Cuidar, pagar y sobrevivir: ¿Por qué la deuda pesa más en la vida de las mujeres?

Las mujeres no sólo cargan con las tareas de cuidado y hacen rendir el gasto: también enfrentan en silencio la culpa y la angustia de las deudas. Romper el silencio es el primer paso para salir del ciclo.
AguaQuemada

octubre 22, 2026

Renata llora en la sala de espera de urgencias de un hospital del IMSS. Le acaban de decir que necesitan intubar a su padre y que quizá no sobreviva. Es enero de 2024. Su padre tiene una neumonía que no cede a los antibióticos. El aguinaldo y el fondo de ahorro de Renata se fueron en tanques de oxígeno y medicinas. Una y otra vez le llaman al celular sin parar. Renata no reconoce el número pero responde porque sabe que puede ser algún familiar que espera noticias.

Al otro lado de la línea, una mujer se anuncia: le habla del banco porque el pago de su tarjeta venció hace unos cinco días. Renata ha perdido la noción del tiempo. De pronto interrumpe la retahíla de la mujer:

—Sí, ya sé que no pagué la tarjeta, pero, por favor, ahorita necesito que mi línea esté libre porque mi papá está muy enfermo.

La mujer guarda silencio, uno, dos, tres segundos. Renata cuelga. Horas más tarde, recibe otra llamada, esta vez del hospital: su padre ha muerto. 

Las otras llamadas, las de cobro, no cesan durante el funeral ni en los días de licencia que le conceden en el trabajo. Una semana después, regresa a la oficina. Durante su horario laboral, las llamadas de cobranza continúan, sin piedad. Le avergüenza que sus compañeros se den cuenta, así que desvía las llamadas de números desconocidos, a pesar de que eso le puede dificultar su día a día.

En medio del duelo, mientras revisa documentos, videos y fotografías de su padre, Renata vuelve a una escena de su infancia. Una vez, un cobrador de Elektra intentó humillar a su padre: le reprochó que tuviera dinero para los adornos navideños y no para pagar su abono. Eso provocó que aquella niña se hiciera una promesa: ningún cobrador tocaría jamás la puerta de su casa. Ahora, mientras aprende a vivir sin su padre, siente que está faltando a su palabra. 

La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera 2023, del Inegi y la Condusef, permite dimensionar esos estragos: 36.9 por ciento de las personas adultas reportaron estrés financiero alto y 34.6, moderado. Entre las mujeres, el nivel alto alcanzó 42.2 por ciento, mientras que 34.9 de la población reportó consecuencias físicas —como dolores de cabeza, gastritis, colitis o cambios en la presión arterial— y 30.7, afectaciones psicológicas, como problemas de sueño o alimentación; publica MILENIO.

En México, el costo emocional de vivir endeudado es alto. Hablar de ello produce vergüenza. Y las mujeres lo cargan doblemente. Les pesa el temor al juicio familiar, el acoso de los cobradores y la culpa por no poder pagar. Una especialista consultada por MILENIO propone romper el silencio y recomienda sí hablar de las deudas. No sólo eso, compartir experiencias y construir espacios de acompañamiento colectivo. No estamos solos.   

Las mujeres hacen rendir el gasto familiar y administrar las deudas

Xóchitl Mendoza Ramírez sostiene que una deuda no define a una persona. Socióloga, profesora de la FES Aragón de la UNAM, especializada en pobreza, política social y programas sociales, fundó hace algunos años un seminario de investigación sobre la dimensión social de la deuda.

Bajo la premisa de “sacar la deuda del clóset”, Xóchitl trabaja con mujeres para romper el silencio que rodea al endeudamiento y reconocerlo como un problema colectivo. El término, explica, fue acuñado por las investigadoras argentinas Luci Cavallero y Verónica Gago. Se trata de dejar de vivir las deudas entre la culpa, la angustia y la vergüenza; de reconocer las desigualdades que las atraviesan buscando respuestas compartidas frente a un problema que, aunque afecta a millones de personas, suele enfrentarse en soledad.

