El San Quintín de Claudia

Sheinbaum calificó el suceso como un «regaño caluroso», una explicación que intenta suavizar la imagen de una lideresa que no tolera la disonancia con su método de trabajo.
AguaQuemada

febrero 3, 2026

Por Inocencia Artificiaga

En el actual panorama político mexicano de 2026, la administración de Claudia Sheinbaum se ha convertido en un objeto de estudio fascinante y, para muchos, contradictorio. El análisis reciente de diversas voces, que califican su estilo como «incomprendido pero efectivo», abre una rendija para observar una maquinaria de poder que opera bajo una lógica de blindaje tecnocrático y validación territorial. Sin embargo, eventos recientes —como el episodio en San Quintín— sugieren que esta «incomprensión» no es un vacío comunicativo, sino una disciplina de hierro que empieza a mostrar sus tensiones internas.

El argumento de la «incomprensión» funciona como una herramienta retórica de doble filo. Por un lado, eleva la gestión a un plano de superioridad intelectual: si el mercado financiero muestra nerviosismo o si la prensa cuestiona la opacidad de una reforma, la respuesta implícita es que el crítico carece de la visión de largo plazo que solo el «método» presidencial posee. Es una sacralización del pragmatismo donde el silencio no es ausencia, sino concentración.

No obstante, esta frialdad técnica se compensa con una hiperpresencia territorial. Cada fin de semana, la presidenta rompe el aislamiento del escritorio para someterse al escrutinio del «suelo». Aquí, la legitimidad no se mide en puntos base ni en editoriales, sino en la supervisión directa y el contacto con la base social. Esta dualidad permite al gobierno desestimar la crítica macroeconómica o de seguridad —donde los índices de percepción de inseguridad (ENSU) siguen siendo críticos— apelando a una «micro-legitimidad» que se construye pueblo por pueblo.

El reciente episodio en San Quintín, Baja California, donde la presidenta reprendió públicamente a legisladores por lo que ella consideró una falta de compromiso con el territorio, añade una dimensión crucial al análisis. Sheinbaum calificó el suceso como un «regaño caluroso», una explicación que intenta suavizar la imagen de una lideresa que no tolera la disonancia con su método de trabajo.

Este evento donde diputados tuvieron su San Quintín, revela tres puntos clave sobre la naturaleza de su poder en 2026:

  1. La disciplina como ideología: Para la presidenta, la política no es solo retórica; es una extensión de la ingeniería. Quien no cumple con la métrica del «territorio» está fallando al sistema. Al alma del sistema: por el bien de todos, primero los pobres.
  2. La erosión del blindaje: El regaño público sugiere que la «incomprensión» no solo viene de fuera. Hay una tensión creciente entre la exigencia técnica de la presidenta y la naturaleza política de su partido. El blindaje de «superioridad técnica» se extiende incluso hacia sus propios aliados, estableciendo una jerarquía donde la eficacia está por encima de la diplomacia, por decirlo suave, parlamentaria.
  3. El riesgo de la desconexión: Al centralizar la autoridad de manera tan rígida, el gobierno corre el riesgo de convertir el «estilo incomprendido» en un monólogo. Si incluso los legisladores propios son reprendidos por no ajustarse al ritmo presidencial, el espacio para la retroalimentación crítica se reduce peligrosamente.

A pesar de que las encuestas de febrero de 2026 mantienen su aprobación en niveles resilientes —gracias en gran medida a su presencia regional y al apoyo del sector femenino—, la «eficacia silenciosa» enfrenta una prueba de fuego. El blindaje retórico que propone que «los resultados hablan por sí solos» se vuelve vulnerable cuando los datos oficiales de violencia o la caída en los índices de confianza para la inversión (como el índice Kearney) cuentan una historia distinta.

El regaño en San Quintín es una señal de alerta: una administración que se siente «incomprendida» corre el riesgo de volverse intolerante a la realidad cuando esta no encaja en sus hojas de cálculo. La verdadera efectividad no solo se mide en obras inauguradas o en legisladores disciplinados, sino en la capacidad de un gobierno para ser entendido, cuestionado y, finalmente, validado por una sociedad que demanda algo más que «gestión silenciosa»: demanda certezas.

Fuente:

// Medios / IA / HeyGen

Vía / Autor

// Inocencia Artificiaga

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