pistola por la ventanilla o incluso cuando los extorsionan detrás de un escritorio. La verdadera incertidumbre no es sólo si la carga llegará a destino, es también si quien la transporta volverá a su casa.
Imagen portada: Octavio Hoyos / MILENIO
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