Por Joaquín Hurtado
Venía de la canchita, vestido solamente con mis pantalones cortos, desnudo del torso y unos tachones muy jodidos. Todavía sudado porque me saqué la camiseta a los 15 minutos. Íbamos 3 a 1, yo metí dos, pero eso no importa.
La cosa es que ese domingo agarré por delante de la Secundaria para acortar camino. Ahí, en medio del patio, vi el cura.
Habían puesto una mesa con un mantel blanco cerca del asta bandera. Colocaron unas velas de cera, un crucifijo enorme y flores. El cura lucía una inmaculada túnica larga. Daba la misa, pero al aire libre, como si nada.
La escena me pareció grave, irregular, escandalosa en un país que presume de educación laica.
Frené en seco, chupeteando el último sorbo de la botella de agua. Nunca había visto una misa así, fuera de la iglesia, improvisada nomás para darle gusto a las damas beatas de la colonia.
Picado por la curiosidad di varios pasos al interior de la escuela Benito Juárez.
El señor con enaguas vino hacia mí, me sonrió, y dijo: “¡Ah, llegaste, flaco! Pasa, hijo pasa, ponte esto.”
Como si yo fuera alguien muy importante a quien estaban esperando. Yo ni entendía. “¿Qué?” “El monaguillo, niño. Apúrate que empezamos.
Le dije que no, que yo no era monaguillo ni nada, que venía de jugar a la pelota. Pero el cura insistía con el trapo en la mano: “Sí, sí, el chico recomendado de la catequesis, te estábamos esperando.”
Le repetí que no, que yo era ateo, bueno, más bien marxista, que en mi casa me enseñaron que la religión es el opio del pueblo, que no existe el infierno ni el cielo. Todo eso. El cura se quedó con la sonrisa congelada.
Oí a dos señoras, de las veinte congregadas ahí, que decían una a la otra: «Ese es el hijo de Esperancita, la mujer del demonio socialista». Otra intervino para corregir: «No, el hijo de ese chamuco es más chaparro, prieto y gay»…
Ahí aparecieron dos vecinos grandotes, de esos con cara de pocos amigos, que estaban acomodando las sillas. Uno me agarró del brazo. “No hagas lío, cabrón. Ayudas un ratito y listo.”
Yo me resistí, pero pesaban como dos refrigeradores. Me llevaron detrás de la mesa y me pusieron una especie de camisón blanco enorme que me llegaba a las rodillas. Encima olía a alcanforina.
Me dieron una campanita y un incensario de esos que echan humo con aroma a sepelio. El cura me susurró: “Cuando yo haga así con la mano, tocas la campanita tres veces.” Señaló la campanita dorada.
Me quería morir. Ahí parado, un pobre diablo con aire de santo, y los short pants asomando por abajo del camisón, todo transpirado y con olor a chivo, haciendo de monaguillo. La gente miraba raro, alguna vieja se reía disimuladamente. Yo sonaba la campanita cuando el cura hacía el gesto, pero me temblaban las manos.
En un momento se me cayó el incensario y casi prende fuego el mantel. El cura puso cara de “ay, Dios mío” pero siguió igual.
Lo peor fue cuando tuve que arrodillarme. Los tenis trasteaban en el cemento, me hice mierda la rodilla buena, la que no tenía el raspón del partido. Y yo pensaba: “Bueno, papi, mira dónde vine a parar.”
Mi papá dirigía un panfleto de izquierda llamado Ho Chi Minh. Por dentro me hervía la sangre, pero también me cagaba de risa, me mordía un cachete para no explotar. Me obligaron, así nomás, a entregar un servicio espiritual a nuestra enemiga ideológica. No pude decir que no. Me sentí un cobarde, un vendido.
Pero en medio de la misa, cuando el cura levantaba la hostia y yo duro y dale con la campanita como un tarado, se abrió la puerta de la escuela y entró un chico flaco, con una mochila. Se quedó mirando la escena. El cura lo vio, después me miró a mí, y se le cayó la cara. Resulta que el monaguillo de verdad era ese chavo, que venía atrasado. Yo era un desconocido que pasaba nomás de pedo.
El cura ya no quiso parar el numerito, yo aguanté un poco más sin reír. Sentía lástima por el grupo de señoras donde había buenas vecinas y amigas de mamá. Me aguantaba tanto de huir y dedicarles una mentada que se me salió una lágrima. Los dos grandotes no sabían dónde mirar.
El flaco de la mochila no preguntó nada, sólo se sentó como cualquier feligrés. Yo imaginaba que se debatía entre largarse o seguir ahí con cara de “¿Entonces qué hago?”
Y el cura, todo colorado, le dijo con señas que se quedara sentado.
Al final de misa, en la parte de las confesiones, decidí seguir con el teatro. Me saqué el camisón muy respetuoso, se lo entregué a uno de los refrigeradores, me persigné y me fui tan campante, caminando sin mirar atrás.
En la calle me seguí riendo solo. Después me dio vergüenza acordarme, pero también me pareció una prueba política superada. Un chavito marxista, oficiando de monaguillo por error…
Mi viejo, cuando se entere, quizá me mate o quizá me dé una palmadita de reconocimiento, orgulloso de su pequeño cuadro comunista que fue capaz de pasar por el fango reaccionario sin mancharse el rojo plumaje. O se cagará de risa también…



