Cuando llegué a ese restaurante de mariscos en la colonia Roma y pedí al dueño que cambiara de canal para ver el partido de futbol, mis amigos protestaron. Sólo un comensal, en la mesa contigua, secundó mi petición: él también prefería el juego del Atlas y Querétaro a los videos musicales. Y lo que prometía ser un partido cualquiera terminó siendo el partido del año por las razones incorrectas: una mezcla explosiva de violencia, crimen y política en una arena de batalla.
Al principio, ninguno de mis amigos entendía qué me emocionaba de ese juego de la jornada 9, no eliminatorio, del 5 de marzo de 2022. Para el aficionado promedio –especialmente en Ciudad de México– un partido entre los Rojinegros y los Gallos Blancos puede ser nada atractivo, pero quienes amamos el futbol sabemos que se tratará de un encuentro trepidante: más allá de la rivalidad entre jugadores, las barras de ambos clubes se detestan y empujan a su equipo a ganar como sea para saldar viejos agravios. El “jugador 12”, el aficionado, se hace presente.
Es una rivalidad que existe desde hace, al menos, quince años: en 2007, Atlas derrotó por dos goles a cero al Querétaro en el Estadio Jalisco. Una derrota dolorosa porque mandó a los Gallos Blancos a la Liga de Ascenso en el futbol mexicano, es decir, los sacó del máximo circuito del balompié. Insultados por ese empujón al precipicio, la hinchada del Querétaro regresó a la Primera División en el Apertura 2009 y ya en 2010 aprovechó su localía para desatar una pelea campal contra los aficionados del Atlas, quienes salieron del Estadio Corregidora entre palazos y sillazos. Desde entonces surgió una enemistad que rozaba el odio.
Por eso quería ver el juego ese 5 de marzo. Sabía que sería un partido intenso. También lo sabía la hinchada visitante del Atlas llamada Barra 51 y los porristas locales queretanos, La Resistencia Albiazul. Los que increíblemente ni lo sospechaban eran Carlos Rodríguez Di Bella, el titular estatal de Protección Civil, que estaba en un torneo de pesca fuera de la ciudad, y el gobernador Mauricio Kuri, quien se alistaba para viajar a España. Nadie de su gabinete le había alertado, que debía estar atento a la seguridad dentro y fuera del estadio ante la posibilidad de que una riña se repitiera en un óvalo de concreto y acero con capacidad para más de 35 mil personas; publica MILENIO.
Los guardias privados abrieron las rejas que separaban a las barras

Horas antes del pitido inicial, programado para las 17:00 horas, la policía queretana ya vigilaba el perímetro del estadio inaugurado en 1985, cuya apertura estuvo acompañada de leyendas negras, como que había sido construido encima de un cementerio y, por lo tanto, era un recinto maldito. Hay quienes creen que la historia es parte del folclor del deporte mexicano, pero hay quienes están convencidos del maleficio: el Querétaro nunca ha ganado un campeonato de la Liga Mx; el Cártel de Sinaloa se infiltró al equipo con Tirso Martínez Sánchez, El Futbolista, como socio deportivo; y el club ha estado asfixiado por deudas y acusaciones de lavado de dinero.
La única explicación para tan mala fortuna sería un embrujo. Sólo le faltaban muertos en la cancha o en las gradas para confirmar la historia de hechizo.
Adentro la seguridad corría a cargo de la empresa privada GSE Elite K9. Horas antes no tenía personal suficiente para resguardar el evento, así que ese mismo día se hicieron contrataciones en las colonias aledañas. No exigían experiencia previa ni revisaban antecedentes personales. Así contrató a muchachos de hasta diecinueve años sin capacitación alguna, a quienes sólo dieron un uniforme negro y la instrucción somera de mantener el orden a cambio de ver el partido desde las gradas y cobrar 300 pesos al final del encuentro deportivo.
El juego empezó con dos minutos de retraso. Atlas jugaba desde una superioridad deportiva y moral: eran los campeones del futbol mexicano y Querétaro, como suele pasarle desde entonces, luchaba por mantenerse a la mitad de la tabla. Había una gran tensión porque los rojinegros se burlaban de los blanquiazules con cada pase bien generado. Una mofa que creció cuando el equipo de Jalisco anotó el primer gol, una patada del argentino Julio César Furch que avivó el odio entre barras. La furia se aplacó un poco con el descanso de medio tiempo, pero se inflamó de nuevo con el pitazo del segundo tiempo.
A las 18:08 horas, de acuerdo con los registros del silbante Fernando Guerrero Ramírez, la riña comenzó: primero en el interior de la porra La Resistencia Albiazul y luego en la Barra 51. Después, inexplicablemente, los guardias privados abrieron las rejas que separaban a las barras y el conflicto se desplazó por los túneles del estadio, uniendo a los dos bandos. Y dentro de la cancha también hubo golpes, mientras las familias luchaban por resguardarse hasta en los vestidores.
