Por Joaquín Hurtado
Tuvimos que abdicar. Tal como lo oyen. Tuvimos que entregar los recursos. A las tres de la madrugada nos vinieron unas ganas inmensas de convertirnos en cenizas. Primeramente debimos abdicar a nociones de paz, patria, soberanía, libertad. Renunciamos a los conceptos fundacionales de nuestra civilización, aprendidos en la escuela, incluyendo la señera frase de Benito Juárez. La cartilla cívica se fue al carajo en cuestión de minutos. La Invasión había comenzado.
A esa hora, sin fuerza en las piernas para levantarme, oí ruidos en el patio, en la zona donde tenemos nuestros yacimientos. Los asesinos se habían apoderado de las instalaciones, insumos y contratos para favorecer ilegítimos intereses.
Grité a papá desde mi habitación, a todo pulmón, “¿Qué hacemos?” Él no respondió nada, seguramente también estaba pasmado. No tuvo ánimos para verificar qué diablos estaba sucediendo en nuestra propiedad, mientras media docena de soldados arrasaban con el trabajo de toda una vida.
Desde la ventana observamos el operativo de despojo sin quejarnos, sin hacer ningún otro ruido que el de nuestros corazones a punto de estallar. Los encendidos discursos de la víspera quedaron en residuos inservibles. Las furiosas consignas resultaron en vacuas abstracciones políticas, las proclamas heroicas como “Patria o Muerte” terminaron en significados vanos, inútiles.
Mamá fue a la sala y prendió la radio. Había cierta ilusión sarcástica cuando escuchamos decir a un político del régimen usurpado: “Nadie debe abdicar ante ninguna potencia extranjera, bajo ninguna circunstancia”.
Pero nosotros abdicamos. A las tres de la mañana supimos que la toma de las instalaciones federales era un hecho consumado.
Pasaron los minutos. Seguíamos callados, inmóviles, sin capacidad de reaccionar. Por un momento solo el ruido del refrigerador llenaba los vacíos que habían hecho de la casa un baldío moral insoportable. El artefacto se apagó por diez minutos, luego volvió a encender con timidez, fue de menos a más con un murmullo amigable, después hizo un sonido seco; reanudó la marcha plena con regularidad depresiva, controlado por fuerzas ciegas, automatizadas, posesivas.
No nos hacíamos a la idea de claudicar sin argumentos, al menos no queríamos parecer viles entreguistas, ni darnos por vencidos sin hacer algo. ¿Pero qué? Silenciosos nos fuimos acomodando en los sillones a esperar noticias. Nos empezamos a disolver en el aire, en la orilla del abismo histórico, de frente al incierto porvenir de la patria. La analogía abismal se atiene a la evidencia de lo que sucede en una Invasión en forma.
Con la poca luz de la mañana, bajo el operativo de los enemigos saqueando metódicamente los cobertizos, nos quedamos dormidos de nuevo. Solo despertamos de vez en cuando para ver que había gente que iba entregando voluntariamente sus propiedades con palabras de agradecimiento, entre amplias sonrisas daban lo mucho o lo poco de sus casas a los intrusos. Otros bailaban en las plazas, celebraban la Ocupación, clamaban por ampliar las acciones de sometimiento sobre todos nosotros.
Ya no hubo poder, ni divino ni humano, que nos convenciera de dormir como antes, sin Invasores. A la hora de la cruel conquista, con el Invasor encima, teníamos que administrar la angustia. Por eso, con la luz del sol en alto, salí de prisa, furtivo, a la caza de informes. Rumores. Tomaba lo necesario. Volví a casa con más temor a cuestas.
–Lo más inteligente fue abdicar. –No es lo mejor que pudimos haber hecho. –Solo renunciamos a pedir clemencia, –Nos negamos a defender nada. –Es preferible dejar que las armas extranjeras se lo lleven todo, a cambio nos darán libertad. –A ver qué sucede con la Nación independiente, que ya no nos sirve de mucho. –Los matones como ellos no respetan a quien se arrodilla sin resistencia. –La sumisión voluntaria es la mejor estrategia para gestionar la agresión. –La soberanía de los estados es innegociable. –Renunciar hoy es la servidumbre para el mañana.
