Los sótanos de la vieja policía del DF están plagados de relatos de tortura y detenciones ilegales. Pero esta es una historia de memoria y confusiones: una silla aparece en los sótanos de Tlaxcoaque y pone de cabeza a activistas, funcionarios y periodistas. Alguien dice que era un instrumento de tortura. Luego, de la nada, desaparece por un supuesto descuido. O eso se creyó. La búsqueda nos lleva a archivos, fotografías, testimonios. Incluso una pista conduce a una banda musical surgida del movimiento estudiantil del 1968. En estos giros es donde comienza esta historia; publica MILENIO.
La primera vez que se supo de su existencia públicamente fue el 2 de octubre de 2021, en un evento encabezado por la entonces jefa de Gobierno de la Ciudad de México y hoy presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo. Todos los funcionarios, ella, y la gente reunida en la Plaza de Tlaxcoaque, cerca del Zócalo capitalino, oyeron un relato insólito de una silla pero no era cualquier silla.

Óscar Moreno, un funcionario de lentes y con cubrebocas –eran los días de la pandemia del covid-19–, narró al micrófono que, unos meses antes (el 8 de junio de ese mismo 2021), la entonces titular de Cultura le pidió a él y a otro colega que la acompañaran a los sótanos de Tlaxcoaque, donde estuvo el edificio de la Dirección General de Policía y Tránsito del viejo Departamento del Distrito Federal.
“Los sótanos fueron habilitados como centro de detenciones arbitrarias y tortura. Los visitamos, entramos, estaban llenos de muebles viejos, de basura, olían espantosamente, estaban inundados”, relató Moreno.
Estaban explorando el sitio, cuando un trabajador se acercó a ellos y les dijo: “Vengan por aquí, hay una silla”. Lo siguieron. El hombre les mostró el objeto arrumbado entre escombros. “Lo que nos enseñaron no era una silla. Una silla es para descansar, es para comer, para trabajar”, contó. Era de color hueso. De base cuadrada. Unas partes de madera, otras de metal. Los brazos se asemejaban a las paletas de las bancas escolares, pero con una diferencia: tenía correas de cuero café y hebillas. Agregó que eran “para atar las manos de una persona, con correas para sujetarla por el torso [y las piernas]. Era un instrumento de tortura”.

La silla estaba arrumbada en un rincón, con cajas de madera encima. Sheinbaum, todos, oyeron atentos. Aunque extraño, nadie se sorprendió de que ahí, en esos sótanos, se hubieran cometido torturas. Porque ese día todos estaban reunidos para el anuncio de que ahí, en Tlaxcoaque, se construiría un sitio de memoria por las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que se cometieron en la vieja Policía de la capital, en especial durante el periodo 1976-1982, cuando estuvo bajo el mando del infame Arturo El Negro Durazo.
Lo que siguió, no obstante, sí asombró a los presentes. Moreno dijo: “En las semanas que transcurrieron se hizo limpieza en este lugar y la silla no está”. El funcionario lanzó una petición: “Quiero aprovechar este acto para pedirle a los señores que hicieron la limpieza que la devuelvan, porque lo que hay en esos sótanos es evidencia de una historia que queremos conocer”.
Y es ahí cuando comienza esta historia. Sobre una silla, o tal vez dos. Una verdad que tiene algo de mentira. O viceversa.
Unas fotos
En 2023, una activista de derechos humanos, dedicada a temas de memoria y represión política, compartió con este reportero unas diez fotografías de los sótanos en las que aparecía la silla. “¿Ha oído sobre la silla de tortura de Tlaxcoaque?”, preguntó por mensaje. Le dije que no, que no había oído nada al respecto.
La activista, que pidió omitir su nombre, contó que en 2021 hubo varias visitas a los sótanos con sobrevivientes del movimiento de 1968 y personas que estuvieron presas en la sede de la vieja policía, incluidos funcionarios de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Varios pudieron ver la silla y le tomaron fotos. “Dicen que la tiraron unos trabajadores, que acabó en la basura. Nadie sabe dónde está”, agregó en un mensaje.
La historia me intrigó. Era la primera vez que oía sobre ese extraño objeto. Busqué más información. Sólo un par de medios habían retomado la noticia, sin dar más seguimiento. Lo último que se sabía es que había desaparecido y nadie sabía de su paradero. Decidí investigar y lo primero fue preguntar a la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) y a la CNDH si tenían algún registro fotográfico de la silla o si sabían cuál era su paradero.
Se enviaron algunas solicitudes de transparencia. La Policía respondió que no tenían nada; lo mismo dijo su área de prensa. La Comisión tardó varios meses en responder, pues se tuvo que interponer un recurso de revisión ante el extinto INAI. Cuando llegó la respuesta, venía acompañada de un archivo PDF con veinte fotografías tomadas en lo que parecía ser una oficina en una base de la SSC. Ahí estaba la silla, tomada de diferentes ángulos. De color hueso, con sus correas.
Había más objetos: cajones de madera, lámparas de consultorio médico y una gran puerta de metal, con un enorme cerrojo en forma de timón. Las fotos traían una fecha: 15 de diciembre de 2021. Casi dos meses después de que se aseguró que la silla había desaparecido. Solicité más información a la CNDH, pero la respuesta fue negativa. El caso estaba reservado, pues formaba parte de la recomendación 98VG/2003, por violaciones graves cometidas por el Estado mexicano durante el periodo conocido como la “guerra sucia”, no sólo en la vieja sede policial de Tlaxcoaque sino por la extinta PGR, campos militares y más.

