
Por José Jaime Ruiz
Cierta derecha local tiene un viejo talento: destruir antes de entender, golpear antes de pensar y mentir antes de respirar. Ahora tiene un nuevo pasatiempo impuesto: convertir a México en un país en llamas antes del Mundial 2026. No por amor al deporte, ni por preocupación democrática, sino por esa pulsión febril de poder que la caracteriza desde siempre: si el país no sirve a sus intereses, entonces debe ser descrito como un país fallido. A eso juegan. A eso apuestan. Y lo hacen con precisión quirúrgica. La derecha global y sus operadores locales utilizan la violencia, la narrativa y la desinformación para construir la imagen de un país ingobernable justo antes del Mundial 2026.
La historia de los mega-eventos deportivos —Olimpiadas y Mundiales— está escrita en el lenguaje del espectáculo global, pero también en otro lenguaje más sordo: el de la excepción. Cada vez que un país abraza la idea de “mostrar su mejor cara al mundo”, activa un mecanismo doble. Por un lado, la promesa de modernidad: infraestructura, turismo, inversión, reconocimiento internacional. Por el otro, un engranaje subterráneo que produce desigualdad, desplazamientos y control político. Es el lado B de la grandeza deportiva: el evento como máquina de producir excepción. El gobierno en ’68 operó bajo una regla tácita: si el espectáculo peligra, la democracia se suspende.
La derecha, para 2026, quiere un México arrodillado, un México dócil, un México narrativamente derrotado antes de que ruede el primer balón. Y como toda derecha que se respeta, no actúa sola. Tiene sus franquicias locales: el PAN, los opinólogos de alquiler, las cámaras empresariales conservadoras, los influencers psicóticos del anti-humanismo, los jóvenes operadores que confunden política con TikTok y violencia con trending topic. El 15 de noviembre vimos la coreografía. Un grupo radical, varios activistas panistas —entre ellos Edson Andrade, ese discípulo de la provocación— y la vieja receta: golpear a la policía, grabarlo, editarlo, viralizarlo, culpar al gobierno. La violencia en la membresía del oportunismo. La provocación como estrategia. La mentira como doctrina. No buscaban protestar. Buscaban material multimedia para alimentar el mito del Estado represor. En ese teatro, cada empujón es un guion, cada piedra es un mensaje, cada grito es un clip destinado a viajar hacia los ecosistemas ultras de Miami, Madrid y Washington. Es una operación sincronizada: la derecha local actúa, la derecha internacional narra, y en medio queda México, convertido por ellos en un experimento.
Por eso Donald Trump aparece diciendo: “No me gusta lo que está pasando en México.” Como si fuera un juez moral de algo. Como si no fuera él el autor intelectual de una doctrina anti-México que la derecha local repite de memoria. Como si no supiéramos que detrás de su frase está la orden no escrita de intensificar la campaña: México debe verse débil, fracturado, ingobernable. No porque lo sea, sino porque les conviene. Y ahí entra el Mundial. Para ellos no es una fiesta: es un escenario. El mejor momento para desestabilizar, para presionar, para condicionar, para someter.
Los mega-eventos deportivos y culturales son rituales globales donde las ciudades se visten para el visitante, el país se imagina a sí mismo y el mundo observa. Pero también son máquinas. Máquinas que reorganizan el territorio, silencian protestas, endeudan naciones y administran cuerpos. México ’68 mostró cómo se anula la política. Barcelona mostró cómo se redibuja la ciudad. Grecia mostró cómo se ahoga un país. Brasil mostró cómo se militariza la vida cotidiana. Qatar mostró cómo se descarta a los cuerpos. La máquina funciona porque promete gloria. Y porque, durante un mes, el país se deja encandilar por la épica del deporte. Son capítulos de la misma historia, una historia donde la excepción se vuelve norma y la desigualdad, condición. Una historia donde el mega-evento ya no celebra a la humanidad, sino que la administra. Los estadios se llenan. Las calles se vacían. Y, al final, la ciudad vuelve a quedarse a oscuras mientras el mundo cambia de canal.