A Xóchitl le interesaba estudiar los estragos que deja el sistema financiero en los cuerpos de las mujeres. Y por eso empezó a organizar talleres que funcionan como grupos de apoyo. Para ella, la violencia financiera en contra de ellas comienza mucho antes de que intervenga un banco. Tiene sus raíces en un sistema patriarcal que les asigna el trabajo de los cuidados y la responsabilidad de administrar un dinero que, muchas veces, ni siquiera les pertenece.

En sus talleres ha escuchado a mujeres que deben rendir cuentas a sus maridos por cada gasto y que prefieren endeudarse antes que pedirles dinero. Con la expansión de las aplicaciones de crédito, esa carga se ha multiplicado: además de cuidar y hacer rendir el salario familiar, ahora deben administrar las deudas.

La desigualdad también se refleja en las condiciones del crédito. En 2024, las mujeres pagaron una tasa de interés promedio de 20 por ciento, frente a 16 por ciento de los hombres, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Al compartir estas experiencias, las mujeres en los talleres de Xóchitl comienzan a reconocer que sus dificultades económicas no son sólo resultado de sus decisiones individuales. Algunas llegan a una conclusión que les permite desprenderse de la culpa: “Siempre pensé que la culpa era mía y realmente no es mía; es parte de un entorno, de un entramado bien complejo”.

El Fondo Monetario Internacional y otros organismos han promovido la inclusión financiera como una vía para reducir la pobreza, mediante la incorporación de las poblaciones más pobres al sistema bancario. 

En México, este proceso avanzó con la bancarización de los programas sociales. Pero esa aparente inclusión, dice Xóchitl, no ha logrado desatar los ingresos de las familias al pago de créditos. De modo que la promesa de bienestar no llega: 45.9 por ciento de la población adulta casi nunca o nunca le sobra dinero al final del mes, dice la Encuesta Nacional sobre Salud Financiera. 

¿Cómo le hago para no necesitar más de los créditos para subsistir?

Durante la pandemia del covid-19, en medio de la precariedad económica, las llamadas fintech –empresas que ofrecen servicios financieros mediante plataformas digitales– encontraron terreno fértil para expandirse. Sus aplicaciones facilitaron el acceso a préstamos desde el celular, en ocasiones sin necesidad de comprobar ingresos. 

“Se valieron de la bandera de la inclusión financiera para llegar a nuestros hogares y se han convertido en las grandes oportunistas de las necesidades económicas de las mujeres”, sostiene Xóchitl.

Sentados en un restaurante Vips atiborrado, a un costado del Metro Nezahualcóyotl, observo a las comensales a mi alrededor: mujeres que beben café, conversan, algunas ríen a carcajadas. Me pregunto cuántas cargan en silencio con una deuda que les corroe el ánimo cuando están solas. Siete de cada diez personas encuestadas por la firma Bravo (antes conocida como Resuelve tu Deuda) reconocieron que sus gastos superaban ampliamente sus ingresos.

—¿Qué hace falta para cambiar el panorama?

—Mejores salarios, un sistema de cuidados que funcione y le permita a las mujeres incorporarse al trabajo remunerado, además de una regulación más estricta de las instituciones que prestan dinero con requisitos mínimos.

Xóchitl y su equipo editaron la colección de fanzines ‘Tecnologías financieras de bolsillo’. Uno de ellos, ‘Análisis comparativo de las aplicaciones fintech de préstamos personales’, examina las condiciones de estos créditos para que las mujeres conozcan sus costos y riesgos. Pero comprender cómo funciona el sistema financiero es apenas una parte de la tarea. Xóchitl propone también:

  • Hablar de las deudas sin vergüenza. Compartir estas experiencias con personas de confianza para romper el silencio, compartir la vergüenza hasta despojarla de su peso y encontrar apoyo.
  • Construir redes de apoyo. Organizar talleres y espacios comunitarios para intercambiar experiencias y buscar soluciones colectivas.
  • Exigir soluciones estructurales. Reclamar mejores salarios, servicios públicos de cuidados y una regulación que proteja a las personas endeudadas, especialmente a las mujeres.

