Por Joaquín Hurtado
Olinalá, San Pedro Garza García, NL. Hoy se ha reunido un grupo de furiosos vecinos para emprender medidas más enérgicas contra los osos fascinerosos que bajan del cerro nomás a vandalizar sus lujosas residencias. Escuchemos los alegatos.
Doña Úrsula de la Moña Marquesa de Montelongo, toda acalorada por la indignación, se dirige a la concurrencia con la misma enjundia de cuando fue senadora reaccionaria. Toma la palabra:
–He sido sampetrina toda la vida, con el gobierno morenista nuestra calidad de vida como pobres mexicanos, se ha arruinado. Las propiedades ya están sufriendo devaluación, me lo dijo mi marido don Eufrates Sadagarza Garzasada que en paz descansa. Despierten, no podemos seguir así…
–Tenemos niños, mascotas, sirvientes. Hay que buscar soluciones radicales contra los vándalos –exhorta don Luis Gingiverio, sin soltar su pipa, visiblemente irritado.
–Yo propongo… –suelta un solemne Fede, chavo con teléfono en mano donde guarda fotos ilustrativas de su gran idea–… yo propongo colocar tablas con clavos alrededor de las viviendas. Así lo hicimos en la cabaña de Aspen, los osos no han vuelto a robar nuestros tamalitos.
Aplausos.
Fede es hijo de Richard Ferrari Lamboryini, respetadisimo huachicolero fiscal, prófugo de la justicia. Lo que propone Fede no solo gusta sino que enloquece hasta el paroxismo a los presentes, sobre todo a los hombres mayores, más sádicos que nadie porque se educaron con los Legionarios.
Henry, un trabajador veracruzano empleado de Fede, baja de la camioneta un triplay con cientos de clavos erectos. Henry coloca el modelo en el suelo como cama de fakir. Muy cohibido, Henry pregunta a su patroncito: “¿Aquí está bien, niño Fede?” Fede no contesta, está muy clavado en vender su artilugio: “El dispositivo es ergonómico, económico, fácil de armar, libre de microplásticos, amigable con el medio ambiente.”
–Es una preciosa chulada –opina pleonásmica y radiante doña Úrsula de la Moña, mientras acaricia la tabla torturadora. Imagina aquella hermosa belleza multiplicada en su cochera de seis autos, alrededor de su piscina olímpica, en los jardines babilónicos, en el gazebo francés de traspatio donde deambulan muertos de aburrimiento cuatro pavorreales de cola majestuosa. Y, como asesora medioambiental del Municipio, ve más tablas y cruces con clavos donde haga falta.
Redondea la genial idea: “Sería una especie de decoración residencial muy original, como el mármol italiano en el baño de mis criados, sólo que con más sangre.”
–Así nadie entra –comenta con fatigosa obviedad el señor Lanzacorta, un ex gobernador con cara de señor caro y nada binario: usa pashmina, lentes, sombrero, bolso y dentadura postiza de la marca Gucci.
–Ése es el objetivo– responde aún más obvio y excitado su vecino, ex líder sindical de los maestros, de quien nadie recuerda su nombre.
Pero como estamos en Regiolandia ocurre, además de lo obvio, lo inevitable: el grupo acaba de descubrir que el concepto puede perfeccionarse… y replicarse.
–¿Por qué solamente protegemos nuestras casas?
Silencio. Lanzacorta exclama:
–Ya entrados en gastos, hay que blindar también la colonia, el municipio, la ciudad entera. ¡Tablas con clavos para todo el estado! ¡Tablas con clavos para todo el estado!
El coro va in crescendo. A partir de ese momento la reunión adquiere una energía propia de gente icónica con épicos valores cívicos.
–Aquí sobran inversionistas del acero para los clavos, y árboles para las tablas. Podemos venderlas a meses sin intereses.
–Salvar las tiendas y boutiques donde adquirimos nuestros pepinos y nuestras joyas– remarca Úrsula de la Moña con voz chillona.
–Por supuesto –suspira el señor Lanzacorta, con impostura británica. Después continúa tomando selfies de él y sus dientes Gucci.
–Sobre todo debemos salvaguardar la cultura regia, los restaurantes, por ejemplo. Veo cada vez más razas invasoras– subraya Etelvina Garzagarza. La dama de largas uñas salpicadas con oro molido explica al quorum que fue a un Pollo Loco VIP y encontró una mujer de ojos negros y piel canela, muy elegante ella, sin embargo «no llenaba el perfil».
–¿Qué perfil?
La Garzagarza hace un gesto exagerado con el dedo índice en el dorso de la mano. No necesita explicar más, todos entienden.
–Eso que ustedes dicen, vecinos, ¿sería únicamente para desanimar a nuestros ositos locales o..? ¡Ya me perdí!– Mientras pregunta, Chicho Perezsada, ex candidato perdedor de la Izquierda millonaria, replantea la cuestión: –¿Aún estamos hablando de osos?
–No necesariamente –aclara la de la Moña, y levanta su dedo para hacer más visible una sortija de seis millones.
La dama acaba de abrir una posibilidad fascinante. Las tablas picapica de inspiración medieval pueden servir también para restringir el paso a quienes alteran la armonía racial del sector. Fede, pusilánime y tartamudo, hoy luce locuaz: quisiera colocar las tablas clavadas alrededor del gim.
–No quiero hacer ejercicio junto a cualquiera.
–¿Cualquiera quién?
–Pues cualquiera.
Cualquiera, entre esta bonita gente, es una palabra fuerte pero útil, en ella cabe todo el mundo menos los presentes. Pero el primer paso sería proteger el parque Chipinque. Hay demasiados coches baratos que nadie conoce.
–¿Y si son de visitantes o de empleados de los patrones de más arriba?
–Que se identifiquen.
–¿Y si son nuestros trabajadores?
–Expedimos un pasaporte.
Los veinte colonos se convierten en una pequeña república de la sospecha. Cada tabla con clavos podría ser un dispositivo de control demográfico. Versátil, multifuncional y politicamente correcto: puede disuadir al oso negro, pero también desalentar a la gente que «no parece de aquí», sin exterminarlos, porsupuestamente.
–¡Tenemos que cuidar nuestra plusvalía! –corean al unísono. La frase produce una especie de emoción religiosa. La plusvalía es el nuevo dios del bosque y de los animalitos que ahí sobreviven.
Lizzie Chimichú, rubia opulenta dueña de aquella residencia estilo Barbie, ha estado callada durante el mitin, pero la bella rompe el mutismo y sugiere que los clavos deberían contener veneno amazónico fulminante que ella misma proveería, pero habría que pintar las tablas de colores especiales.
–¿Para qué?
–Para distinguir los niveles de fauna peligrosa. ¿Qué color para los osos? Naturalmente, el rojo. Para los ricos advenedizos, amarillo. Y para la gente con tonos de piel sospechosos…Silencio. Una voz explota desde el atrás:
–¡Negro!
Nadie se ríe. No porque la ocurrencia sea demasiado seria, sino porque todos entienden perfectamente el chiste. El novedoso proyecto de blindaje toma forma de manera inmediata. Empleados del joven Fede llegan en un camión cargado con decenas de tablas picapica. Los colonos, emprendedores de alta gama, suspiran aliviados. Por fin vivirán sin osos, sin intrusos, sin prietos.
Aplausos.



