Pedro y el lobo (no maméis)

No fue dedazo. Fue una encuesta que casualmente entendió perfectamente los acuerdos de la cúpula. Qué extraordinaria casualidad: la voluntad popular siempre termina queriendo exactamente al que necesitaba la dirigencia. Pedro y el lobo, versión 2027: grita “¡la derecha!”, mientras el viejo régimen entra al corral vestido de guinda. Primero te piden confiar en una encuesta que no puedes auditar, después te piden madurez para aceptar el resultado... el acto final consiste en llamarte linchador si preguntas demasiado.
AguaQuemada

octubre 3, 2026

Por María Beasain // IAQuemada

En el templo de la autoproclamada pureza moral, el pragmatismo tiene categoría de dogma y la simulación se despacha con incienso doctrinario. Tras la unción cupular de los 17 «Coordinadores de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional» rumbo a los comicios de 2027, el aparato clerical del régimen no tardó ni veinticuatro horas en desenfundar su manual de contención psicológica. La muestra canónica de este género apologético corrió a cargo de Pedro Miguel en La Jornada, con una pieza titulada «Del descontento al linchamiento» que merece estudiarse en las escuelas de propaganda como la cúspide del cinismo cortesano: el arte de convertir el dedazo más pedestre en un trance de madurez espiritual y la queja legítima en patología psiquiátrica. No maméis, Pedro Miguel.

El escribano del régimen arranca su homilía pontificando que los marginados deben «no dejarse dominar por emociones y dar vuelta a la página». La trampa es de un paternalismo nauseabundo. Para el cortesano de pluma pagada, si la base militante que se dejó los pulmones y la suela pegando calcas en el barro ve cómo le imponen en su estado a un tránsfuga impresentable del viejo priismo, del Verde o del PAN, el problema no es la traición a los principios ni el asalto a mano armada del aparato: el problema es que el militante no sabe gestionar su duelo en terapia. Quien disiente no tiene reclamos políticos válidos, tiene una rabieta de kínder. Protestar contra la podredumbre interna ya no es un acto de dignidad democrática, sino un berrinche emocional que le hace el juego sucio a la «ofensiva de las derechas mundiales». El libreto es el estalinismo de bolsillo más rancio: trágate el sapo en silencio, aplaude al ungido y si te da asco, eres un agente del imperialismo. No maméis, Pedro Miguel.

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Pedro y el lobo (no maméis) Por María Beasain // IAQuemada No fue dedazo. Fue una encuesta que casualmente entendió perfectamente los acuerdos de la cúpula. Qué extraordinaria casualidad: la voluntad popular siempre termina queriendo exactamente al que necesitaba la dirigencia. Pedro y el lobo, versión 2027: grita “¡la derecha!”, mientras el viejo régimen entra al corral vestido de guinda. Primero te piden confiar en una encuesta que no puedes auditar, después te piden madurez para aceptar el resultado… el acto final consiste en llamarte linchador si preguntas demasiado. #México #Sheinbaum #Morena

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Para rematar el insulto a la inteligencia, la columna ensaya una acrobacia retórica que raya en la comedia involuntaria: afirmar con gravedad teológica que las encuestas de Morena son inatacables porque las comisiones «no tienen como propósito el tomarse el pelo a sí mismas». Hay que tener la cara de granito o una desvergüenza a prueba de bomba. Las burocracias partidistas jamás se toman el pelo a sí mismas: saben con precisión quirúrgica a qué capo local le están pagando la plaza, qué cuota de poder le transfirieron al Verde y a qué grupo de interés le deben la permanencia. Los únicos con el pelo tomado, trasquilado y vendido son los ingenuos que todavía creían que las asambleas populares decidían algo. La encuesta no es método científico ni oráculo cívico: es el biombo demoscópico donde entra la voluntad popular y, tras pasar por la licuadora de la «ponderación política», sale milagrosamente el compadre que Ariadna Montiel y Citlalli Hernández ya tenían apalabrado. Y cuando las bases señalan el truco en redes, la cúpula que acaba de repartirse presupuestos multimillonarios se envuelve en la bandera del martirio y acusa un «linchamiento».  Pobres jerarcas, víctimas indefensas de los tuits de la plebe. No maméis, Pedro Miguel.

La prédica moralina de escribanos como Pedro Miguel necesita un andamiaje legal que disfrace la farsa. Para eso se inventó el cacareado blindaje interinstitucional de la Comisión de Verificación de Integridad de Candidaturas: una batería de filtros que involucra cruces de inteligencia del CNI, carpetas penales de la FGR, rastreos patrimoniales de la UIF y trazabilidad bancaria de la CNBV. Sobre el papel, un panóptico implacable contra la penetración del crimen organizado y la corrupción estructural. En la realidad política, una aduana desarmada de origen por el truco semántico más viejo del derecho electoral: el tiempo procesal. No maméis, Pedro Miguel.

