La eutanasia de la crítica: El «Segundo Piso» como mausoleo de la izquierda

Las recientes columnas, entre muchas opiniones en redes sociales, de Juan Becerra Acosta y Vanessa Romero Rocha no son análisis políticos, son actas de defunción del pensamiento crítico en el altar de la disciplina burocrática.
AguaQuemada

febrero 19, 2026

Por Inocencia Artificiaga

La opinión pública asiste hoy a un espectáculo de degradación intelectual orquestado por los voceros del oficialismo. Las recientes columnas, entre muchas opiniones en redes sociales, de Juan Becerra Acosta y Vanessa Romero Rocha no son análisis políticos, son actas de defunción del pensamiento crítico en el altar de la disciplina burocrática. Bajo el pretexto de defender la «continuidad», ambos autores han asumido el rol de comisarios políticos, cuya única función es barnizar de «revolución» lo que en realidad es una purga tecnocrática y un pacto con el pragmatismo más rancio.

El Peritaje de la Sumisión

Vanessa Romero Rocha, en un ejercicio de servilismo que confunde la lealtad con la abyección, arremete contra Marx Arriaga tildándolo de «soberbio» y «delirante». Su argumento es de una pobreza democrática alarmante: afirma que Arriaga no «entiende» el obradorismo porque se opone a las directrices de Mario Delgado. Para Romero Rocha, el proyecto político se ha transformado en una propiedad privada donde la crítica es «atrincheramiento» y la discrepancia es «daño al proyecto».

Es el triunfo del idealismo subjetivo sobre la realidad material: ella cree que la «revolución de las conciencias» consiste en asentir ante cada cambio de organigrama. Desde una izquierda que se pretenda radical (que vaya a la raíz), no hay nada más reaccionario que la idea de que la legitimidad de las urnas anula la dialéctica interna. Romero Rocha no defiende una pedagogía; defiende el derecho del Estado a gestionar la ignorancia sin «ruidos» ideológicos.

La Cosmética del Gatopardismo

Por su parte, Juan Becerra Acosta se suma al coro de la «actualización necesaria». Su defensa de la gestión de Mario Delgado en la Secretaría de Educación Pública (SEP) bajo la promesa de una «enseñanza sin sesgos» es un insulto a la historia de la izquierda. Postular la existencia de una educación aséptica es la mayor mentira liberal. Lo que Becerra y la nueva administración llaman «eliminar errores» es, en términos llanos, la extirpación de los elementos críticos que resultaban incómodos para la burguesía nacional que hoy cogobierna en el «segundo piso».

Ambos autores utilizan el «Tiempo de Mujeres» y la figura de Claudia Sheinbaum no como una potencia de transformación patriarcal, sino como un escudo de identidad. Es el feminismo de las élites: un feminismo que celebra que una mujer mande, aunque esa mujer use a operadores como Delgado para devolver la educación al carril de la eficiencia mercantilista y el control centralizado.

El Enemigo en Casa

Una parte de la izquierda identifica este momento como el cierre de la ventana de oportunidad transformadora. Mientras Romero Rocha y Becerra Acosta se desgarran las vestiduras por una oficina ocupada, callan ante el extractivismo que devora territorios indígenas y la precarización laboral que los programas asistencialistas apenas logran maquillar.

Para estos opinadores, el «Pueblo» es una masa silenciosa que solo existe para validar sus puestos y sus plumas. Cualquier voz que, como la de Arriaga (con todas sus contradicciones y limitaciones), intente recordar que el proyecto nació para romper estructuras, es inmediatamente tildada de «hereje».

El editorial que México necesita no es el que aplaude la «unidad» de los cementerios. Es el que denuncia que Mario Delgado, Vanessa Romero Rocha y Juan Becerra Acosta son las tres caras de una misma moneda: la de una izquierda, entre comillas, que dejó de serlo para convertirse en la gestora eficiente del capitalismo mexicano. Han sustituido la lucha de clases por el manual de procedimientos.

El «segundo piso» que ellos narran no es una elevación de la lucha, sino un aislamiento del poder respecto a las bases. Frente a su «revolución de papel», solo queda la organización autónoma que no pide permiso ni espera a que los comisarios de la prensa oficialista le den su bendición.

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// Staff // IA / HeyGen

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