Por José Jaime Ruiz
Al pan, pan y al vino, vino. Hay que agradecerle a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo que, aunque batalle pronunciar la palabra “genocidio”, al menos la haya pronunciado dos veces en su larguísimo primer año de gobierno. La doctora Sheinbaum se reserva decir que nuestros compatriotas están secuestrados y encarcelados y no habla de un asalto terrorista a las embarcaciones humanitarias. No hay condena ni relación en pausa con el gobierno de Donald Trump, por ejemplo, cuando el ICE asesina o viola los derechos humanos de nuestros compatriotas; tampoco cuando el gobierno de exterminio de Netanyahu viola los derechos humanos de seis mexicanos y los tortura. Por otro lado, el eufemismo en su gobierno, más que políticamente correcto, es un disfraz porque trata de suavizar la realidad. Al mal tiempo, buena cara… o aligerada máscara.
Octavio Paz escribió en Posdata: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados”. Ahora se habla oficialmente de “generadores de violencia”, y se evita decir asesinos, secuestradores, extorsionadores, homicidas, violadores, ladrones, narcotraficantes. El léxico del Segundo Piso de la Cuarta Transformación de la vida pública del país no debiera abatirse en circunlocuciones, mejor el lenguaje del pueblo como antífrasis.
¿El peor ejemplo de gangrena oficial? El del secretario de Relaciones Exteriores donde la diplomacia se convierte en sumisión, en eufemismo deformativo. Franca desenvoltura, ¡joder!, aprendan de Jesusa, de Paco Ignacio. El eufemismo es una huida, un pésimo escape. La tarea de la 4T, para no ser iguales al antiguo régimen, es una tarea gramatical: restablecer el significado, los significados de las palabras. Julio Scherer García escribió alguna vez que las palabras tienen dignidad. Pues eso.



