En el Taller de Máscaras La Alegría, la muerte tiene dientes, arrugas, cuernos, ojos profundos y bocas descomunales. A veces tiene el rostro de una calavera; otras, el gesto burlón de un diablo o la expresión exagerada de un payaso. También puede llevar trenzas, flores y ojos de vidrio. Cada personaje nace de un trozo de madera que, bajo las manos de un artesano, va perdiendo su forma original hasta convertirse en uno de esos rostros que, cuando llega el Día de Muertos, salen a bailar por las calles de Pánuco.
Antes de que las comparsas se preparen para la fiesta, de que los danzantes se cubran el rostro y de que la tradición vuelva a llenar de colorido las calles del norte de Veracruz, hay un trabajo silencioso que puede comenzar meses atrás. En el taller de Jorge Luis Hernández Ramírez, un artesano de 30 años, la celebración se prepara a golpe de herramienta, entre troncos, trazos, cortes, pintura y detalles.
Su negocio tiene un nombre que parece resumir el sentido de esta tradición: Taller de Máscaras La Alegría. Y también una frase que funciona como declaración de principios: “Máscaras que traen la alegría y el misterio: donde termina tu cara, empieza el arte”.
En Pánuco, las máscaras no son solamente un accesorio para completar un disfraz. Forman parte de una celebración en la que la muerte se representa, se desafía y, de alguna manera, se convierte en motivo de fiesta. Detrás de cada rostro hay una historia, una elección y una manera particular de entender la tradición; publica MILENIO.
Jorge Luis lo explica a partir de la creencia que acompaña a las máscaras de la Huasteca: “Quien se cubre el rostro puede representar a un difunto, como si le prestara su alma para traerlo simbólicamente a la celebración. También está la idea de burlarse de la muerte, de impedir que reconozca a quien se esconde detrás de una máscara”.
Calaveras, diablos, payasos, catrinas y vaqueros se encuentran entre los personajes más reconocibles de las llamadas “viejadas”. Pero el trabajo comienza mucho antes de que aparezca el color. Primero hay que encontrar el rostro dentro de la madera.

De un cuchillo y la imaginación nació el oficio
Jorge Luis no tuvo un maestro que le enseñara el oficio. Su aprendizaje comenzó en 2012, cuando apenas tenía 16 años. La primera pieza la hizo por curiosidad, con un cuchillo y siguiendo lo que le dictaba la imaginación.
Poco después decidió elaborar con sus propias manos las máscaras para una comparsa que organizó en su colonia. A la gente le gustaron sus piezas y comenzaron a preguntarle si las vendía. Aquellas primeras solicitudes lo animaron a continuar.
La curiosidad de un muchacho terminó convirtiéndose en un oficio que hoy le permite tener clientes dentro y fuera de México.
Pero no todo depende de la imaginación.
“Para que una máscara adquiera forma, primero hay que resolver una de las dificultades más importantes del oficio: conseguir la madera adecuada”.
La materia prima no aparece a la vuelta de cualquier árbol.
“En el taller se han trabajado maderas como cedro y pemuche”, aunque conseguirlas representa un desafío.
El cedro, explica Jorge Luis Hernández, no puede obtenerse simplemente cortando un árbol vivo. Además, cuando está seco y disponible, puede resultar más costoso. El pemuche también escasea y, en ocasiones, obliga al artesano a salir de Pánuco para encontrarlo.
Por ello, también han comenzado a utilizar otras maderas más fáciles de conseguir, como ceiba y chaca. La elección no es un detalle menor: la madera debe permitir el tallado y tener un peso adecuado para una máscara que alguien llevará puesta mientras baila.