Los 17 agraciados no fueron registrados ante la autoridad como candidatos ni precandidatos. Son «coordinadores intrapartidistas», una pirueta avalada por el TEPJF y el INE bajo la etiqueta de «autoorganización interna». Traducido del dialecto leguleyo: como todavía no hay boletas oficiales impresas para 2027, el filtro institucional no existe, no muerde y no estorba. Se les ungió sin someterlos al CNI ni a la UIF, amparados únicamente por el dedazo bendecido por la dirigencia nacional. Se les entrega el territorio, los recursos y la estructura para hacer campaña con anticipación. Cuando llegue la hora de registrar la candidatura formal, ¿qué fiscalía o qué comisión se atreverá a vetar a quien ya opera como el virrey indiscutible del régimen en su estado?

Al rasgar la tela del sermón de la «honestidad sobre la popularidad», la pasarela de los 17 coordinadores demuestra que la pretendida regeneración ética no resiste el menor análisis de congruencia:

Manuel Alejandro Cota Cárdenas (Baja California Sur): El dogma del antinepotismo convertido en sainete familiar. Hijo de Leonel Cota Montaño —exgobernador y extitular de la cloaca multimillonaria llamada Segalmex—, su unción desmiente la prédica contra las herencias dinásticas. Aunque el vástago no tenga órdenes de aprehensión directas, cualquier escrutinio patrimonial serio de la UIF y la CNBV sobre las finanzas de la era Segalmex tendría que tropezar forzosamente con el apellido de la casa.

Cruz Pérez Cuéllar (Chihuahua): Tránsfuga profesional de amplio kilometraje (exdirigente panista, ex postulante de Movimiento Ciudadano y hoy converso guinda) que cargó durante años con los señalamientos de la «nómina secreta» del exgobernador César Duarte. Su unción aplastó a la ortodoxia representada por Andrea Chávez bajo la lógica más priista que existe: el control del presupuesto municipal y la estructura clientelar perdonan cualquier pecado de origen.

Carlos Torres Piña (Michoacán): Exsecretario de Gobierno y exfiscal en una entidad donde los cárteles cobran derecho de piso hasta por respirar. Tras haber estado al frente de la procuración de justicia durante masacres, extorsiones a limoneros y asesinatos de alto perfil, su perfil llega a coordinar la plaza bajo la duda insoslayable sobre qué pactos de facto permitieron la gobernabilidad en el infierno michoacano.

Eugenio Segura Vázquez (Quintana Roo): Exsecretario de Finanzas de Mara Lezama, señalado reiteradamente por contrataciones a modo y el uso descarado de aeronaves privadas con cargo al erario. Una auditoría de la CNBV y la UIF sobre sus declaraciones patrimoniales sería un ejercicio de alto riesgo para la narrativa de la austeridad franciscana.

Clara Luz Flores Carrales (Nuevo León): Cuadro forjado en el viejo priismo de Escobedo y rescatada en el secretariado federal, cuyo currículum carga con el imborrable video donde buscaba la iluminación de Keith Raniere, el líder sentenciado de la secta de esclavas sexuales. Un recordatorio flagrante de que el concepto de «trayectoria intachable» es elástico y desechable cuando conviene a la cúpula.

La paradoja de Santiago Nieto (Querétaro): El extitular de la UIF y artífice de los modelos de inteligencia financiera del obradorismo compitiendo en el mismo pelotón de coordinadores donde varios de sus colegas sudarían frío si sus cuentas fueran congeladas con el rigor que él solía presumir en las mañaneras. No maméis, Pedro Miguel. ¿Le seguimos? Date.

La defensa de la transformación se ha degradado a una ventanilla de indulgencias donde la lealtad ciega al jefe limpia cualquier prontuario. Si la dirigencia necesita tus votos para asegurar una gubernatura, las denuncias por desvíos o narconexos se declaran «ataques de la reacción conservadora»; si te descartan por no cuadrar en los pactos con el Verde, tu reclamo de justicia es «inmadurez emocional y linchamiento digital». No maméis, Pedro Miguel.

Morena ya repartió sus 17 barajas marcadas bajo la mesa, usando la encuesta como coartada estadística, a escribanos como Pedro Miguel como capataces ideológicos para disciplinar a las bases, y la hipocresía como divisa única de cambio. Quienes a estas alturas sigan buscando coherencia ética en el reparto del poder real no han entendido nada: no es que los coordinadores defiendan la transformación, es la transformación la que se diseñó para defender a los coordinadores. No maméis, Pedro Miguel.

Al final, la parábola se cumple, pero con una vuelta de tuerca digna del más ramplón sainete nacional: en esta versión tropicalizada de Pedro y el lobo, el pastorcillo de La Jornada no se cansa de gritarle a la aldea que viene «la derecha internacional», mientras mete a hurtadillas al corral a los lobos del viejo régimen, convenientemente trasquilados y disfrazados con un chaleco guinda. Cuando el rebaño despierte en 2027 y descubra que no queda nada de su pretendida pureza moral, el pastor no tendrá que llorar por la tragedia: cobrará la columna, culpará al algoritmo por la falta de fe de los borregos y nos recetará otro sermón exigiendo madurez emocional para aprender a convivir con los colmillos. No maméis, Pedro Miguel, no maméis.

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor

// Staff

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