Por José Jaime Ruiz
No es hipérbole ni consigna encendida, el secuestro de América Latina nombra con bastante precisión el mecanismo. El poder imperial ya no toca la puerta: la arranca. Venezuela fue el escenario y el aviso, ejecutado sin declaración de guerra, sin mandato internacional y con una eficiencia administrativa que pretende pasar por normalidad.
Cuando Donald Trump afirmó que Estados Unidos iba a “controlar (gobernar) Venezuela hasta que haya una transición segura”, no estaba improvisando ni exagerando, estaba describiendo una toma de custodia. Controlar es verbo penitenciario. Y la escena fue coherente con el lenguaje: más de 150 aeronaves, operaciones desde múltiples bases, una incursión nocturna para capturar a Nicolás Maduro y transformarlo, de un momento a otro, de jefe de Estado en detenido con destino a Nueva York. Todo prolijo, todo “legal”. La capucha, esta vez, fue un expediente.
El método no es nuevo, sólo más pulido. Primero se cambia la etiqueta —narco, terrorista, criminal global—; después se arma el caso; al final entra la fuerza. El «derecho penal» no actúa como límite, sino como coartada. El lawfare no reemplaza a los marines: los legitima. Así se secuestra un país sin usar la palabra invasión.
Luego viene lo importante: las cuentas. Se anuncia que empresas estadounidenses administrarán el petróleo venezolano. En todo secuestro hay un botín, aquí se presenta como reordenamiento de activos. La transición se reduce a trámite, la democracia a discurso y la riqueza a garantía. “Reconstrucción”, dicen ahora, antes se decía saqueo.
El mensaje no es sutil y no es sólo para Caracas. Para México —y para cualquier país que aún crea que el comercio es cooperación— la advertencia es clara: la economía dejó de ser interdependencia y pasó a ser correa. Si no hay alineamiento en migración, seguridad o geopolítica, el castigo se activa sin dramatismo: aranceles, sanciones, bloqueos financieros, presión regulatoria. La frontera y las cadenas de suministro ya no integran, obedecen. El mercado funciona como látigo con lenguaje técnico.
Así opera el secuestro continental: no ocupa a Venezuela para quedarse, sino para condicionar; no gobierna de forma permanente, sino hasta que el rehén acepte las reglas. Capucha legal, soga económica, músculo militar, todo engranado, sin aspavientos. A este cuadro se suma una capa decisiva: la guerra comercial entre China y Estados Unidos librada en territorio latinoamericano. América Latina dejó de ser sólo patio trasero: es campo de disputa. Infraestructura, minerales críticos, energía, puertos, telecomunicaciones. Cada contrato con Pekín es leído en Washington como deslealtad estratégica; cada intento de diversificación, como desafío geopolítico. Venezuela paga doble: por desobedecer y por mirar hacia China
Venezuela no es un error ni una anomalía, es el ensayo general. Por eso el punto final importa: defender a Venezuela de la intervención no es defender a un gobierno, es defender a América Latina. Defender la idea —cada vez más incómoda— de que la soberanía no se negocia, la legalidad no se terceriza y el petróleo no convierte la invasión en virtud. Hoy fue Caracas, mañana puede ser cualquier capital latinoamericana. Defender a Venezuela es defender al continente.



