Por Laura Sánchez Ley
Son las doce del mediodía y ya llevo una hora de carretera. Detrás quedó Ciudad Juárez, sus talleres, sus yonkes o deshuesaderos, como ese que en 1983 recibió una cápsula de cobalto-60 robada de un hospital y la fundió junto con toneladas de varilla de construcción.
Atravieso las dunas de Samalayuca, esas pequeñas montañas de arena que se enclavan en un desierto que tiene la memoria enterrada. Aquí, en un predio llamado El Vergel, el gobierno mexicano sepultó miles de toneladas de tierra, escoria, varilla y contenedores contaminados. El esqueleto del mayor accidente radiactivo de la historia de México terminaría enterrado debajo de estas dunas; publica MILENIO.

Un hospital privado de Ciudad Juárez había comprado, sin permiso ni norma que lo respaldara, una máquina de radioterapia con una fuente de cobalto-60. La dejaron guardada, sin usarla, hasta que en 1983 don Vicente Sotelo la sacó de la bodega y la vendió como chatarra en uno de los yonkes de la ciudad.
Ahí en Yonke Fénix la desarmaron a mano, sin saber lo que tenían entre los dedos, y la fundieron junto con toneladas de fierro viejo. De esa fundición salieron varillas que se usaron para construir cientos de casas en México y mesas industriales que terminaron en restaurantes de Estados Unidos. Nadie en Chihuahua sabía que el material contaminado que circulaba por sus calles y carreteras, que entraba a sus casas y cocinas, emitía radiación.
Los tráilers me rebasan a toda velocidad, quieren llegar al parador de descanso antes de que la arena que se levanta por las tardes les nuble el parabrisas y les impida el paso. Es inevitable imaginar que así se veía este entorno en 1985, dos años después del accidente de cobalto-60: hace algunos años los pobladores de la Samalayuca me describieron la misma escena.
Una mañana sólo vieron la andanada de tráilers, que se acercaban como caravana fúnebre, pero aquella vez a rueda lenta. Estoy segura que descendieron igual, que activaron el mismo freno de motor cuando agarraron esta rampa empinada que conecta la ciudad con el desierto. Que los pobladores los escucharon acercarse gracias al traqueteo grave y entrecortado, como de ametralladora, que hacen cuando vienen jakeando, como le llaman los traileros. Pero aquella vez, con las varillas contaminadas de radiación nuclear a cuestas.
Un retén de la Guardia Nacional me detiene. Un joven muy solemne pregunta qué ando haciendo por aquí con el desgano de traer a cuestas el calor. El carro rentado, con placas de Yucatán me delata antes de que pueda explicarle que no soy de acá. Le digo que en efecto no soy de aquí y vengo en busca de un señor llamado don Raúl, uno de los liquidadores del accidente de cobalto 60.
“¿Un liquidador?”. Sí, uno de los hombres que en 1985 cavó estos hoyos con las manos y bajó ahí los tambos de cobalto-60 que hoy siguen bajo la arena.
El Guardia Nacional, que dice ser de Acapulco, me cuenta que odia el desierto, que no hay mujeres y sólo se ven entre ellos. Que extraña el mar.
El camino se angosta y la arena empieza a comerse el asfalto. Estoy buscando el pueblo de Samalayuca. Atravieso las vías del tren, y como en todo pueblo la gente me va dando indicaciones, que si el abarrotes, que si una casa con dos perros, una vuelta con un monumento hasta que llego a la casa de Martha Ávila.

A ella la conocí hace casi cinco años, cuando encontré su nombre en un expediente que logré desclasificar en la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias. Ahí, entre más de quinientas hojas sostenidas con clips, entre mapas y análisis médicos con la tinta ya corrida, aparecía mencionada de pasada.
En ese entonces me habló de 1985, del año entero que Samalayuca dejó de sembrar por miedo a que el cobalto se filtrara al agua de los pozos profundos con los que regaban sus cultivos. Me habló de las nubes negras que la gente veía pasar por el cielo del desierto y temían que trajeran veneno. Y me contó de Antonio Fabela, un muchacho de veintitrés años, hijo de su comadre Sanjuana, al que ella conocía de toda la vida. Que tocó la fuente de cobalto-60 con las manos peladas, sin saber qué era. Que se le empezó a caer el cabello. Le salieron llagas en la piel.
Cuando por fin Antonio fue al doctor, le dijeron que tenía cáncer. Murió siete meses después de aquel día en que tocó las varillas de cobalto-60.
Han pasado casi cinco años desde que me contó esto y Martha sigue siendo la misma mujer afable. Llegué a su casa pero me esperaba alguien más: don Raúl Castro Aguirre, uno de los hombres que enterraron el material radiactivo. Yo le llamo El Liquidador porque así apodaron en Chernobyl a los bomberos y mineros que en 1986 entraron a la zona del reactor nuclear para apagar el incendio, cubrir el núcleo con concreto y arena, y limpiar con las manos los techos y los campos contaminados. Muchos de ellos murieron en los meses siguientes.

