Mientras los dirigentes del Partido del Trabajo se dicen menospreciados por Morena, amenazan con rupturas y generan rumores sobre supuesta intervención trumpista en las decisiones electorales del oficialismo, los del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) se apoltronan en sus ganancias e ingresos, y hasta se dan el lujo de destapar candidato presidencial, anticipándose años a la sucesión; publica MILENIO.
Omar García Harfuch “sin duda alguna sería un proyecto ganador”, dijo el coordinador de la bancada verde en el Senado y ex gobernador de Chiapas, Manuel Velasco. “Es el Pedro Infante de la política”, ilustró, anticipando que su partido lo apoyaría.
Un análisis de MILENIO, publicado el 1 de octubre, mostró que el petismo en realidad vive sus mejores momentos con la 4T, con la que alcanzó una amplia sobrerrepresentación parlamentaria, de dos a tres veces su porcentaje de voto, después de padecer un cuarto de siglo de subrepresentación.
Su desencanto es por comparación, sin embargo, porque si bien comparte con el PVEM una rentable estrategia histórica de sobrevivencia pegajosa, adhiriéndose férreamente a los tiburones políticos más grandes, el éxito de su aliado y competidor es claramente mayor en términos de poder gubernativo.

Gracias al PRI, el PVEM logró tomar el control del Ejecutivo chiapaneco en 2012, con el mismo Velasco. Pero cuando el tricolor naufragó estrepitosamente, llevándose a los verdes bajo el agua sin darles tiempo a saltar del barco, estos sobrevivieron prendiéndose con las garritas a las faldas de Morena, donde los petistas ya habían merecido la abundancia.
Los del Verde emularon con eficacia y luego les sacaron ventaja a los rojos, pues los del Trabajo nunca han tenido gubernaturas. Al revés, con asociados en colores propios —el caso de Ricardo Gallardo— y en los de Morena —el de Mara Lezama—, el círculo del PVEM asumió el poder ejecutivo de San Luis Potosí en 2021 y de Quintana Roo en 2022.
Y ahora, bajo el título de coordinaciones de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, los verdes parecen consolidar candidaturas para duplicar su poder con la continuidad en esos dos estados y con la potencial suma de un par más, Baja California Sur y Nayarit.

Época de oro con el Tricolor
Gestados por el gobierno salinista para erosionar votos izquierdistas y ambientalistas del movimiento de Cuauhtémoc Cárdenas, ambos partidos sufrieron unos primeros años de calvario que fueron mejores para el PT, que en 1994 logró mantener registro y alcanzó representación en la Cámara de Diputados. No obstante, el PVEM debió esperar hasta 1997 para conseguirlo.
Pero su suerte despegó para este último desde que, en el 2000, se montó en la ola de cambio de Vicente Fox como socio menor del Partido Acción Nacional (PAN) y, a diferencia de su gemelo no idéntico, logró una efímera sobrerrepresentación legislativa, con un 2.2 por ciento de votos que le alcanzó para un 3.4 por ciento de la Cámara de Diputados y un 3.9 de la de Senadores. Sin embargo, desapareció apenas tres años después cuando decidió despegarse del panismo para engomarse a los priístas en 2003.

Como apéndice del tricolor, el PVEM trepó a una meseta que lo mantuvo en el margen de 6.0 a 7.0 por ciento de las votaciones de 2006 a 2015. Si no podía crecer en sufragios, sí lo hizo en rentabilidad, con representación legislativa que se maximizó en el peñanietismo, saltando de 3.4 por ciento de diputados en 2003 a un 9.4 en 2015, y de 3.9 a 7.0 por ciento de senadores. Además, pescó la gubernatura chiapaneca.

Pero su redituable comodidad le impidió advertir las señales del cambio y se mantuvo adherido a un escualo priísta desfalleciente ante el tsunami Andrés Manuel López Obrador, en 2018. Pagó las consecuencias con un desplome en votos y en escaños: perdió la mitad de su peso en la casona de Xicoténcatl y dos terceras partes en el Palacio de San Lázaro, con un descalabro total en Chiapas.
Con Morena, ascenso a platino
Los reflejos que habían fallado se activaron de inmediato: los verdes se apartaron del PRI, como si hubieran descubierto de pronto que sus escamas eran tóxicas, y se embarraron en las de Morena que, aunque con sus aliados PT y Partido Encuentro Social (PES), había asegurado la mayoría absoluta; con la suma de los del PVEM se acercó a la calificada y ganó margen para disuadir divisiones en sus filas.

Al disponer de una bancada mayor que las de los otros dos partidos autoadheribles, se convirtió en el socio favorito. En 2021, el PES desapareció, mientras que el PVEM, con un aumento marginal en su tajada del voto, de 4.8 por ciento bajo el PRI en 2018, a 5.5 por ciento en la égida de Morena, comenzó el retorno a su edad de oro en peso legislativo que había gozado de 2015 a 2018.
En 2024, surfeando el tsunami Sheinbaum, obtuvo el mejor desempeño electoral de su historia, con 8.4 por ciento de los votos, y una sobrerrepresentación de ensueño, con casi 11 por ciento de los senadores y más de 15 por ciento de los diputados.

Además, prestando el membrete a un grupo de poder local, había ganado San Luis Potosí, y usando el estandarte guinda de Morena, Quintana Roo. Con la designación de coordinaciones de la transformación, está en camino de refrendar esa influencia y de aumentarla en 2027 con Baja California Sur y Nayarit.
Vuelve a compartir suerte con el PT, pero achicando la de su gemelo no idéntico: cada quien su propia bolsa amniótica. Con 8 por ciento del voto nacional, el PVEM tiene 11 por ciento del Senado y 15 por ciento de la Cámara de Diputados. Aunque solo posee el 6 por ciento de las gubernaturas, está en camino de sobrerrepresentarse hasta 12 por ciento.

Ya se entiende por qué el PT está gritando “¡lobo!”.
Imagen portada: Archivo
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