Trazos apenas: seguir las pistas del pasado

Seguir las pistas del pasado es toparse con monolitos desgastados por el tiempo, donde lo que se erige ahí existe en lugar de lo que hubo, cuyo rastro es apenas decodificable. Seguir el camino de las huellas, el volver la mirada a su trazo, rastrear su sombra, son acciones para atrapar en un instante lo que parecer "ser".
AguaQuemada

octubre 9, 2025

Por Violetta Estefanía Ruiz

Pasado profundo, nunca lo suficientemente pasado

Paul Valéry

Derivar, ir y venir. Apenas salir y caminar unos pasos sólo para encontrarse de retorno, de nuevo en el origen, el mismo lugar, en apariencia. Seguir las pistas del pasado es toparse con monolitos desgastados por el tiempo, donde lo que se erige ahí existe en lugar de lo que hubo, cuyo rastro es apenas decodificable. Seguir el camino de las huellas, el volver la mirada a su trazo, rastrear su sombra, son acciones para atrapar en un instante lo que parecer ser.

En De la gramatología, Derrida (2012) sugiere que «las huellas no producen el espacio de su inscripción sino dándose el periodo de su borradura» (p. 119). La escritura comienza entonces en algún lugar tocado por el grafito, al tiempo mismo que la cola del perro va borrando los pasos apenas caminados, y de paso el camino.

Tratando de seguir las pistas encontramos el desbordamiento del lenguaje, los significantes derramados en otros significantes, ahí donde la escritura se desborda ¿Qué ha sido la escritura para nosotros, sino el recuento de nuestra historia? Quizá el principio del ser ocurrió con la palabra, pero su registro y su estar ahí, su ontología, sólo ocurrió cuando alguien trazó el signo en un bloque de arcilla, o cuando, quizá en el camino, decidió dejar un rastro dibujado con un palito de madera.

Siguiendo a Derrida (2012, Ibíd.), tanto el signo como la divinidad nacen en el mismo lugar y momento, pensar el signo es pensar de forma prescriptiva: el tiempo de la ley, un tiempo esencialmente teológico. Al iniciar la escritura y el registro de nuestros mitos, de la representación de nuestra realidad colectiva, entonces comenzamos a esbozar los decretos de los dioses. El gran mito de Occidente, desde la mirada judeocristiana, es labrar las leyes en piedra; poco se cuestiona este hecho como una mímesis, una apropiación de la ley que le precedió: la de Hammurabi.

Todo es un rastro de otra cosa, cada atisbo de verdad es un hallazgo, un significante más que parece acercarnos al signo de lo que nunca ha sido. Me parece importante comentar aquí la idea que Derrida (2012) emplea, retomando a Heidegger, de la diseminación como el movimiento de la significación, esa búsqueda por sustraer el sentido, la verdad, la presencia, el ser… ¿Qué consecuencias tiene este esbozo infinito, esta configuración momentánea del centro, espejo de lo real?

Mirar a la historia, esa efigie de piedra del pasado más allá de sí, nunca presente, es entender que el carácter vestigial de la historia se nos refleja incapaz de una reconstrucción auténtica de los hechos.

El leproso y el mendigo

¿Qué tienen en común los cátaros, los judíos, las mujeres acusadas de brujería y los leprosos? Larga cadena de significantes que les hace ir una y otra vez al centro, ser identificados una y otra vez desde la máscara que les maquilla, y les asocia al mismo tiempo con los mismos arquetipos considerados como herejía. Hacia la época del emperador Justiniano, la Edad Media empezaría con la «exposición definitiva del derecho romano». Para R.I. Moore (1989) este es un momento clave para determinar el inicio de las persecuciones de los Otros en Occidente, es justo la configuración del sujeto cristiano frente a su alteridad, y de alguna manera la fundación de la sociedad represora:

«Decidido a cerrar todos los caminos que conducen al error y a colocar la religión sobre el firme fundamento de una sola fe, excluyó a los herejes de los cargos públicos, la práctica del derecho y la enseñanza, la capacidad de heredar y el derecho de testificar contra los católicos en un tribunal. En suma, hizo de la creencia correcta una condición de la ciudadanía y, en su caso, de la aprobación de los curas locales o de la asistencia a la comunión la prueba de la creencia correcta» (Moore, p. 22).

Una de las primeras marcas de este momento histórico fue la identificación de los judíos como los enemigos particulares de Cristo y por ende también de los cristianos. Para Normal Cohn (en Moore, 1989), se funda aquí el rasgo más cruel y central del antisemitismo europeo: el que se traduce en matanzas y genocidio, que para el autor tiene poco que ver con conflictos, intereses o prejuicios raciales per se, como sostiene el autor: «En su núcleo está la creencia de que los judíos, —los judíos de todas partes— forman un conjunto que conspira para arruinar y luego para dominar al resto de la modernidad (Cohn, en Moore 1989, p.47). Este rasgo occidental contemporáneo sería una versión secular de la «versión popular medieval de los judíos como liga de hechiceros utilizados por Satanás para la ruina física y espiritual de la cristiandad.» (Ibíd.)