Opiniones iban y venían por las calles y los jardines del barrio. Pero esas voces no llegaban a los oídos del voraz tirano que cargaba sus bolsas y cisternas con el botín de nuestros recursos. La guerra, entendí, estaba de regreso. La guerra clásica, muy siglo XX. Ahora, aunque me lo proponga, no le llevo muy bien el paso a las intenciones militares de todas las potencias. Una de esa manada de lobos nos acaba de morder, devorar un país completo. Nuestro país.
Mi padre fue tajante: “¡No hagamos nada!”. Sabía muy bien que el territorio no había sido elegido al azar. El honorable infeliz me confirmó con su calma nerviosa lo evidente, la razón de cómo funciona el asunto de las Invasiones, especialmente cuando suceden a las tres antes meridiano, previas a la salida del sol. No lo dijo claramente por tratarse de un asunto propio de adultos.
Había riesgo de que los bombardeos se extendieran al resto de la población. Eso preocupaba a la gente como nosotros. El principio invasor activo generó contradicciones y efectos adversos en mi desarrollo.
A esa misma hora, tres antes meridiano, durante el ataque, cometí la imperdonable negligencia de regresar a una idea de Mundo que no me sonaba estúpida. Aparecí necio ante mis adentros con las ideas de derecho, diplomacia, concordia, respeto internacional. Palabras y conceptos minúsculos, huecos, meras opiniones de un menor asustado e impotente. Las paredes me miraron con lástima, los espejos multiplicaban el odio, hablaban mil voces en mi cabeza, donde hervían hipótesis descabelladas, ideas insoportables.
El Invasor, impaciente, metió las manos muy adentro de nuestros palacios y selvas vírgenes, con uñas como ratas enrabiadas ruñía nuestro subsuelo, se burlaba de nuestra autodeterminación. Sus dedos bajaban del cielo entre llamas, su lengua chasqueaba ponzoña como pulpo morado, hurgaba en el orificio petrolero triunfal.
Viejas mañas mundiales para apoderarse del oro negro. El ladrón nos gritaba en su lengua-multipaís: “¡Vengo a liberarte del comunismo, nadie se meta a defenderlo, mañana serán felices!”
Mi trastorno psicológico empezó exactamente la noche del domingo, una semana después de iniciar la Invasión. Presenté síntomas psicosomáticos ridículos debido al trauma, a la imposibilidad de sobrellevar la nueva Realidad. Yo mismo vi entrar por la puerta de atrás al primer Invasor, un payaso castrense, un sicario rubio que usaba diademas comunicacionales insensatas, y armas futurísticas inconcebibles. Como los Invasores de las películas de Schwarzenegger, también hablaba el sucio idioma de los degenerados depredadores tropicales. Estos síntomas sucedían con mayor virulencia exactamente a las tres de la madrugada.
Después de quedar anulados, en el capítulo siguiente, con precisión matemática, llegaron los Petroleros en grandes buques corporativos. Vi el reloj, el arribo de los helicópteros sucedió igual, exactamente a las 3 AM.
Uno a uno, dos y tres mil, se metieron por el ombligo de la patria. Luego soltaron los drones, en número atroz, los vacíaron en nuestros patios y edificios públicos. Los portaviones nos enloquecían con andanadas de misiles sónicos.
Yo, con fiebre y mal de tripas, subía y bajaba las escaleras de mi casa, sin valor para cerrar la puerta. Dejé entrar al Invasor sin chistar siquiera. Pero me devoraba una inquietud terrible. No entendía cómo podíamos yo, mi papá y mis vecinos permitir la rapiña cínica de ese Imperio mendaz; cómo podía la gente, incluso, gozar con aquel abuso flagrante. Me intrigaba su amistad con la tortura. Una madre besaba las manos de un gendarme Invasor mientras éste golpeaba a sus hijos en la cabeza. “¡Son socialistas, oficial, sáqueles ese demonio!”
Quizá lo mejor para todos nosotros sea abdicar, convertirnos muy pronto en cenizas.



