Tras la victoria de su revancha en las elecciones presidenciales de 2024, Donald Trump y el Partido Republicano se jactaban de haber creado una coalición duradera que alcanzaría muchas elecciones más. La receta era sencilla: tomar como base el voto duro del partido y sumar a sus nuevos votantes entre los hispanos y una franja de afroamericanos.
Aunque Trump ganó entonces las elecciones con apenas 49.8% de los votos –una ventaja de apenas 1.5 puntos porcentuales frente a la candidata demócrata Kamala Harris–, obtuvo un 55% del voto masculino, incluido 59% de los hombres blancos e incluso una mayoría de los hombres latinos. Donde antes se pensaba que la cambiante demografía estadounidense favorecería a los demócratas, ahora eran los republicanos quienes se frotaban las manos ante la perspectiva de una serie de mayorías electorales hasta donde alcanzaba la vista.
Lo que pueden cambiar las cosas en dos años. Al escribir estos renglones, a una semana de las elecciones intermedias, Trump tiene un índice de aprobación de entre 30 y 35%: no tan abismal como el de sus contrincantes europeos Emmanuel Macron y Friedrich Merz –que se arrastran en los niveles de apenas diez y tanto por ciento– pero fatal en el contexto y la historia de Estados Unidos.
El hombre que una vez afirmó que podría pararse en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien sin perder votantes, ahora está siendo interrumpido en múltiples ocasiones en cada mitin que encabeza, aun en sus zonas de mayor apoyo –los llamados “estados rojos”, por la contraintuitiva costumbre de utilizar ese color en los mapas electorales para representar el Partido Republicano–. En lugar de compartir el escenario con el presidente en esas giras, los candidatos republicanos al Congreso hacen de todo para distanciarse de él; publica MILENIO.

En cuanto a las casas encuestadoras, apuntan a una inminente “ola azul” a favor de los demócratas de una magnitud comparable a las primeras elecciones intermedias de Trump en 2018… o a las elecciones intermedias de George W. Bush después de la impopular guerra contra Irak en 2006… o a las elecciones intermedias posteriores a la renuncia de Richard Nixon por el escándalo de Watergate en 1974. ¿Cómo llegamos hasta aquí? En resumidas cuentas, las claves son cuatro: aranceles, Irán, ICE y Epstein.
El pensamiento mágico y los delirios de persecución de Donald Trump
Los aranceles son, quizá, el tema más representativo de Trump, ya que constituyen el terreno donde confluyen dos aspectos muy marcados de su carácter: su pensamiento mágico y sus delirios de persecución. En cuanto al primero, los aranceles iban a remediar de un solo golpe todos los problemas fiscales y diplomáticos de Estados Unidos y, con respecto al segundo, su implementación se justificaba porque “todo el mundo se está aprovechando de nosotros”. La lógica era tan sencilla como falaz: cobrar a los demás países por acceder al mercado estadounidense y usar los ingresos para reducir los impuestos… incluso, en los delirios más elaborados de su círculo, eliminar por completo el impuesto sobre la renta, devolviendo así a la nación al sistema tributario de su ídolo William McKinley, presidente entre 1897 y 1901.
Al mismo tiempo, los aranceles iban a eliminar el déficit comercial, disciplinar a los países que no acataban sus órdenes y propiciar la reindustrialización. ¡Increíble!
Sólo había una cosa que el presidente o no entendía o no quería explicar: un arancel no lo paga el otro país sino el que importa productos de él. Y luego traslada el costo al consumidor, muchos de los cuales viven en zonas que votaron por Trump. Y también (pequeño detalle): que el país gravado con aranceles podría tomar represalias. Sólo para citar un ejemplo entre muchos: cuando Trump impuso aranceles cada vez más elevados a China en febrero, marzo y abril de 2025 –supuestamente para castigar al país por exportar precursores químicos utilizados en la fabricación de fentanilo, y después como parte de su grandilocuente anuncio del “Día de la Liberación”–, China tomó represalias sobre una variedad de productos, incluida la soya.
Para septiembre, el gigante asiático había reducido a cero sus importaciones de soya estadounidense, sustituyéndolas con adquisiciones de Brasil y Argentina. Aunque la disputa se resolvió posteriormente, muchos granjeros ya habían terminado la temporada de cultivo sin comprador. ¿Cuál es el segundo estado productor de soya en todo el país? Iowa, que normalmente vota de manera consistente por los republicanos pero este año tiene una contienda reñida por su escaño en el Senado.
Otros dos escaños que los demócratas están bien posicionados para ganar se encuentran en la frontera norte, en Michigan y Maine, fuertemente perjudicados por la guerra comercial que Trump desencadenó hace dos meses con Canadá.
