En la política mexicana del siglo XXI, el anonimato digital se ha convertido en un campo de batalla. Las máscaras ya no sólo pertenecen a las calles o a la estética insurgente: hoy viven en las redes, operan en X, amplifican causas y deterioran reputaciones. Entre todas esas presencias difusas, ninguna ha capturado más atención, sospechas, ataques y lealtades que La Catrina Norteña, una cuenta cuya identidad sigue siendo, simultáneamente, un secreto y una obsesión pública.
Una vez más inicia una campaña en contra de la cuenta a través de un medio conservador ligado orgánicamente a Ricardo Salinas Pliego.

¿Quién es La Catrina? Esa es la pregunta que atraviesa a distintos sectores del poder. Y, como suele ocurrir, la respuesta depende de quién la formule.
I. La narrativa oficial: la ciudadana anónima
La propia Catrina ha ofrecido una versión depurada de sí misma: una mujer anónima, obradorista desde hace más de una década, que abrió su cuenta en pandemia “por curiosidad” y que, sin plan previo, se convirtió en una de las voces más potentes del ecosistema digital pro-4T.
En entrevista con Alejandro Páez Varela para SinEmbargo, asegura que:
- La cuenta “es sólo mía”.
- No vive de la política.
- No es funcionaria pública.
- No recibe dinero de partidos o candidatos.
- Su única fuente económica es la monetización de X.
- El anonimato es un derecho, una decisión personal, casi una forma de protección.
Ese autorretrato la ubica en una figura políticamente poderosa: una ciudadana orgánica que habla desde el pueblo, que aplaude a AMLO y protege a la presidenta Claudia Sheinbaum, pero que también “corrige” a ciertos cuadros de Morena, sobre todo a los que ella considera desalineados del proyecto.
Desde este punto de vista, su identidad no importa tanto como la fuerza de su voz. Y esa es su principal defensa: lo que digo importa; quién soy, no.
II. La narrativa atribuida: la asesora en las sombras
La oposición ha construido una historia radicalmente distinta.
Desde septiembre de 2023, la senadora panista Lilly Téllez la identificó públicamente como Martha Julieta Villegas Aguayo, supuesta asesora parlamentaria de Morena en el Senado. No presentó pruebas directas, pero la acusación desató un efecto dominó:
- Portales militantes —como Derecha Diario, La Razón y sitios locales— replicaron la versión.
- Aparecieron supuestas fichas laborales, presuntos datos de escolaridad (“Bachillerato”) y una colección de fotos atribuidas a la misma persona.
- Cuentas opositoras en X la llamaron “operadora pagada” y “troll oficialista”.
No hubo verificación independiente.
No hubo investigación periodística seria.
No hubo confirmación institucional.
Pero en política, la repetición puede crear la ilusión de certeza.
La narrativa de la oposición es clara: Catrina no sería una ciudadana, sino una funcionaria disfrazada, una pieza de propaganda con sueldo público que opera bajo la protección del anonimato.
III. La tercera fuerza: el poder económico y la identidad judicializada
La identidad atribuida de La Catrina resurgió con fuerza cuando, a finales de 2024, Grupo Salinas la incluyó entre las cuentas que supuestamente difundieron rumores sobre una quiebra inminente de Banco Azteca. El término utilizado por los abogados del conglomerado fue dramático: “terrorismo financiero”.
Las demandas —presentadas en México y EE.UU.— buscan que plataformas como X, Google y Meta entreguen datos de identidad y actividad de cuentas anónimas.
Catrina figura en esa lista. El anonimato ahora ya no es sólo un recurso político: es un objetivo legal.
Paradójicamente, esta presión judicial llevó a que la propia Claudia Sheinbaum pidiera públicamente al juez evitar que el caso se convierta en una herramienta para inhibir la libertad de expresión. No defendió a Catrina por nombre, pero sí defendió el principio que la protege.
IV. ¿Qué hay detrás del intento de desanonimarla?
El anonimato de La Catrina es valioso porque le permite operar en tres frentes simultáneos:
- Propaganda positiva
Apoya sin reservas a AMLO y a Sheinbaum. - Disciplina interna
Señala a los “chapulines” de Morena, castiga deslealtades, exige pureza ideológica. - Guerra digital contra la oposición
Ataca con dureza a PAN, PRI, MC, antiguo poder judicial, empresarios, figuras mediáticas.
Esta triple función tiene un impacto: Catrina es útil para un sector del oficialismo, pero peligrosa para sus adversarios. Por eso quieren saber quién es. Desanonimarla destruye la magia: la máscara deja de ser del pueblo y se convierte en rostro individual, con vulnerabilidades, con una biografía que puede ser demolida mediáticamente.
La narrativa de “voz popular” se vería reemplazada por “funcionaria con bachillerato” o “asesora infiltrada”, y su peso simbólico disminuiría. Desanonimarla también enviaría un mensaje: quien ataque al poder económico o político desde el anonimato puede ser expuesto o judicializado.
V. ¿Quién es realmente La Catrina Norteña?
Hasta hoy, la respuesta honesta es: No se sabe. Y eso es precisamente lo que está en disputa.
No hay peritajes digitales, ni confesiones, ni documentos oficiales que confirmen que Martha Julieta Villegas Aguayo —o cualquier otra persona— sea La Catrina.
La identidad atribuida es, por ahora, una narrativa política, no un hecho verificado. Lo que sí sabemos es que La Catrina Norteña encarna algo central en la política mexicana contemporánea:
El anonimato como herramienta de poder. Como escudo, como arma y como territorio simbólico.
En una democracia donde la guerra digital es permanente, donde las redes son trincheras y los algoritmos reemplazan a los mítines, la identidad de una cuenta puede importar menos que la fuerza con la que ejerce su influencia. Pero quien controle el relato sobre esa identidad —ella misma, la oposición o el poder económico— controla también el significado político de la máscara.



