Por José Jaime Ruiz
Para José Vasconcelos la educación era la semilla de la democracia. Lázaro Cárdenas pensaba que la educación era la base sobre la que debía erigirse todo el edificio de la justicia social, en 1934 su gobierno inició con la impresión masiva de libros con un fuerte sentido ideológico que reflejó los valores políticos y sociales de la Revolución. Después del populismo de Luis Echeverría, Carlos Salinas de Gortari ajustó los libros de texto para ideologizarlos de acuerdo con el neoliberalismo. La nueva Escuela Mexicana hace lo propio reactivando la ideología transformadora del cardenismo como los derechos humanos, los derechos de los trabajadores, la justicia social y el nacionalismo.
La decisión de la Suprema Corte de Justicia de amparar al ciudadano racista, Lorenzo Córdova, no es sólo una decisión jurídica, es sobre todo un acto ideológico: una de las últimas batallas entre el neoliberalismo clasista y la revolución de las conciencias de la Cuarta Transformación de la vida pública del país. Lorenzo pudo ganar jurídicamente, de la mano del Cártel de la Toga, pero pierde ideológica, política y moralmente. En los estudios de Carbono 14 por venir, las excavaciones de la arqueología neoliberal mostrarán a Lorenzo como uno de los conspicuos especímenes de miserabilidad racista.
Victimizarse por una frase sencilla, clara, histórica, responsable y precisa: “2015 En México, el presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdova Vianello, se mofa de los representantes de las naciones originarias”. ¿Qué honorabilidad defendió el Cártel de la Toga? Ninguna. Lorenzo es un ser despreciable y pocos como Lorenzo encarnan simbólicamente al neoliberalismo: matar bien, ideológicamente, a su padre revolucionario; privilegiar el individualismo sobre la comunidad; habitar el aspiracionismo político; asumir la corrupción e impunidad como modelos de vida; ejercer el clasismo supremacista y el racismo. Que este clasista no venga a hablar de democracia. El racismo no es democracia.



