Por Valeria Riaño // IAQuemada
La historia no recuerda igual a las mujeres que gobiernan. A los hombres se les concede la épica; a ellas, el arquetipo. El rey estratega entra al archivo como arquitecto del Estado; la reina calculadora queda atrapada en la zoología moral: serpiente, araña, bruja, virgen, arpía. El poder masculino produce doctrina; el femenino, sospecha. Y pocas figuras condensan mejor esa operación histórica que Catalina de Médicis y Isabel Tudor.
La primera quedó fijada durante siglos como veneno italiano vestido de terciopelo negro; la segunda, como “Gloriana”, la reina virgen que salvó Inglaterra. Una fue asociada con la noche de Matanza de San Bartolomé; la otra, con la consolidación protestante inglesa y el nacimiento simbólico del imperio. Pero detrás de la propaganda, detrás de la religión y detrás de la literatura romántica que necesitó monstruos femeninos para explicar la violencia del siglo XVI, ambas se parecen más de lo que la historia confesional quiso admitir.
La cultura política europea necesitó convertir a Catalina en serpiente para absolver a los hombres que incendiaron Francia. Necesitó transformar a Isabel en virgen providencial para ocultar que también gobernó mediante espionaje, manipulación diplomática, ejecuciones selectivas y cálculo brutal. La diferencia no fue moral, fue narrativa. Inglaterra ganó el relato histórico anglosajón. Francia perdió el control de la memoria sobre Catalina.
Ahí reside el corazón político de The Serpent Queen, la serie creada por Justin Haythe y protagonizada por Samantha Morton. Su importancia no está en la precisión documental absoluta —que no la tiene— sino en el intento contemporáneo de desmontar un arquetipo construido durante siglos por propaganda protestante, misoginia política y simplificación romántica. La serie entiende algo fundamental: Catalina no nació monstruo, fue fabricada históricamente como monstruo.
La Catalina histórica llegó a Francia como extranjera, huérfana, florentina y Médicis. Cuatro pecados en una corte obsesionada con la sangre, el protocolo y la desconfianza hacia Italia. No gobernó desde la fuerza original, sino desde la precariedad. Durante años fue eclipsada por Diana de Poitiers, amante oficial de Enrique II de Francia. Su ascenso político no fue producto de una conquista lineal, sino de la acumulación paciente de supervivencia. Catalina aprendió pronto que el poder no siempre pertenece a quien ocupa el trono, sino a quien sobrevive a todos los que se sientan en él.
La Florencia que la formó no era el museo turístico del Renacimiento, sino un ecosistema de conspiraciones, papas, exilios y restauraciones violentas. Ahí aprendió la lección que luego trasladaría a Francia: la estabilidad es una ficción escénica sostenida por rituales, alianzas y miedo administrado. Gobernar consistía en evitar el colapso del tablero.
La historiografía moderna —sobre todo la de R. J. Knecht y Leonie Frieda— ha desmontado parcialmente la caricatura de la “reina envenenadora”. No porque Catalina haya sido inocente. No lo fue. Gobernó durante guerras religiosas brutales y tomó decisiones moralmente devastadoras. Pero convertirla en autora única de la violencia francesa es una operación intelectualmente fraudulenta. Francia ardía mucho antes de ella y siguió ardiendo después. Los Guisa, los hugonotes armados, las tensiones territoriales y la fractura confesional europea componían una maquinaria de guerra mucho más grande que una sola mujer. Sin embargo, la memoria colectiva necesitó rostro para el horror. Y eligió el de Catalina.
El streaming contemporáneo intenta ahora invertir la ecuación. The Serpent Queen toma a la serpiente histórica y la transforma en antiheroína moderna. La operación es interesante porque revela una ansiedad cultural actual: reinterpretar a las mujeres poderosas del pasado no como anomalías demoníacas, sino como productos de estructuras violentas dominadas por hombres. El problema es que, al corregir el mito, la serie a veces cae en otra simplificación: convertir a Catalina en una estratega contemporánea atrapada accidentalmente en el siglo XVI.
La verdadera Catalina probablemente fue más contradictoria, más reactiva y menos omnipotente que la de Samantha Morton. La Francia de las Guerras de Religión era demasiado caótica para que alguien controlara completamente el tablero. Pero la serie acierta en algo esencial: Catalina entendía que la política era teatro. Ceremonias, bodas, vestidos, jardines, retratos, banquetes y espectáculos cortesanos eran mecanismos de administración simbólica del poder. Antes del Estado moderno, existía la escenografía del Estado. Y ahí aparece Isabel Tudor como espejo invertido.
Si Catalina fue la serpiente, Isabel fue la virgen. Dos arquetipos diseñados para domesticar el miedo masculino hacia mujeres que gobernaban sin pedir permiso. Pero Isabel también manipuló, espió, ejecutó y mintió. También convirtió su cuerpo en instrumento político. Sólo que Inglaterra logró envolver esa operación en una narrativa nacional victoriosa. Isabel fue canonizada como madre simbólica del protestantismo inglés; Catalina fue archivada como conspiración italiana.
La ironía es brutal: ambas sobrevivieron en sistemas construidos para destruir mujeres autónomas. Ambas gobernaron entre facciones masculinas armadas. Ambas entendieron el valor del espectáculo político. Ambas utilizaron el matrimonio como arma diplomática. Ambas administraron la paranoia religiosa de su tiempo. Y ambas comprendieron que el poder no consiste únicamente en vencer, sino en impedir el derrumbe del Estado. Pero la historia rara vez tolera dos mujeres complejas al mismo tiempo. Necesita santas y demonios. Virgen y serpiente. Gloriana y Médicis.
Por eso The Serpent Queen importa más como síntoma cultural que como reconstrucción exacta. La serie revela una disputa contemporánea por la memoria histórica femenina. Ya no basta con narrar a Catalina como villana. Ahora hay necesidad de reinterpretarla como sobreviviente. No porque el siglo XXI sea moralmente superior al XVI, sino porque nuestra centuria sospecha —con razón— que muchas mujeres del pasado fueron juzgadas no sólo por lo que hicieron, sino por haberse atrevido a ejercer poder real.
Catalina de Médicis no fue inocente. Tampoco fue el monstruo absoluto heredado de la propaganda protestante y romántica. Fue algo más incómodo: una gobernante racional en un siglo irracional. Una mujer que entendió que el orden político europeo descansaba sobre una capa muy delgada de ceremonias encima de la barbarie.
Y quizá por eso sigue inquietando tanto. Porque debajo del terciopelo negro de Catalina y del maquillaje blanco de Isabel permanece intacta una pregunta profundamente contemporánea: ¿qué hace realmente el poder cuando se le arranca la propaganda?