En La escritura y la diferencia (Derrida, 1989), el centro sería el punto donde ya no pueden sustituirse los contenidos de los elementos o de los términos. Es ahí donde se recibe de forma sucesiva y regulada a formas o nombres diferentes; para Derrida, tanto la historia de la metafísica como la historia de Occidente serían la historia de esas metáforas y metonimias: «la determinación del ser como presencia en todos los sentidos de esa palabra» (p. 385). Resulta curioso que muchas de las características del arquetipo del judío / hereje medieval fueron traspasadas a las descripciones del quehacer de las brujas; más delante, serían los leprosos quienes serían infundidos con estos atributos, debido a las temidas referencias bíblicas de esta enfermedad.

Más curioso resulta que tal como sostiene Moore (1989), la lepra del Levítico no era la enfermedad de Hansen, que podría ubicarse originalmente en China; los exámenes arqueológicos realizados en 1974 a las piernas y pies de un hombre de Bretaña romana del siglo IV d.C. se asociaban con esta condición, más luego de examinar miles de esqueletos no se dieron testimonios de la lepra anteriores al siglo VI d.C. entre los restos que se descubrieron entre Gran Bretaña, Francia y Egipto. Por otra parte, Moore relata cómo cuando el emperador Constantino expulsó a los leprosos de Constantinopla, lo hizo más bien como «medida para desembarazar a la ciudad de los enjambres de indigentes y vagabundos que se acumulaban en ella que con la salud pública.» (p.61-62). Vemos entonces que no el leproso y el indigente empezarían a compartir una doble significación.

Esos herejes, los sufrientes de Cristo

En Márgenes de la filosofía (1998) Derrida introduce el término diferancia (differánce) juego fonético ya que en francés diferencia y diferancia tendrían una pronunciación homófona. El rastro que deja la letra escrita es imperceptible en el habla, del mismo modo que la sonoridad se diluye y se mimetiza: «Ahora bien, si la diferancia es (pongo el «es» bajo una tachadura) lo que hace posible la presentación del presente, ella no se presenta nunca como tal. Nunca se hace presente. A nadie. Reservándose y no exponiéndose, excede en este punto preciso y de manera regulada el orden de la verdad, sin disimularse» (p. 41). La diferancia representa lo que está en lugar del otro, los trazos, el polvo del grafito, «lo que se cree que se ha dicho y lo que se ha querido decir» (p.49). La misma distinción entre leprosos y mendigos aparece en una carta escrita para Eugenio II por Waleran de Meulan acerca de la leprosería que se había fundado en 1135 en Pont-Audemer, donde podemos encontrar los primeros indicios de segregación y reclusión (Moore, 1989). Para Moore «no parece caprichoso» observar cómo en aproximadamente medio siglo se dio una transición desde una actitud relativamente compasiva hacia los leprosos hacia una bastante cruel, cuyos rastros significantes nos alcanzan hasta nuestros días.

A principios del siglo XIV los inquisidores de Felipe V obtuvieron confesiones de los leprosos por medio de tortura para obligarles a aceptar una supuesta conspiración para envenenar las fuentes de toda Francia. Gracias a estas confesiones Felipe pudo justificar la destrucción y quema de cientos de lazaretos (Moore, 1989). Hay que recalcar que estas acusaciones hechas a los leprosos ya habían sido articuladas respecto a los judíos y a las brujas, y aquí es donde me interesa puntualizar cómo el arquetipo del hereje va tomando distintas articulaciones o significaciones de acuerdo con las necesidades del poder durante la época de las persecuciones.

Por otra parte, cabe destacar que hacia el siglo IX, de acuerdo con la regla de St. Grimalicus, cuando un eremita optaba por el confinamiento, se le leía el oficio de los difuntos: del mismo modo que el Tercer Concilio de Letrán prescribía para los leprosos (Moore, 1989). Así como los eremitas y monjes eran reconocidos como pauperes Christi, el estricto código de conducta de las leproserías reflejaban la idea de que los leprosos eran un tipo de orden semirreligiosa. De herejes criminalizados, torturados por la inquisición, a la imagen de un monje, recluso: incluso se llegó a dar mérito a quiénes lavaban y besaban las lesiones de los leprosos como «ejercicio religioso de moda». Citando a Malmesbury, Moore cuenta el caso de Matilda, esposa de Enrique I: «cuya devoción llevó en una ocasión a un cortesano a preguntar cuáles serían los sentimientos del rey si supiera dónde habían estado antes esos labios.» (p. 77)

El simbolismo religioso de las heridas de la lepra

Para Heidegger, el proceso de la verdad ocurre por un lado como desvelamiento de lo que está oculto en el olvido, de manera que la memoria tiene un lugar importante en la búsqueda de las pistas (Derrida, 1997). En La diseminación, se trata el problema de la mímesis como algo que revela tanto como oculta: la máscara teatral hace referencia del estado esencial de quién actúa, sin embargo, no nos ofrece una silueta real del rostro. La memoria y la mímesis estarían a la par ya que recordar es una forma de desvelamiento, la narrativa histórica, los datos crudos y aparentemente objetivos parecerían ser una buena imitación, o la imitación verdadera de lo que fue y se nos pierde entre el paso de los siglos. Como apunta en Espolones (1997) lo que nos resta quizá es articular una suerte de cribad para poder hacer la cuenta de todas las cuestiones críticas encerradas en el contexto perdido, y en la cadena de significaciones que una imagen o una frase pueden dar: «Puedo describir la cosa. Ahora ya no la tengo, en el momento presente, por lo tanto, debo haberla olvidado en alguna parte…» (Derrida, 1997, p.79).

