Por María Beasain // IAQuemada
En la mitología de la animación noventera creada por Craig McCracken, el profesor Utonium combinó azúcar, especias y muchas cosas bonitas —más el accidental Sustancia X— para engendrar a Las chicas superpoderosas, aquellas heroínas de edad preescolar dedicadas a salvar la ficticia ciudad de Saltadilla del malévolo Mojo Jojo antes de su hora de dormir (Saving the world before bedtime). En la versión tropicalizada de Palacio Nacional, la doctora Claudia Sheinbaum ha asumido con fervor el rol de mentora en el laboratorio del poder, aunque aquí la pócima se preparó con lealtad ciega, encubrimiento institucional y un chorro generoso de impunidad selectiva.
La misión de este peculiar escuadrón no es salvar a la ciudadanía de los villanos del crimen o la opacidad, sino salvarse a sí mismas de sus propios escándalos. El catálogo de descalabros y coartadas de las tres consentidas del laboratorio oficialista exhibe la degradación del estándar republicano.
Layda Sansores y la Bellota de la censura
Conocida por su temperamento explosivo y su retórica pendenciera, la mandataria campechana intentó silenciar judicialmente al diario Tribuna y al periodista Jorge Luis González Valdez con medidas de censura previa que la justicia federal tuvo que tumbar. Como cereza del pastel, nombró secretario de Desarrollo Económico a Jorge Luis Lavalle Maury —imputado por la FGR por lavado y cohecho en el caso Odebrecht—, quien despacha con un grillete electrónico de geolocalización en el tobillo. Wey, ante semejante desfachatez, la respuesta de Claudia no fue exigir probidad, sino desenfundar el escudo retórico: convertir las críticas legítimas en “violencia política de género”. Para Palacio, exhibir a un procesado con brazalete en el gabinete no es escrutinio, sino una afrenta a la edad y al físico de Layda.
Marina del Pilar Ávila y la Burbuja de la ingenuidad fronteriza
Cuando el Departamento de Estado le revocó la visa de no inmigrante en mayo de 2025 junto a su esposo, y las filtraciones telefónicas la exhibieron ofreciendo ventilar información de las Mesas de Seguridad a intermediarios estadounidenses para salvar su pellejo consular, Claudia recurrió al ilusionismo pericial. Sheinbaum descartó cualquier sanción alegando “falta de certeza probatoria”, mientras Omar García Harfuch degradó las Mesas de Seguridad a simples juntas de “estadística descriptiva”. La coartada es grotesca: no hubo traición a la seguridad nacional únicamente porque las juntas de seguridad del Estado no sirven para nada relevante. Obvio, me estoy aguantando la risa.
Mara Lezama y el Bombón de la aviación corporativa
Con un sueldo neto de 102 mil 598 pesos mensuales, la gobernadora quintanarroense y su familia acumularon más de 40 vuelos internacionales en jets privados Gulfstream administrados por PABE-TAX, filial de Grupo Seguritech —el contratista consentido de sistemas de seguridad en su estado. Con estancias de lujo en Orlando y pistas de esquí en Vail que sumaron cerca de 20 millones de pesos, la narrativa de la “austeridad republicana” quedó hecha trizas. Sin embargo, Sheinbaum zanjó el conflicto validando sin auditoría la versión de los “ahorros personales” y decretando que el periodismo de investigación es simple “ruido sin fundamento” si no existe una sentencia judicial previa.
El Tríptico del Blindaje Institucional
La doctrina de Palacio ha establecido un peligroso precedente: el periodismo documental se desecha como calumnia si no viene acompañado de una orden de aprehensión, la seguridad del Estado se relativiza según la conveniencia del implicado, y la agenda de género se instrumentaliza como chaleco blindado para eludir la rendición de cuentas. En este laboratorio político, la consigna es clara: no importa cuán grave sea el entuerto en los estados, siempre habrá un manto presidencial listo para salvar el día antes de que las encuestas se vayan a dormir.
Wey, la doctrina Sheinbaum ha fijado un precedente letal para la rendición de cuentas: el periodismo documentado se cataloga como calumnia si no viene acompañado de una sentencia firme y los secretos de Estado se degradan según convenga procesalmente. Más que gobernar con rigor, el poder federal ha decidido que sus figuras territoriales gocen de patente de corso; Claudia no erradicó los privilegios del pasado, únicamente privatizó el perdón para sus elegidas, sus chicas superpoderosas. Literal.



