La exposición Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París es un homenaje emotivo a tres gigantes del arte mexicano que, desde Oaxaca, llevaron su voz al corazón de Europa. Es un viaje íntimo por las transformaciones que vivieron estos artistas al radicar temporalmente en la capital francesa, uno de los epicentros culturales de la segunda mitad del siglo XX; publica MILENIO.
El Museo Tamayo reúne obras de los artistas oaxaqueños Rufino Tamayo (1889-1991), Rodolfo Nieto (1936-1985) y Francisco Toledo (1940- 2019), que vivieron durante algunas temporadas en París, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, ámbito geográfico y periodo histórico en transformaron sus prácticas y pusieron en diálogo la estética prehispánica y el arte popular con las vanguardias internacionales, de acuerdo con el curador Juan Carlos Pereda.
Se presentan más de un centenar de obras procedentes de colecciones públicas y privadas, lo que ofrece una oportunidad para contemplar un diálogo entre lo prehispánico, lo popular y las vanguardias internacionales.
La exhibición se preparó durante tres años, con pausas y renegociaciones con los coleccionistas, que finalmente accedieron a prestar sus obras, de ahí que algunas se muestran por primera vez al público.
Este diálogo no fue casual, aseguró Pereda, “los tres artistas, de distintas generaciones, compartieron un camino similar: salieron de su ciudad natal, pasaron por Ciudad de México y luego viajaron al extranjero, donde lograron un primer reconocimiento alejados del cobijo gubernamental”.
El guía
En París desarrollaron un trabajo multidisciplinario que abarcó pintura, dibujo, gráfica y collage; se vincularon con otros creadores visuales, escritores y talleres de impresión, lo cual tuvo repercusiones en el arte y la cultura europeos.
“Tamaño llega en 1949 a París, entra por esta puerta grande que le abren Octavio Paz y Andre Breton. Llega a la mejor galería no sólo de Francia sino de Europa entera, un lugar que es el epicentro no solamente del arte, sino del pensamiento contemporáneo y del planteamiento de las vanguardias internacionales”, explicó Pereda.
Como uno de los máximos expertos en la obra de Tamayo, dijo que “Tamayo no pinta anécdotas, hace símbolos, hace poesía visual, codifica todo como lo habían hecho también los artistas prehispánicos en los códices”.
En un recorrido por la muestra, Pereda mostró que Tamayo es uno de los enfoques de la exposición, como guía de varias generaciones. “Sin proponérselo, ejerció un liderazgo sobre creadores que lucharon por integrarse desde México a la modernidad y participar en las corrientes artísticas internacionales”.
Durante su estancia en París (1950-1960), Tamayo logró un equilibrio entre tradición y modernidad.

Vulnerabilidad y fuerza
En la sala dedicada a Rodolfo Nieto, el curador comentó que la suya fue una historia de terror y al mismo tiempo un cuento de hadas: “Le pasa lo mejor que le puede pasar a cualquier artista, encuentra, sin buscarlo un patrocinador que se interesa en su trabajo y que lo lleva a París, le paga todo para que viva en la capital francesa. Pero Nieto llega de la mano de Martha Guillermo Prieto con quien se acaba de casar.
“Hay un texto entrañable de Octavio Paz que dice que Rodolfo y Martha son como un par de pájaros perdidos en las calles de París. Y bueno, Paz, escribe la nota introductoria de la primera exposición en la que expone Nieto muy jovencito”.
El artista se instaló con temor y nostalgia, pues tiene una crisis existencial tremenda que va a padecer en toda su trayectoria. “Nieto pinta con temor, angustia, insomnio, soledad y una cantidad enorme de sentimientos negativos, pero que embellecen en sus obras”, comentó el curador.
Nieto con sus miedos y obsesiones realiza su bestiario interior, una fusión gráfica inédita entre el ser humano y los animales, mostrando plásticamente sentimientos y emociones de vulnerabilidad.
Francisco Toledo llegó a París recomendado por Tamayo y Paz. “El mundo estético de Toledo se enriqueció durante su primera estancia ahí. Partió de un cimiento propio, de lo local a través de la tradición indígena, lo popular y, sobre todo, del flujo de la vida cotidiana. El ambiente francés lo impulsó a transformar la tradición local en un lenguaje plástico de alcances universales”.
El pintor hizo una poética propia que deriva en gran medida de aquel entrañable recuerdo que tiene su cotidianidad, detalló Pereda. Es decir, otra vez Oaxaca, “otra vez aquella magia del trópico mexicano, lo que va a llenar de fuerza su obra, distinta a la de Tamayo y Nieto. En Francia nunca los ven como artistas exóticos, los ven como grandes creadores que tienen un lenguaje propio, una identidad, que se saben expresar acorde al entorno sofisticado, exigente y excluyente del arte europeo. El suyo fue un legado que trasciende fronteras”.
Pereda dijo que luego de sus estancias en el extranjero, los tres retornaron a México con un prestigio sólido. Su participación en el ámbito cultural mexicano refrendó la desaparición del canon nacionalista que había imperado en el país.
Esta exposición, que se presentará hasta el 15 de febrero en el Museo Tamayo, es una invitación a recorrer y a sentir la emoción de tres artistas que, sin perder sus raíces, lograron hablar en un lenguaje universal.
Imagen portada: Octavio Hoyos
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