Lo más importante era que la silla, en realidad, no había acabado en la basura. Pero faltaba saber qué había pasado con ella.
Un testigo
Durante 2022, la Secretaría de Cultura capitalina comenzó los trabajos para la creación del sitio de memoria de Tlaxcoaque y, entre diversas acciones, recabó los testimonios de personas que fueron detenidas en la vieja sede policial del entonces DF, los cuales fueron incluidos en un documental publicado en Canal 14. Trabajadoras sexuales, mujeres trans, activistas, viejos estudiantes, chavos banda, población callejera y más comenzaron a dar sus testimonios a la Casa Refugio Citlaltépetl. Algunos lo hicieron de forma anónima. Otros dieron sus nombres y se sumaron a la investigación que abrió la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México para investigar las violaciones a los derechos humanos en Tlaxcoaque.
Aunque con variaciones, había un relato en común: las víctimas eran levantadas por la Policía del DF y llevadas a los sótanos de Tlaxcoaque. Ahí las encerraban en las celdas, a donde no llegaba la luz del sol. Los desnudaban, bañaban con agua fría, los golpeaban y abusaban. Algunos lograban salir después de días de encierro. Otros nunca más fueron vistos.
Tlaxcoaque fue un centro de tortura operado por las autoridades en pleno corazón de la capital del país, explicaron María Cortina, exdirectora de la Casa Refugio Citlatépetl, y José Luis Soto, Coordinador de Procesos de Memoria para los Derechos Humanos, de la Secretaría de Cultura. Cortina y Soto confirmaron, en entrevistas, que sabían de la silla pero no sabían más. Simplemente había desaparecido y nadie sabía su paradero.
Sin embargo, entre todos los testimonios de las víctimas que recabó la dependencia, había una persona que mencionó la existencia de una silla de tortura en Tlaxcoaque. Se trataba de Ismael Mailo Colmenares, integrante de Los Nakos, un grupo musical surgido durante el movimiento estudiantil de 1968. Sus canciones eran de protesta y parodia política. Su canción más famosa se titulaba “La balada del granadero”.
Papá, papá, ayer cuando estudiaba
Le pregunté a un hombre que golpeaba
¿Quién es usted? Me dijo: un granadero
Papá, ¿qué cosa es un granadero?
Un granadero es un hombre analfabestia
Que va golpeando a todo estudiante…