La analogía entre lepra y herejía se utilizó regular y puntualmente por los historiadores y escritores del siglo XII, la herejía se extiende como la lepra: da pasos agigantados e infecta a los fieles con los que se topa a su paso. El aliento del leproso envenenaba el aire, así como las palabras tentadoras del hereje seducían al cristiano, la transmisión de la lepra era también un acto de seducción: su transferencia como un virus, en el líquido seminal, tenía connotaciones sexuales análogas a las danzas del Sabbath con las que fueron asociadas las brujas y los judíos (Moore, 1989). Ante el inevitable establecimiento de los cátaros en Toulouse, en 1177, el conde de la ciudad le pidió auxilio al papa, quien respondió que «la tabes 1 era la llaga de la lepra… cuando alcanzaba la putrefacción la muerte era inevitable».

Volviendo a De gramatología (2012), la huella es «como con la alteridad de un pasado que nunca fue ni puede ser vivido bajo la forma, originaria o modificada, de la presencia». Levinas (2000) nos dice que, si significar equivaliera a indicar, entonces el rostro sería insignificante. ¿Valdrá la pena reconocer las marcas de la máscara, o buscar el rostro debajo de ella? ¿Reconocer la cara que alguna vez fue bajo la carne carcomida de la lepra? Apuntando a Sartre, Levinas nos dice: el otro es un puro agujero en el mundo. El Otro, ese que está absolutamente Ausente:

«Esa significancia no es sin embargo un modo, para el Ausente, de darse como un vacío en la presencia del rostro, lo que nos conduciría nuevamente a una forma de develamiento. La relación que va del rostro al Ausente está fuera de toda revelación y de toda disimulación, una tercera vía excluida por estas condiciones» (Levinas, p. 66). De las ruinas de la historia, quedan estas figuras que nos anteceden y parecen articular el relato real de lo que nos zurció y colocó en este lugar, más el rostro que está en la huella de lo Ausente es anacrónico: absolutamente pasado, como sostiene Valéry profond jadis, jadis jamais assez. No existe introspección alguna que pudiera descubrirlo en Sí (Levinas, p. 67).

Pasado inmemorial (Levinas 67), es la eternidad el lugar de la muerte, la máscara u Otredad de lo Ausente, ese signo que se nos escapa y cuyo polvo apenas logramos descifrar. Lepra y herejía podrían haber sido la misma enfermedad: los ropajes harapientos del leproso, su descripción, como sostiene Moore (1989), recuerda a la del predicador vagabundo, pero también a la del hereje vagabundo: «todos ellos, por así decir, pauperes Christi, o pretendiéndolo serlo.» (p. 79). La buena imitación sería entonces la verdadera.

Recursos:

  • Derrida, Jacques (2012). De la gramatologia. SIGLO XXI Editores. Traducción de Oscar del Braco y Conrado Ceretti. México, pp. 11-25.
  • Derrida, J. (1997). Espolones. Pre-Textos. Traducción de Manuel Arranz Lázaro. Valencia, Pre- Textos, 1997, pp. 75-82.
  • Derrida, J. (1989). La escritura y la diferencia. Antropos. Traducción de Patricio Peñalver. Barcelona, pp. 383-401.
  • Derrida, J. (1998). Márgenes de la filosofía (5. a ed.). Cátedra. Traducción de Carmen González Marín. Madrid, pp. 37-49
  • Derrida, J. (1997). La Diseminacion. Editorial Fundamentos. Traducción de José Martín Arancibia. Madrid, pp. 284-292. Lévinas, E. (2000). La huella del otro. Taurus. Traducción de Esther Cohen, Silvana Rabinovich y Manrico Montero, pp. 65-68.
  • Moore, R. I., & Gavilán, E. (1989). La formación de una sociedad represora. Crítica. Traducción castellana por Editorial Crítica S.A., pp. 65-81
Violetta Ruiz. Artista y escritora con estudios en Artes Visuales (UANL). Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León (2008) en la categoría de narrativa. Tiene una certificación en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos (2015) y una Maestría en Neuroeducación por UNIR México (2021). Sus textos e ilustraciones han aparecido en revistas como Posdata, Residente, Vocero, Armas y Letras, la revista de arte Pola y en diversas publicaciones de la editorial Tres Nubes.

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// Violetta Estefanía Ruiz

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