Morena: ¡al diablo con sus encuestas!

Una ventaja de 0.93 puntos porcentuales termina convertida en una distancia monumental. ¿Qué mide Morena: la preferencia ciudadana o el poder de su fórmula? Las sumas cuadran, la certeza, todavía no. Reproducir los puntajes de Morena no demuestra que sus ganadores tengan una ventaja estadísticamente concluyente. Una diferencia microscópica cobra el mismo premio que una ventaja contundente. Así funciona el sistema con el que Morena convierte porcentajes en candidaturas.
AguaQuemada

octubre 2, 2026

Por Valeria Riaño // IAQuemada

Hablemos del “cuchareo científico”. Una centésima puede decidir una candidatura si el partido así lo dispone. Lo que esa centésima no puede hacer, por obediente que sea, es convertirse en certeza científica. Ese es el problema de las encuestas de Morena: la regla que reparte los puntos resuelve administrativamente una competencia sin demostrar que la diferencia entre los aspirantes sea estadísticamente concluyente.

La revisión de cuatro láminas —Nuevo León, Chihuahua, Baja California y Quintana Roo— permite reproducir sus puntajes. Las sumas coinciden. Esa comprobación tiene un alcance preciso: acredita la aritmética de la adjudicación, no la representatividad de la muestra, la calidad del cuestionario ni la solidez de la clasificación. Una calculadora puede verificar una operación. Para verificar una encuesta hace falta conocer cómo se produjo cada número.

Nuevo León exhibe el problema con particular claridad. En opinión positiva, Clara Luz Flores obtiene 18.53% y Felipe de Jesús Cantú, 17.91%. La diferencia de 0.62 puntos porcentuales entrega dos puntos completos a Clara Luz. En honestidad, 12.18% frente a 12.03% le proporciona otros 1.25. En cercanía, Waldo Fernández recibe 0.25 por superar a Andrés Mijes en apenas 0.03 puntos porcentuales. El procedimiento tiene una sorprendente indiferencia hacia la magnitud: una ventaja microscópica y una ventaja contundente cobran el mismo premio.

La preferencia como candidato agrava el efecto. Clara Luz registra 14.49%; Felipe, 13.56%; Waldo, 13.51%. Encabezar ese rubro por 0.93 puntos porcentuales frente al segundo le entrega tres puntos. Al final, Clara Luz acumula 8.625 y Felipe, 1.125. La distancia parece abrumadora porque el mecanismo la fabrica al convertir primeros lugares en premios. Los porcentajes originales describen una competencia mucho más estrecha en ese reactivo.

Desde la tradición estadística de Jerzy Neyman, una estimación exige examinar su incertidumbre. El mayor número de una muestra no acredita automáticamente el mayor respaldo en la población. Para establecerlo hacen falta el diseño muestral, los ponderadores y la precisión de las diferencias. Tampoco basta con invocar un margen de error general: comparar dos aspirantes requiere calcular la incertidumbre de su diferencia.

Aquí está la falla severa del sistema publicado: adjudica puntos sin mostrar cuánto resisten esas adjudicaciones al error de estimación. Si una variación pequeña invierte el primer lugar del rubro de preferencia, un aspirante pierde tres puntos y otro gana tres. La distancia entre ambos cambia seis puntos. Esa brusquedad pertenece a la fórmula, no necesariamente a la opinión ciudadana.

Los pesos también necesitan explicación. ¿Por qué honestidad vale 1.25 y cercanía 0.25? ¿Qué evidencia permite afirmar que esa combinación identifica al aspirante más competitivo? Un partido puede establecer sus prioridades. Presentarlas como validación científica exige algo adicional: definir qué mide el índice, justificar sus componentes y demostrar que sirve para ese propósito. La costumbre no es una prueba de validez.

Los trabajos sobre indicadores compuestos de Nardo, Saisana, Saltelli y sus colaboradores, recogidos por la OCDE y el Centro Común de Investigación europeo, ofrecen un criterio pertinente: las clasificaciones deben someterse a análisis de sensibilidad. Hay que comprobar si el ganador permanece cuando cambian razonablemente los pesos y si conserva su posición al incorporar la incertidumbre. Sin esas pruebas, el puntaje informa quién ganó bajo una fórmula; no demuestra cuán robusta es su victoria.

Además, ocho preguntas no aportan necesariamente ocho confirmaciones independientes. Honestidad, opinión positiva, buen candidato y disposición a votar pueden recoger distintas expresiones de una misma simpatía. La repetición puede dar mayor peso efectivo a una imagen favorable general. Para evaluar esa posibilidad hacen falta las relaciones entre las respuestas. Para simular la estabilidad del ganador hay que conservarlas: mover cada columna como si fuera independiente podría producir una seguridad estadística artificial.

Robert Groves y Lars Lyberg ampliaron la discusión mediante el enfoque del error total de encuesta. El tamaño de la muestra no corrige por sí solo los errores de cobertura, no respuesta o medición. Saber cuántas entrevistas hubo deja pendientes preguntas decisivas: quién podía ser seleccionado, quién rechazó participar, cómo se resolvieron las ausencias y qué ajustes se aplicaron. Las láminas examinadas no permiten auditar esos procedimientos.

Tampoco resuelven adecuadamente la interpretación de los denominadores. Si los atributos se expresan sobre todos los entrevistados, pueden combinar notoriedad y reputación. Si se calculan entre quienes conocen al aspirante, cada candidato puede tener una base y una precisión distintas. El cuestionario, los filtros y las bases efectivas son indispensables para saber qué se está comparando.

John Zaller permite recordar que una respuesta política depende de la información y de las consideraciones que la persona tiene disponibles. Preguntar por atributos antes de solicitar una preferencia puede influir en la respuesta final; los efectos de redacción y orden están documentados en la investigación sobre encuestas. Pierre Bourdieu obliga, a su vez, a mirar el silencio: desconocimiento, indecisión y ausencia de opinión también forman parte del fenómeno. Sin el instrumento completo no sabemos cómo fueron tratados ni si se controlaron los efectos del orden de las preguntas.

La coincidencia de encuestas espejo merece examen, no reverencia. Mediciones independientes y bien documentadas podrían fortalecer una conclusión. Repetir un cuestionario defectuoso también puede repetir su error. Para distinguir ambos escenarios hay que publicar resultados, métodos y precisiones comparables.

Nada de lo anterior demuestra falsificación. Demuestra que la documentación examinada es insuficiente para acreditar la certeza de la selección. La exigencia es concreta: cuestionario íntegro, ficha técnica, bases por reactivo, ponderadores, estimaciones de incertidumbre y análisis reproducible de la estabilidad del puntaje.

Morena puede decidir una candidatura mediante su reglamento. Cuando invoca la ciencia para justificarla, debe aceptar las obligaciones de la ciencia: explicar, documentar y permitir la crítica. Una dirigencia tiene facultades para cerrar una competencia interna. No tiene facultades para cerrar el intervalo de confianza.

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

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// Staff

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