Fiel al estilo de Trump, el asunto acabó sumido en el caos. En febrero de 2026, la Suprema Corte falló que no tenía autoridad para imponer aranceles de forma unilateral bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés), la justificación que había blandido durante más de un año. Mientras se sacaba nuevos aranceles de la manga bajo nuevos pretextos, iba a tener que realizar reembolsos por los anteriores indebidamente cobrados. Sólo que tales reembolsos no terminaron llegando a los consumidores que realmente pagaron los aranceles, sino a grandes nombres como Apple, Ford y Amazon.
Efectivamente, se trataba de un subsidio a empresas multimillonarias que, a la postre, se las arreglan para pagar tasas impositivas federales más bajas que muchos hogares. El enojo del público era palpable.
El ‘pacifista’ que se puso a bombardear países
Entonces, como si la sacudida económica de los aranceles no fuera suficiente, el presidente que había hecho campaña como el candidato de la paz y de “América primero”, el candidato que había calificado al expresidente Joe Biden como “estúpido” por “arrancar guerras”, decidió atacar Irán. No una, sino dos veces, primero en la “Guerra de los doce días” en junio de 2025 y posterior y de manera mucho más desastrosa en el conflicto todavía en curso, lanzada a finales de febrero de este año.
Donald Trump y su equipo militar, liderado por el secretario de Defensa y exopinólogo de la cadena FOX Pete Hegseth, claramente creían que bastaba con decapitar el Estado iraní mediante los asesinatos del ayatolá Alí Jameneí y varias figuras de alto rango para provocar una rendición veloz. Cuando esto no aconteció, recurrieron a la mecánica estrategia de bombardear y, habiéndose comprometido ya a una guerra más extensa que la primera, a bombardear más. Pasaron los meses, el número de muertos y heridos iba en aumento, las bases militares de Estados Unidos en la región sufrían daños severos y, con todo y eso, Irán mantenía un control significativo sobre el estrecho de Ormuz, por donde antes transitaba una cuarta parte del petróleo mundial, mientras que sus aliados yemeníes de Ansar Allah se adueñaron en septiembre del estrecho Bab el-Mandeb, la entrada al mar Rojo.
Los efectos de la debacle-no-forzada fueron evidentes para todo el mundo: el precio del petróleo se disparó por encima de los cien dólares por barril, escasez de alimentos y fertilizantes, interrupciones en las cadenas de suministro, inflación. En Estados Unidos –país por demás dependiente del automóvil– el precio de la gasolina aumentó hasta alcanzar un promedio nacional de cinco dólares por galón antes de retroceder a entre 4.25 y 4.50 dólares. El día de la elección de Trump en 2024, el precio era de 3.10. En cuanto al diésel, necesario para casi todo el transporte pesado, llegó a un promedio nacional de 6.50 por galón, con algunas estaciones en California llevando sus marcadores al máximo de 9.99 y otros lugares reportando que se habían quedado sin diésel.
Desde su burbuja, Trump insistía en que era un precio bajo que pagar para mantener al país y al mundo a salvo. Lo que agravaba aún más el asunto para el votante estadounidense era la sospecha de que, en lugar de esforzarse por acabar con la guerra, Trump y sus más cercanos estaban lucrando con ella, manipulando las bolsas de valores, comprando y vendiendo acciones y otros instrumentos financieros con conocimiento previo de las decisiones presidenciales.

Alimentando esa sospecha, la empresa que maneja Truth Social, la red social del presidente, anunció en agosto el lanzamiento de un servicio de suscripción al módico precio de cien mil dólares al mes, para tener acceso anticipado a las publicaciones del presidente. La Casa Blanca –o lo que queda de ella tras la demolición del ala este para construir un ostentoso salón de baile– como casa de ventas.
Escenas de terror todos los días: los agentes del ICE están fuera de control
Pero Irán no constituye la única beligerancia de Trump en este mandato. El espejo de esa guerra externa es la guerra interna librada contra su propia población y encabezada por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas o ICE por sus heladas siglas. ICE se ha convertido en el ejército privado del presidente en su segundo periodo, vejando a ciudades enteras (Minneapolis, Los Ángeles), asesinando a ciudadanos a quemarropa y con impunidad (Renée Good, Alex Pretti), y atiborrando de ganancias a una industria penitenciaria dominada por dos grandes empresas (CoreCivic, GEO Group). Ya sea en la calle o en esos gulags, con su comida y atención médica insuficientes y donde reina el trabajo forzado a un dólar al día, al menos 60 personas han perdido la vida a manos de ICE en lo que va de este gobierno; 18 de ellos –casi uno de cada tres – eran de nacionalidad mexicana.