Siete de cada diez personas tienen gastos que superan sus ingresos. (Imagen: Archivo / MILENIO)

“Sí les quiero pagar, pero no puedo. Necesito un plan”

Tras la muerte de su padre, Renata heredó sus deudas. “¿Cómo le iba a decir a mi mamá, una mujer viuda, que no tenía para pagarle la despensa porque tenía que pagar las tarjetas? Entonces prioricé las necesidades de mi mamá”, dice. Durante dos meses relegó sus propias cuentas.

Cada vez que recibía su sueldo, pagaba la renta y destinaba buena parte del resto a los gastos de su madre, cuyas tarjetas acumulaban una deuda de unos 70 mil pesos. “Estaba desesperada. No me alcanzaba con el sueldo y, si seguía pagando el mínimo, se iban a generar más intereses”, cuenta.

Buscó ayuda en Resuelve tu Deuda, pero descartó contratar sus servicios cuando le explicaron que las llamadas de cobranza continuarían durante la negociación. “Pensé: ¿Para qué voy a pagarle a alguien si no me va a quitar esta angustia?”. Mientras tanto, el despacho de cobranza también le enviaba mensajes de texto para exigirle el pago. Por motivos laborales, en ocasiones tenía que responder llamadas de números desconocidos, pero su línea volvía a saturarse de cobranzas.

“La gente no es mensa, sabe cuándo te están cobrando. ¡Me daba mucha vergüenza!”, recuerda. Pasó semanas sin abrir la aplicación del banco. Le angustiaba averiguar cuánto había crecido su deuda. Cuando finalmente revisó sus cuentas, descubrió que debía 40 mil pesos en una tarjeta y 35 mil en otra, de dos instituciones bancarias distintas.

Un día, al recordar a su padre, Renata rompió a llorar frente a una sucursal de uno de los bancos a los que le debía. Decidió entrar y pedir ayuda. “Sí les quiero pagar, pero no puedo. Necesito un plan y no quiero que me estén llamando todo el tiempo”, le explicó a una ejecutiva. Ella la orientó para negociar las mensualidades. Las llamadas cesaron durante quince días, pero después regresaron, pese a que Renata ya había pagado y enviado su comprobante.

Con la otra institución bancaria insistió por teléfono durante casi tres semanas hasta conseguir otra reestructura. Renata reconoce que pudo negociar sus deudas gracias a su salario. “Hay gente que no puede”, dice. Ocho años atrás, cuando ganaba mucho menos, no habría podido. Todavía paga una reestructura a 72 meses, con mensualidades de cuatro mil pesos. Hace unos meses, su esposo se quedó sin trabajo y ella ha asumido también parte de sus obligaciones financieras.

Aunque vive al día y carece de un fondo de emergencia, procura mantener intacto su historial crediticio: sueña con tener una casa propia.

Conversamos en un restaurante de ramen de la colonia Roma, cerca de sus oficinas. Hemos terminado de comer. Llega la cuenta: 550 pesos. Renata saca una tarjeta dorada y paga su parte, más la propina. Ambos pagamos con tarjeta de crédito.

—¿No te parece irónico? Los dos vamos a pagar con tarjeta de crédito— le suelto mientras observo la tarjeta entre sus dedos.

—Sí, ya sé… Es una relación de amor-odio. Pero ¿qué le vamos a hacer?

Hoy habla de eso que durante mucho tiempo le provocó vergüenza. Contarlo no cancela la deuda, pero rompe, al menos por un momento, el silencio que la había envuelto. Aquella promesa de la infancia, mientras tanto, parece pertenecer a otro tiempo: los cobradores ya no necesitan tocar a la puerta.

Imagen portada: Archivo

https://www.milenio.com/negocios/deudas-pesan-mas-mujeres-cuidan-pagan-sobreviven

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor

// Staff

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