Por Joaquín Hurtado
La coherencia fanática avanza sobre la región, sin resistencia. Un zumbido lejano recorre el paisaje. Quizás se trata de helicópteros inteligentes artillados. O podrían ser perros droides, con dientes que inyectan toxinas biológicas. Se dirigen hacia el sur.
Por tierra, el movimiento parece errático, pero bien que obedece a un sombrío plan fraguado en el búnker secreto del Vetusto. Mucho menos conocemos la duración de la campaña. Sospechamos que el tirano llegó para quedarse.
Por las noches las podemos ver tras las nubes desgarradas por los reiterativos frentes fríos, después de que fuera declarada fuera de control la contingencia ambiental provocada por la guerra química. Las luces que no son estrellas permanecen suspendidas el tiempo suficiente para sembrar dudas, y luego se apagan, o emprenden la retirada como si hubieran cumplido su misión.
Estudian los movimientos de una población fugitiva, apeñuscada bajo los puentes de la autopista, en las obras inconclusas de aguas negras. Las noticias llegan incompletas, sin contexto, sin continuidad, ni duelo.
Yo también me convertí en uno de esos perseguidos. Crucé el umbral de la ciudad sitiada al amanecer, cuando el humor de la noche anterior aún no decidía si subir o quedarse pegado al suelo. Entré con la cabeza gacha para no mirar las fachadas mutiladas, los balcones sin macetas, las ventanas cegadas con tablones y plásticos. El sector respiraba enfermedad y ruina.
He optado por esconder el dolor para no gastar más aire. Busqué refugio siguiendo una lógica primitiva: muros gruesos, sombras persistentes, agua cerca. Los mapas ya no sirven; las calles cambian de nombre cada noche y los puntos de referencia se evaporan. Me guío por señales menores: un grafiti reciente –todavía húmedo– que advertía “No mires arriba”, una fila de botellas vacías alineadas como velas apagadas, el silencio repentino de los perros.
Me escondí primero en la biblioteca subterránea, donde los libros que ya jamás serán leídos fueron apilados para reforzar paredes y tapiar puertas. Camino sin dejar huella, sin hacer ruido. Duermo con un ojo despierto.
El zumbido regresa cada pocas horas, más abajo, más atemorizante. Cuando se acercan demasiado, los cuerpos se tensan al límite, duelen las rodillas, se traban los brazos. Alguien murmura una oración sin dios, una letanía hecha de datos, fechas y rutas de escape que pudieran ya no existir.
La ciudad vive de señales falsas. Las sirenas no anuncian nada: suenan para confundir, para desgastar. Las luces de emergencia se encienden a destiempo, los altavoces repiten consignas que nadie cree, pero que igual no falta alguien que las obedece, por inercia, para hacer espacio al espanto. A ratos, el Vetusto parece una superstición útil, un nombre que concentra el terror y lo vuelve portable. Avanza para conquistar, para permanecer; busca vencer sacrificando. Provoca heridas, deja el miedo enquistado como tumor maligno.
Algunas noches los edificios crujen como si conversaran, deciden el rascacielos siguiente en caer derrumbado. Otras, una radio clandestina logra colarse en el aire para difundir voces que piden comida, medicamentos, clemencia, testigos. Yo tomo nota mental de todo, por si sobrevivo lo suficiente para contarlo, por si el testimonio todavía significa algo.
Buscar refugio es aceptar una paradoja: cuanto más seguro parece un sitio, más tiempo te quedas, más probable es que te encuentren. Por eso me muevo continuamente. Cambio de escondite. Dejo señales falsas. Hago pactos breves con desconocidos que no preguntan nombres. El anonimato es una política de amparo.
Cuando las luces que no son estrellas reaparecen y se quedan suspendidas, por nada levanto la vista. Cuento los segundos hasta que se apagan. Imagino que, en algún lugar, alguien traza líneas sobre un plano y decide cuántos de nosotros cabemos en la próxima estadística. Luego ajusto mi mochila, respiro el polvo, y sigo buscando ese refugio imposible que no sea un punto en el mapa, sino un intervalo: un tiempo pequeño, suficiente, donde el zumbido no alcance a devorar mi sueño.
Hemos regresado a la noche anterior de la humanidad. El camino hacia el exterminio continúa, aunque algo en su textura ha cambiado. La grava cruje más fuerte; ya no absorbe nuestro peso, lo retiene un instante más de lo debido.
Caminar se ha vuelto un acto suicida, cada huella es registrada por una agencia en tiempo real, las minas terrestres esperan pacientes nuestras suelas. “Nadie puede detener lo que viene”, dijo un extremista fanático del Vetusto, rodeado de patrullas y agentes armados y sonrientes.
La naturaleza, que antes ofrecía consuelo, comienza a revelar su doble oficio. Las flores crecen con una belleza excesiva, como si ocultaran algo bajo los pétalos. La sombra de los árboles parece registrar los movimientos de quienes se detienen demasiado para mirar. En los estanques, el agua sigue quieta, pero no inocente; bajo su superficie, fieras robóticas esperan, pacientes, vigilando.