Don Raúl no tiene medalla alguna pero le tocó hacer algo así. Me espera en el comedor de la casa de Martha, en Samalayuca. Viene de trabajar con el ganado, trae una camisa vaquera de trabajo color blanca, un cinto piteado y una gorra con un caballo a galope. Es un hombre mayor de barba blanca y lleno de surcos en el rostro por el trabajo duro en el desierto. Él es, me dice, de los pocos que quedan en El Vergel, el ejido que hoy carga sobre su tierra el cementerio de cobalto-60.
Antes que don Raúl, su abuelo araba estas mismas dunas. Siente orgullo de ser uno de los pocos originarios de este lugar, donde se buscan flores de arena, rosas de yeso que el desierto tarda siglos en formar bajo la arena, capullos de cristal que sólo se encuentran a puro tanteo, con una pala o con las manos.
Así aprendió que estas dunas guardan bajo tierra secretos que apenas uno imagina. Pero años después, aprendería que también guardan flores menos bellas: objetos que no brillan y no se pueden sostener sin que le arranquen a uno la vida.
Un cementerio nuclear de seis fosas para el cobalto-60
Estamos sentados en el patio de la casa de Martha, justo donde se apilan bloques de alfalfa. Ahí don Raúl recuerda que en 1983, cuando sucedió el accidente de cobalto-60, no tenían casi nada de información. Sólo el rumor de que querían llevarlo a enterrar al desierto de Samalayuca, a un ejido llamado Villa Luz. “Pero la gente protestó y terminaron llevándolo al Vergel”. A su Vergel.
Aunque a él y otros pobladores no les gustaba la idea, en comunidad consintieron que era mejor eso que llevarlo al poblado de Samalayuca, donde vivía la mayor cantidad de gente del pueblo. Y ese rumor de Villa Luz no era el único destino que se barajó antes de que la basura nuclear cayera en El Vergel. Yo tengo otro documento, uno que encontré antes de venir. En él, tres dependencias de gobierno se escriben cartas para decidir dónde enterrarla.
El 19 de septiembre de 1984, el gobierno de Chihuahua propone tres terrenos al secretario de Salubridad y Asistencia: uno llamado Estrella del Norte, cerca de Guadalupe; otro, Cerro Colorado, junto a Villa Ahumada; y un tercero, sin nombre, en la zona de los médanos, mitad roca y mitad pura arena.
Un mes después, unos geólogos contratados por la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología entregan su veredicto sobre otros dos sitios que estaban en la mesa: Villa Luz y un paraje conocido como Mal Querido. Ambos son buenos, dicen, “desde el punto de vista geológico”, sólo que Villa Luz está sobre roca fracturada y necesita una impermeabilización, y en Mal Querido el nivel freático está a apenas veinte metros bajo la superficie.

