Por Joaquín Hurtado
Llegué a la etapa donde debo pensar no solo en los horrores mundiales revividos; por mi condición médica también debo ocuparme, con mis ínfimos recursos, de una diminuta estructura que, cuando empieza a reclamar por atención, nos enfrenta a una realidad alterada.
La revisión anual de próstata ocupa toda mi cabeza. Los exámenes clínicos que traigo en las manos desplazan las amenazas militaristas y las noticias desalentadoras del orbe; sobre todo manda callar mis broncas gastrointestinales, cardiovasculares, inmunológicas, oculares, renales, hepáticas, todas de viejo cuño en los expedientes. Mi zozobra proviene hoy de un humilde órgano del tamaño de una almendra.
Ante una próstata inflamada no hay más que casarse con el urólogo, el tipo que siempre velará por la salud de una glándula pendeja. Inocente, monstruosa cosita, tiene por costumbre no hablar, no mostrar sentimientos, pasar por la vida completamente desapercibida, hasta que es demasiado tarde.
Estoy con el urólogo Luis S. El sabio que lee mis estudios, se rasca la nariz, realiza una serie de cálculos tanto mentales como escritos. Las cuentas no salen, o yo no las entiendo.
Recuerdo los miedos de mi amigo F. Me contó sobre lo mismo que yo experimento. Su médico, para confirmar pistas, sacó un guante nuevo, le puso encima una cantidad generosa de gel. Flexionó socarrón el dedo medio y a ver, don, bájese los pantalones, dígame si ha habido cáncer entre sus hermanos, padre, abuelo. Muy bien, y con el dedo en ristre ordenó: inclínese, relajese, diga la verdad, ¿hay dolor al orinar?, a veces, ¿no se queda con ganas de vaciar?, sí claro. ¿cuántas veces por noche se levanta al baño? la verdad, solo cuatro pero a veces más, ¿orina sangre?, la verdad no.
Muy bien, gracias. Súbase los pantalones. Mi amigo dice que pasó por muchísima vergüenza. No es mi caso.
A mí, que Luis me meta el dedo de longaniza.
—¿Ya va a hacerme el tacto, doc? Estoy listo.
—Ya no hace falta.
Ahora vamos a ver la otra verdad, la que viene dentro de un sobre con el logo de Laboratorios M.
El antígeno prostático anda muy disparado por aquí, pero acá se mira completamente normal. ¿Por qué?
El sobre también contiene imágenes y textos interpretativos de la tomografía más reciente. Una sentencia quizás definitiva, o a lo mejor no. Para mí, en todo caso, solo trae datos nebulosos sobre mi destino. ¿Ya me voy a morir?
Tranquilo. Veamos estas fotos y numeritos.
Algo ahí mismo vio el urólogo que prefirió omitir el escrutinio de mi tesoro. Yo soñaba con un dedo viril traspasando sin piedad mas allá del esfínter, seguir derechito hasta alcanzar el orgullo rancherito regional.
Me quedé con las ganas.
Ayer temprano, cuando la recepcionista me dio el sobre con la tomografía, lo cerré de inmediato sin ver su contenido, no tomé nota ni de números ni de porcentajes, ni de picos de angustia. A la verdad la dejé bien sellada, atrapada en un sobre blanco con un gran logo. Inviolada. Y yo con ella.
Asegurada por decisión, fuera de mis ojos.
El antígeno prostático, en un primer test, arroja datos inquietantes. En un segundo test, más preciso, vuelve a bajar. Un dato realmente alentador.
Adulto mayor con próstata agrandada y una lesión ahí mismo… Escalofriante noticia, según yo. Según la tomografía, soy el candidato perfecto, pero no enfrento neoplasia horripilante. Posiblemente después…
Serénese, seguro que es benigna. Tómese esta medicina. Si no baja la inflamación, hacemos biopsia.
La verdad, doc, dígamela ya, se lo ruego, ¿cuánto me queda?
Distorsionar la verdad no es negocio para uno de los mejores urólogos del reino. La verdad, al descubrirse, se revela con una sonrisa. La verdad está en la mirada del médico cuando me da el veredicto: Váyase tranquilo, usted no se va a morir, no de ésto…



