Por José Jaime Ruiz
Las visitas del secretario de Estado de los Estados Unidos a Latinoamérica han sido coloniales. Por primera vez se da un encuentro gubernamental entre pares; México y Estados Unidos de igual a igual, ese, en principio, es un gran triunfo de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Mano de hierro envuelta en guante de terciopelo: “No hay ningún Gobierno que esté cooperando más con nosotros que el Gobierno de México, que el Gobierno de la presidenta de México”. Enmarcando las palabras de Marco se colige que no hay ni habrá intervencionismo.
La oligarquía y la derecha en México están agotadas (nueva Suprema Corte de Justicia), decepcionadas (por eso las precampañas desorganizadas y desconcertadas de Alessandra Rojo, Ricardo Salinas Pliego, Eduardo Verástegui…) y desoladas (los intelectuales orgánicos sin argumentos). La desolación los recorre como una depresión psicótica: el trauma de haber sido y el dolor de ya no ser; todo se derrumbó, hasta el aliento político sabe a hiel: derrumbe, desmoronamiento, desesperanza. Y entonces la desconexión entre realidad e irrealidad donde, desde la esquizofrenia, la disociación trata de imponer su percepción a través de la red social X. Y así la dramatización de la orfandad, proscritos sus privilegios y prerrogativas.
Los pasos coloniales de Marco Rubio y sus andanzas políticas por Venezuela, Argentina, Panamá, Costa Rica, El Salvador, Ecuador. En México se topó con la soberanía, la autodeterminación, la cooperación sin subordinación representada por Claudia Sheinbaum Pardo. Enloquecida paradoja, los argumentos de hoy de la oposición se oponen a las diatribas de ayer de la oposición.