Donde antes las escenas de violencia y brutalidad policiaca habían estado mayormente confinadas al interior de las grandes ciudades, los operativos de ICE y la Patrulla Fronteriza –atizados por el asesor presidencial Stephen Miller y su descabellada cuota de 3 mil detenciones diarias– las llevaron a los suburbios y más allá, aterrorizando a barrios muy poco acostumbrados a vivir tales cosas de cerca.
Las imágenes llenaron los noticieros: agentes fuera de control asaltando coches, allanando casas sin orden judicial, tacleando a sus víctimas en las tiendas como si de una grotesca parodia del futbol americano se tratara y llevándose a sus detenidos sin siquiera averiguar su estatus migratorio para terminar enviándolos a El Salvador o más lejos. Y haciendo todo eso, bien entendido, en muchos casos sin uniforme, en vehículos sin placas y con las caras cubiertas para no ser identificados.
Además de erosionar la percepción (de por sí maltrecha) de Estados Unidos como un país de protecciones y derechos civiles, la embestida de ICE ha sido fatal para el Partido Republicano y su relación con el voto migrante. El índice neto de aprobación de Trump entre esos votantes se ha desplomado de -2 a finales de 2024 a -46 ahora. Para sorpresa de nadie, el Partido Demócrata ha cosechado los beneficios, con una ventaja general de 24 puntos entre los votantes migrantes este año. Un 67% de los votantes hispanos, además, afirma que las redadas “han ido demasiado lejos”.

Aunque en el pasado los republicanos han tenido cierto éxito enfrentando entre sí a los migrantes en situación regular y a quienes carecen de estatus legal, las detenciones arbitrarias de los últimos dos años han convencido a gran parte de esas comunidades –y con razón– de que nadie está a salvo. Y esto, a su vez, ha influido en las estadísticas preliminares de voto anticipado.
En el condado fronterizo de Hidalgo, Texas, por ejemplo, con una población 92% hispana, la participación está superando la de 2024, año de elecciones presidenciales que normalmente atraen mayor atención. En comparación con las últimas elecciones intermedias, las de 2022, el voto anticipado de los hispanos en el estado casi se ha duplicado. Muchos de estos nuevos votantes son las hijas y los hijos que han salido a sufragar en nombre de sus madres y padres que no pueden hacerlo.
El caso Epstein: la percepción de que Trump tiene algo que esconder
A la luz de todo lo anterior, el caso Epstein representa la cereza en el pastel podrido. Jeffrey Epstein, banquero, confidente y consigliere de gran parte de la élite angloamericana antes de su misteriosa muerte en la cárcel en 2019, había sido dueño de una isla en el Caribe que se convirtió en un nexo de crímenes sexuales, prostitución y pedofilia. De ahí surgieron los llamados Archivos Epstein: una compilación de videos, imágenes y millones de páginas provenientes de las distintas investigaciones sobre el caso y en posesión del Departamento de Justicia.
Tras afirmar durante la campaña de 2024 que “no tenía problema” en divulgar los archivos, su entonces fiscal general, Pam Bondi, entregó sólo una parte del material a un grupo de influencers conservadores, mucho del cual ya estaba en el dominio público. Como respuesta, el Congreso aprobó en noviembre de 2025 la Ley de Transparencia de los Archivos Epstein, la cual ordenó al Ejecutivo divulgar la totalidad en un plazo de 30 días. Esta vez, el Departamento de Justicia acató… más o menos. Persistía el debate sobre el material retenido y la cantidad de secciones ocultas bajo tachaduras, lo que motivó a varios congresistas a proponer un nuevo proyecto de ley que endurecería las sanciones por incumplir con su obligación, además de ofrecer a las víctimas una vía legal para obtener la información que las concernía.
Hasta ahora, el segundo proyecto no ha prosperado, e incluso hubo acusaciones de que el Congreso, de mayoría republicana, suspendió sus sesiones anticipadamente en octubre para evitar votarlo antes de las elecciones. En conjunto, el sórdido asunto dejó al público estadounidense con la percepción de que Trump, cuyo nombre aparece en más de 5,300 de archivos, tiene algo que esconder.

¿Hasta dónde puede caer Trump?
¿Dónde nos deja todo esto? En términos concretos, la “ola azul” del 3 de noviembre podría traducirse en unos veinte o treinta representantes nuevos para los demócratas y entre cuatro y ocho senadores adicionales, lo que convertiría al partido en mayoritario en ambas cámaras. El partido también está en camino de hacerse con la mayoría de las gubernaturas y arrebatarles a los republicanos el control de varios congresos locales, donde estos han tenido especial éxito en los últimos quince años. En el bipartidismo, el hambre de uno es el banquete del otro, y Donald Trump ha hecho mucho… más bien, muchísimo por estropear el festín en 2026.
Imagen portada: Archivo
https://www.milenio.com/internacional/trump-pierde-apoyo-rumbo-elecciones-2026