La televisión mostró en vivo el caos, mientras decenas de aficionados aparecían en las cámaras sin playeras: hasta los niños se habían quitado los jerseys para no ser identificados como aficionados de uno u otro club y evitar una golpiza.
Pero lo peor circulaba en redes sociales: los videos grabados por los propios aficionados y publicados en Facebook, Instagram y entonces Twitter exhibían una violencia extrema. Personas noqueadas que eran pateadas en la cabeza y pisoteadas, jóvenes inconscientes con sangre que les cubría el rostro y cuerpos a los que sus agresores les habían despojado la ropa. Las imágenes sugerían algo más que una riña entre barras: parecía la firma del crimen organizado. Trabajo de sicarios.
La misma impresión se generó en miles de personas que seguían en televisión y en las redes las escenas posteriores a la suspensión del partido. Veía entonces dos escenarios posibles, uno tan grave como el otro: ¿esto era obra de algún grupo criminal o los métodos de extrema violencia de los cárteles habían permeado tanto en nuestra sociedad que cualquiera, sin ser un criminal, podía actuar con el sadismo de un sicario si se alineaban todos los detonantes?
La rivalidad de dos líderes huachicoleros de Querétaro
El titular estatal de Protección Civil dejó colgada la caña de pescar y volvió corriendo a la capital queretana. Lo mismo hizo el gobernador Kuri, a quien en un inicio le reportaron la posibilidad de que hubiera decenas de muertos. Un periodista informó que, extraoficialmente, había 17 fallecidos, pero luego borró el tuit. Decenas de colegas en el estado se apersonaron en el estadio para intentar resolver esa pregunta; yo lo haría más tarde encontrándome con un lúgubre Corregidora, como si la supuesta maldición de su construcción sobre cadáveres fuera cierta.
La fiscalía estatal anunció la apertura de varias “líneas de investigación”, es decir, el eufemismo para hablar de las hipótesis de un caso. En un extremo estaba la tormenta perfecta que desató una riña entre aficionados, pero en el otro estaba la posibilidad de una infiltración criminal, que el periodista Álvaro Morales consideró tan grave que pondría en riesgo que cuatro años más tarde México fuera una sede mundialista junto con Estados Unidos y Canadá.
Las autoridades locales me contaron que investigaban, en concreto, un video de veintidós segundos grabado en las gradas del estadio. Ahí, agentes de inteligencia criminal de Querétaro identificaron al Gordo, un conocido huachicolero en cuyo perfil hay registro de su fanatismo por el equipo local. Este personaje gritaba amenazas de muerte contra gente de la Barra 51, que ese día tenía entre sus asistentes a otro huachicolero rival. Ahí podría estar la respuesta al origen del motín.
Meses más tarde, el analista en temas de seguridad David Saucedo encontrará documentos de inteligencia militar elaborados por la Secretaría de la Defensa que confirman la presencia del crimen organizado esa tarde en el Estadio Corregidora, lo que fortaleció la idea de que el enfrentamiento pudo no ser una casualidad, sino una provocación con intención política: el control por el poder en Querétaro.
El gobernador Kuri y la fiscalía aseguran que nadie perdió la vida, aunque guardias privados, barristas y otras personas fuera del recinto deportivo lo afirmaron entonces y lo vuelven a contar en Tragedia en el Estadio Corregidora, una serie documental de HBO en la que tuve el honor de participar y que este jueves 15 se estrenó en su plataforma de streaming. En el fondo la incógnita persiste: ¿hubo muertos o no en el Estadio Corregidora?
La serie dirigida por Alberto Arnaut (Hasta los dientes, A plena luz: el caso Narvarte, entre otras) y producida por Pacha Films cuenta con archivo inédito de aquel sábado y más de treinta entrevistas a periodistas, políticos, directores técnicos, aficionados, y más, quienes cuentan su versión de uno de los eventos futboleros más penosos en la historia de México. Cada episodio es una gambeta: cuando crees que sabes lo que sucedió, un giro te lleva por otro camino y pone a prueba tus certezas.

Tras más de cuatro años de reportear esta historia, y el trabajo independiente de investigación de más de año y medio para esta serie documental, yo mismo no estoy completamente seguro de lo que sucedió. Es el debate eterno entre lo que aseguran las víctimas y los testigos contra lo que sostienen los comunicados oficiales y las vocerías gubernamentales. No ayuda, por supuesto, que la información sobre la tragedia haya sido clasificada como secreta por el gobierno estatal hasta 2027… con la posibilidad de volver a guardarla en una gaveta bajo llave por otros cinco años más.
Tragedia en el Estadio Corregidora es un coro de voces desde las gradas que buscan una explicación a lo que sucedió aquel 5 de marzo y que dejan una duda en el aire, como el suspenso que produce un balón que vuela hacia la portería sin la certeza de que irá al fondo de la red o se estrellará en el travesaño. La mejor opinión –dicen los clásicos– la tiene el público: ¿qué pasó en el Estadio Corregidora?
Imagen portada: Archivo
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