Los mega-eventos deportivos son, desde hace medio siglo, máquinas de excepción. Producen ciudad, deuda, espectáculo y silencio. Pero en el siglo XXI aparece una nueva mutación: la derecha global como actor político que intenta moldear la percepción del país sede antes de que el mundo llegue. México, rumbo al Mundial 2026, se ha convertido en un laboratorio de esa mutación. Lo que antes era un conflicto interno ahora es geopolítico. Desde la década de 2010, la derecha internacional ha aprendido a operar en elecciones: Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, próximamente en Colombia. México no es la excepción. Su valor geopolítico (frontera con EE.UU., energía, migración, seguridad) convierte al país en campo de disputa simbólica. Y el Mundial 2026 amplifica esa disputa: cualquier país sede se vuelve más vulnerable a campañas de percepción. La fórmula es conocida: Narrativa unificada: “México es un país en caos, el gobierno reprime”; amplificación digital: cuentas coordinadas, bots, influencers alineados; portavoces internacionales: think tanks conservadores, prensa afín, actores ultraderechistas; sincronización con conflictos locales: crimen, protestas, errores de gobierno; proyección hacia el exterior: “el país sede viola derechos humanos”.
Esta narrativa no busca verdad, busca dañar el prestigio del país justo cuando el mundo pone atención. El Manual de Desestabilización funciona como una plantilla flexible. Se aplicó en Brasil 2013–2016, se probó en Chile 2019, en Bolivia 2019, y opera con variaciones en México. Las derechas locales y globales usan el mismo repertorio: aunque los datos muestren reducción de violaciones a derechos humanos o cambios en estrategias de seguridad, la campaña insiste en la etiqueta: “gobierno autoritario”, “uso excesivo de la fuerza”, “represión sistemática”.Esto tiene un objetivo: ligar al país sede con una narrativa de ilegitimidad. Un enfrentamiento policial, un operativo fallido, un caso de abuso… todo se magnifica como política general del Estado. La excepción se convierte en regla narrativa. No se trata de defender derechos, sino de usar su retórica para erosionar legitimidad.
El Mundial traerá reflectores, turistas, marcas, pancartas, estadios, discursos. Pero también traerá algo más peligroso: la mirada del mundo convertida en arma política. Se denuncia selectivamente, se exagera estratégicamente y se conecta con redes internacionales que reproducen el discurso sin verificar contexto. La derecha global trabaja con granjas de contenido, algoritmos y estrategias de micro-segmentación para crear la sensación de colapso, ingobernabilidad, violencia descontrolada, represión generalizada. El objetivo es que la audiencia internacional —incluida la FIFA— perciba fragilidad institucional.
Barcelona 92 mostró que un evento puede transformar una ciudad para siempre: gentrificación, desplazamiento, privatización. La derecha global estudió ese modelo, pero añadió algo más: el uso político de la percepción internacional. A Grecia la quebraron con deuda. Brasil 2014–2016 fue un ensayo general de esta estrategia: protestas legítimas amplificadas como “ingobernabilidad total”, intervenciones digitales de la derecha, erosión del gobierno vía narrativas de corrupción y represión, colapso político posterior al evento. La derecha global calló ante las violaciones laborales en Qatar, Qatar es aliado energético; México es territorio disputado. La crítica, entonces, no se dirige al abuso real, sino a donde conviene estratégicamente.
México está entrando en el mega-evento sin megaproyectos, sin estadios monumentales (algunos remodelados), sin deudas gigantescas. La excepción no es económica ni urbana: la excepción es la guerra narrativa. El país vive un asedio discursivo donde la derecha —local e internacional— busca fabricar un gobierno represor, una sociedad fracturada, una democracia fallida, un Estado incapaz de garantizar el Mundial. La maquinaria está activa. Y su objetivo no es el futbol, su objetivo es el poder. México ’68 fue el laboratorio de la represión estatal; Barcelona fue el laboratorio de la ciudad gentrificada; Grecia, de la deuda infinita; Brasil, de la excepción territorial; Qatar, del colonialismo laboral; México 2026 podría convertirse en el laboratorio de la excepción narrativa.
La cancha no está en los estadios, está en las pantallas. Y la guerra no es por goles, sino por el significado de México. Hay un tono trágico en todo esto y que atraviesa la política mexicana: el país que alguna vez intentó ocultar su violencia antes de los Juegos Olímpicos ahora enfrenta un intento externo por exagerarla. Antes, el Estado quiso callar a su juventud; hoy, la derecha global quiere hacer gritar al país entero. Ya no se trata de construir estadios, sino relatos. Ya no es la ciudad la que se limpia, sino la conversación digital. En esta nueva fase, el mega-evento no solo muestra al país, lo reescribe. Y el partido no se juega en la cancha, sino en las redes que propician un nuevo y legible colonialismo: “¡Bravo! ¡México produce caos de calidad internacional!”