De un tronco nace el rostro de la muerte
Las piezas comienzan como troncos, a veces todavía verdes, largos y pesados. De ellos se cortan los segmentos que servirán para cada diseño. Después viene la elección del personaje.
Entonces, el joven traza sobre la madera las líneas que le permitirán encontrar las formas. No necesariamente dibuja el rostro completo como si fuera una ilustración sobre una superficie plana. Trabaja por partes, haciendo que las facciones aparezcan conforme retira material.
Empieza por la nariz y sigue con los ojos. Poco a poco define el contorno y profundiza las zonas que darán expresión al personaje. Las herramientas golpean, cortan y desprenden fragmentos hasta que la madera comienza a adquirir el volumen necesario.
El reto está en los detalles. Al iniciar el año, elaborar una máscara sencilla puede llevarle dos o tres semanas. Cuando la fiesta se acerca, el ritmo cambia: algunas piezas pueden quedar listas en medio día o en una jornada, según su complejidad. La diferencia radica en la experiencia acumulada y en la urgencia de entregar los pedidos.
Hay diseños que requieren mucho más tiempo que otros. Las máscaras boconas, por ejemplo, están entre las más complicadas para él. Sus formas y proporciones le exigen un trabajo más minucioso, por lo que suelen tardar más en quedar terminadas.
En cambio, algunas máscaras que combinan dos rostros pueden resultar más sencillas. Son mitad humana y mitad calavera, una dualidad que representa la vida y la muerte.
“La diferencia también influye en el precio. Cada máscara demanda un esfuerzo distinto, y el costo depende de la madera, las dimensiones, el diseño y el nivel de detalle”, expone.
Cuando la talla está lista, todavía falta preparar la superficie.
“La madera recibe un sellado para impedir que absorba la pintura; después se aplican los colores y, al final, una capa transparente que protege el acabado. El brillo no solo completa la apariencia: ayuda a conservar la pintura de la pieza”.
Así, lo que comenzó como un trozo de madera adquiere ojos, boca, gestos y personalidad. Cada corte y cada capa de pintura contribuyen a dar vida a un personaje que terminará ocultando el rostro de alguien más.
Entre la tradición y los nuevos rostros de la fiesta
Con el paso del tiempo, Jorge Luis ha visto cómo los diseños se transforman, inspirados en danzas de otros lugares y enriquecidos con adornos que dan mayor vistosidad a los personajes. La demanda cambia y muchos clientes piden elementos cada vez más sofisticados y llamativos.
Reconoce que esa evolución puede enriquecer el trabajo, pero también le preocupa que la búsqueda de espectacularidad termine desplazando el sentido tradicional de la fiesta.
Aunque elabora las máscaras de acuerdo con lo que sus clientes le solicitan, sigue valorando los diseños que conservan una relación directa con la tradición.
La paradoja es que esa misma capacidad de innovar ha contribuido a que sus máscaras lleguen cada vez más lejos.
Las redes sociales se han convertido en una herramienta importante para dar a conocer su trabajo. Ya ha enviado máscaras a Estados Unidos, donde algunos paisanos buscan mantener viva la celebración lejos de su lugar de origen.
También recibe pedidos de distintas ciudades de México, como Monterrey, San Luis Potosí y Reynosa. Durante la temporada, los encargos se multiplican y el taller debe organizarse para cumplir con las entregas.
El trabajo ya no se limita al mercado local y la agenda tampoco se detiene cuando termina la celebración. Hernández Ramírez ya tiene pedidos programados para el Día de Muertos de 2027.
Como tiene otro empleo además del taller, debe calcular cuidadosamente cuánto tiempo puede dedicar a cada pieza.
Algunas máscaras las vende en alrededor de 2 mil 500 pesos; otras pueden alcanzar los 4 mil, dependiendo de su elaboración. Los diseños más sofisticados, como ciertas catrinas con numerosas flores y trenzas, pueden llegar a costar entre 7 mil y 8 mil pesos. Lo mismo ocurre con algunos diablos que llevan grandes cuernos y requieren un trabajo más complejo.
El artesano también invita a otros jóvenes a acercarse al taller para aprender el oficio y contribuir a mantener viva la tradición.
Y aunque no cuenta con apoyos oficiales para impulsar su labor, se siente orgulloso de que su producción haya encontrado compradores dentro y fuera de México.

La primera máscara, el rostro que nunca abandona
Entre todas las piezas que han pasado por sus manos, hay dos máscaras que ocupan un lugar especial porque representan momentos distintos de su trayectoria.
Una es la primera que elaboró, aquella que talló con un cuchillo, sin maestro ni instrucciones, siguiendo únicamente su imaginación. La otra se la regalaron cuando vieron que él quería tener una.
Cuando sale a bailar, suele utilizar la primera que hizo. Esa máscara lo acompaña como un recordatorio de dónde comenzó, cuando todavía no sabía cuánto tiempo le tomaría aprender a tallar un rostro.
En medio de los personajes que ahora puede crear, de los pedidos que llegan desde otras ciudades y de las piezas que requieren semanas de trabajo, conserva aquella primera máscara que marcó el inicio de su oficio.
El artesano sigue recibiendo encargos. En Facebook se encuentra como Taller de Máscaras La Alegría y en TikTok como Máscara La Alegría. A través de estas plataformas, quienes buscan una pieza pueden conocer el trabajo de Jorge Luis y ponerse en contacto con él para realizar sus pedidos.

En Pánuco, las máscaras no aparecen por arte de magia cuando llega noviembre.
Detrás de cada calavera, diablo, payaso o catrina hay un proceso que comienza con la elección de la madera, continúa con el trazo de las facciones y termina cuando el personaje adquiere los colores y detalles que lo acompañarán durante la celebración.
Y cuando las máscaras cubren el rostro de un danzante, el artesano deja de ser visible. La pieza se mezcla con los pasos, las expresiones y la música de la comparsa. El público ve al personaje, no las horas de trabajo que hicieron posible su existencia.
Mientras tanto, en algún lugar de Pánuco, el arte continúa. Otro tronco espera su turno, otro rostro comienza a dibujarse y una nueva máscara empieza a tomar forma.
Quizá termine en una comparsa local; tal vez viaje a Monterrey, San Luis Potosí, Reynosa o Estados Unidos. Quizá ya tenga un comprador que espera llevarla puesta en noviembre de 2027.
Lo cierto es que, en el Taller de Máscaras La Alegría, cada pieza lleva algo más que pintura y madera. Lleva el aprendizaje de un joven que comenzó sin maestro, la memoria de una tradición que busca mantenerse viva y la convicción de que la muerte también puede tener un rostro festivo.
Y cuando llega el momento de bailar, ese rostro sale al encuentro de los vivos.
Porque, como anuncia el lema del taller, donde termina la cara empieza el arte. Y donde hubo tristeza, al menos durante la fiesta, puede volver a aparecer la alegría.
Imagen portada: Cristina Gómez
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