En entrevista, Mailo relató cuando fue detenido por la policía del DF el 10 de junio de 1971, durante el Halconazo –que dejó estudiantes muertos sobre la avenida México-Tacuba–, lo llevaron a Tlaxcoaque, donde estuvo varios días detenido y los policías les aventaban un chorro de agua helada a presión que los dejaba temblando en las celdas subterráneas. Durante uno de los días en que estuvo incomunicado, un policía se acercó a Mailo y a los otros jóvenes detenidos y les dio una advertencia: era mejor que se portaran bien o lo llevarían abajo, donde había una silla con la que los amarraban e iban a torturar. El guardia fue explícito.
Mailo recordó: “Ponían las manos de los que estaban detenidos, les atravesaban un hilo aquí, por arriba de los dedos, por debajo, de ida y vuelta, para hacer torniquetes y después apretaban hasta que sangraban los dedos…”. La tortura era para hacerlos hablar, que confesaran delitos o aceptaran culpas ajenas.
“No sé si sea la misma silla, pero ese guardia nos dijo que ahí había una silla donde torturaban a las personas para interrogarlas”, dijo Mailo en entrevista. Su testimonio es el único que ha dado fe de la existencia de una silla de tortura en los sótanos Tlaxcoaque.
Una universidad
A inicios de 2026, la actual Jefa de Gobierno de la Ciudad, Clara Brugada, dio a conocer que en la Plaza de Tlaxcoaque se construirá una Universidad de las Artes, específicamente sobre los restos de la vieja sede policial que dejó de operar a mediados de la década de los ochenta. El anuncio generó malestar entre grupos de derechos humanos, como el Comité ¡Eureka!, fundado por Rosario Ibarra de Piedra (madre de la actual titular de la CNDH), una organización que se ha dedicado a la búsqueda de personas desaparecidas durante la guerra sucia.

El reclamo partía de que Tlaxcoaque es un sitio de memoria y hacer una obra pública ahí afectaría las investigaciones sobre violaciones a los derechos humanos. La Fiscalía local, de hecho, tenía el área bajo resguardo judicial, pues técnicamente es una escena del crimen. Tras varias pláticas con defensores de derechos humanos, el Gobierno capitalino ajustó el proyecto de la obra para conservar los sótanos y que las indagatorias puedan continuar. Además, el área dejó de estar bajo resguardo de la Fiscalía y se entregó a la Secretaría de Administración y Finanzas.
Varios casos de tortura ahí se han documentado. En la recomendación 98VG/2003 de la CNDH, destaca el caso de un niño de ocho años que fue detenido, interrogado y torturado ahí. Al menos diecisiete testimonios en la recomendación dan cuenta de los actos de tortura cometidos en la vieja sede de la Policía capitalina.
“Mucha gente cree que dejó de operar a raíz de los daños causados por el sismo de 1985, pero desde unos meses antes ya se había cerrado. Sin embargo, hay evidencia [de] que continuó operando hasta finales de los ochenta”, explica José Luis Soto, de la Secretaría de Cultura, la cual prepara un informe histórico sobre el recinto y ha compartido información con la Fiscalía local.
El informe que alista Cultura recupera parte de los planos del edificio donde despachó El Negro Durazo y da cuenta de las modificaciones arquitectónicas que se hicieron, como una ampliación de celdas y el bloqueo total de luz. “Quienes estaban ahí, perdían la noción del tiempo. Al mantenerlos detenidos por días o semanas, no sabían si era día o noche. También tenemos testimonios de trabajadoras sexuales y mujeres trans que dan cuenta que eran abusadas sexualmente en el estacionamiento, antes de que las metieran en la celda”, explica Soto.
El equipo que encabeza José Luis Soto también ha hallado más documentación sobre la vieja Policía capitalina. Por ejemplo, en la transferencia que realizó el Centro Nacional de Inteligencia, antes CISEN, al Archivo General de la Nación semanas antes de que Andrés Manuel López Obrador dejara la Presidencia, se han hallado documentos con las fichas y datos de varios agentes.
“Tenemos muchos registros de cómo operó la Dirección Federal de Seguridad o el Ejército mexicano durante la guerra sucia, pero no así de la Policía o la Fiscalía de la Ciudad de México, y esa es una parte importante para conocer la represión estatal que se vivió en la capital del país”, explica el funcionario.

El Mecanismo para el Acceso a la Verdad y el Esclarecimiento Histórico (MEH), de las violaciones graves a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990, creado por órdenes de López Obrador, sintetizó lo que ocurrió en Tlaxcoaque en uno de sus informes:
“Entre 1957, cuando Tlaxcoaque entra en funciones, y 1989, cuando se consigue su clausura definitiva, desfilan diez jefes al mando de la institución, casi todos militares de alto rango, y todos ellos responsables de permitir, alentar, o hasta de ordenar, que en Tlaxcoaque se violaran los derechos humanos. Pero sin lugar a dudas, el periodo más oscuro se vivió durante la presidencia de José López Portillo (1976-1982), quien designó como cabeza de la policía capitalina a un amigo de la infancia, de nombre Arturo Durazo Moreno”.
El último hecho de tortura registrado en Tlaxcoaque, ocurrió en 1989, a pesar de que la sede ya estaba clausurada. Ahí fueron llevadas nueve personas detenidas en un operativo en una clínica en Naucalpan, Estado de México, que asistía a mujeres que buscaban interrumpir sus embarazos. Durante toda una noche, los detenidos fueron torturados y vejados. Pronto, grupos feministas denunciaron y el caso salió a la luz pública. Ese fue el último episodio registrado en la vieja sede policial.
A pesar de que el pasado oscuro de Tlaxcoaque se ha ido aclarando, el destino de la silla de tortura seguía siendo incierto.
Una pieza de museo
Fue hasta inicios de 2026, cuando Franciso Estrada, secretario ejecutivo de la CNDH, accedió a compartir algunos documentos que dan luz sobre qué pasó con la silla. El funcionario también es el encargado de la Oficina Especial para Investigar la Represión y Desapariciones Forzadas por la Violencia Política del Estado.

En octubre de 2021, a raíz del reclamo público que hizo Óscar Moreno sobre la desaparición de la silla, la CNDH envió un oficio a la SSC para solicitar que se aclarara su paradero, pues entonces los sótanos de Tlaxcoaque estaban bajo resguardo de la dependencia. Pero un oficio del 28 de octubre de ese año, firmado por Luis Édgar Trejo Hernández, entonces director de Derechos Humanos de la Secretaría, dio una versión muy distinta: la silla era, en realidad, una pieza de museo.
“Algunos muebles que se almacenaban en Tlaxcoaque, formaban parte del inventario de utilería de la Exposición Temporal Asesinos Seriales, exhibida en el Museo de la Policía durante el periodo de 2008 a 2019, año en que fue deshabilitada, con motivo de la terminación del convenio celebrado entre esta Secretaría y la personal moral Cantini & Terzani A.C.”, dice el documento.
No era una silla real sino de ornato. Era falsa. Y formaba parte de la exhibición que fue desalojada por unos treinta cargadores a finales de diciembre de 2019 del Museo de la Policía, en la calle Victoria del Centro Histórico. Servía para contar las historias de criminales como Jack El Destripador, Charles Manson, y hasta Juana Barraza, alias La Mataviejitas. Debido a que todos los objetos de la exhibición quedaron en la calle, para resguardarlos, se enviaron a los sótanos de Tlaxcoaque y ahí permanecieron hasta 2021, cuando fueron supuestos verdaderos.
A pesar de que la CNDH y la SSC supieron desde el inicio la verdadera naturaleza de la silla, los funcionarios de Cultura nunca fueron informados de que en realidad era de utilería y, hasta este año, dieron por cierto el relato de la silla desaparecida.
Se supo entonces que la silla tampoco fue tirada a la basura por personal de limpia sino que fue llevada a unas instalaciones de la SSC en la esquina de Viaducto Tlalpan y la avenida Arenal, en la zona de Tlalpan. Fue a ese sitio a donde acudió el personal de la CNDH a tomar fotografías el 15 de diciembre de 2021, imágenes que fueron entregadas por la Comisión a través de una solicitud de transparencia.
A pesar de la confusión, sí existe el testimonio de Ismael Mailo Colmenares, del grupo Los Nakos, quien relató que en 1971 un policía les aseguró que en los sótanos había una silla donde torturaban a los detenidos de Tlaxcoaque. “Tal vez no era esa silla, pero de que en Tlaxcoaque se cometieron actos de tortura, de eso no hay ninguna duda”, reflexionó Francisco Estrada, de la CNDH.

Quizá no se trató de la silla que todo este tiempo estuvo “desaparecida” sino de otra. Una que sólo conocieron quienes fueron atados a ella y que, como muchos documentos y pruebas de lo que pasó ahí, desaparecieron bajo las órdenes de El Negro Durazo, el último jefe policiaco que despachó en Tlaxcoaque.
Imagen portada: CNDH
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