El 15 de noviembre de 1984, la propia Comisión Nacional de Seguridad Nuclear le explica por escrito a Salubridad y Asistencia cómo se debe construir una fosa segura: trincheras de hasta tres metros de profundidad, muros y piso de concreto armado, un desnivel para que el agua de lluvia escurra hacia un sumidero, un montículo final de dos metros de tierra inerte sembrado con raíces cortas para que no se erosione. Ahí está, dibujado a mano en un plano con clips oxidados, el corte transversal de lo que después sería la tumba: nivel de suelo, tierra inerte, desechos radiactivos, concreto, sumidero de escurrimiento.
Y el 26 de noviembre de 1984, en una minuta firmada por ingenieros y arquitectos de tres dependencias distintas, aparece por fin la decisión: el confinamiento se hará “en el lugar denominado La Piedrera, colindando con el ejido El Vergel”. La obra la construirá una empresa llamada Arlic, S.A. de C.V., que empezará a trabajar el 5 de diciembre y tiene cien días hábiles para terminar.
Cien días hábiles, calculo yo, debieron llevar la obra hasta cerca de abril de 1985. Y en efecto, ahí está: un informe fechado el 11 de abril de ese año, titulado sin adornos “Situación del problema de la contaminación con Cobalto-60 al 11 de abril de 1985”, cuenta que la instalación de La Piedrera consta de seis fosas de concreto, de cuarenta metros de largo por quince de ancho y cinco de profundidad, y que el avance de la obra apenas llega al cincuenta por ciento.

De las seis fosas, sólo tres tienen paredes, y de esas, sólo una tiene los castillos de refuerzo terminados. Mientras tanto, en el sitio ya esperaban, apiladas, 5 mil 200 metros cúbicos de tierra, 4 mil 400 toneladas de productos metálicos, ochocientos barriles y una camioneta entera, todo contaminado, todo esperando un hoyo que todavía no estaba listo.
Nadie explicaba a los trabajadores sobre la radiación nuclear
Don Raúl dice que el rumor corrió antes que la noticia. Que en El Vergel se supo que iba a haber trabajo antes de saber para qué. Su hermano fue de los primeros en llegar porque ellos vivían muy cerca del camino vecinal que conectaba la carretera con el ejido, y ese camino terminó siendo la puerta de entrada al nuevo cementerio nuclear.
Un hombre llegaba con los aparatos y contrataba gente como eventual para la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias. Nadie explicaba más. “Pero hay gente que no sabía lo que estaban haciendo, no sabían que existía ese mal”.
Ese mal es la radiación nuclear, que más tarde terminaría afectando a personas como Agustín Villanueva, un chico de dieciséis años al que las uñas se le pusieron color café, como si tuvieran arena incrustada que ningún solvente lograba quitar: sus estudios apuntaron a una infertilidad temporal por ausencia total de espermatozoides.

O como Pedro Torres, de veintiocho años, curtido ya en el trabajo pesado del Yonke Fénix, le dieron dolores de cabeza y las mismas manchas en las palmas de las manos, y a quien diagnosticaron una producción de esperma muy por debajo de lo normal. O como los hermanos Agustín, Pedro y Lorenzo de la Cruz, en quienes el IMSS terminaría reconociendo, años después, esterilidad permanente e irreversible.
En Prípiat, del otro lado del mundo, dos años después, los liquidadores soviéticos tampoco lo sabían. Lo supieron cuando la piel empezó a desprenderse de sus manos y de sus brazos, cuando la sangre dejaba de coagular y las quemaduras que nadie había sentido arder abrían la carne semanas después de tocar los escombros.
Don Raúl recuerda que el lugar elegido para el cementerio nuclear fue El Vergel, pero específicamente en un terrenito al que le llamaban La Piedrera, a quinientos metros de la estación Desierto del ferrocarril Chihuahua-Ciudad Juárez, y a doce kilómetros al sur de la garita del kilómetro 28, sobre la carretera.
Dice que uno de los primeros movimientos de la Comisión Nuclear y del gobierno mexicano fue instalar una caseta “junto al entierro”, como le llama él a la tumba radioactiva. Fue el hermano de don Raúl quien se encargó de contar los camiones que llegaban a descargar y de anotar cuántos entraban y quién los conducía.

Dice que a la mayoría de los trabajadores nunca les explicaron qué era el cobalto-60 pero algo detectaban. Los ingenieros, así les llamaban a los trabajadores de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias, traían un aparato parecido a un radar que pasaban sobre el cuerpo de la gente. “Parece que cuando subía la aguja, era que subía la radiación, y entonces tenían que ser retirados de ahí. Periódicamente se pasaba ese radar. La gente podía estar un rato pero después se retiraba. No podíamos estar tiempos largos”.
En Chernóbil los llamaban los “hombres del biorobot” porque cuando las máquinas fallaban, en el techo del reactor, mandaban a personas a subir, correr, tirar los escombros y bajar, noventa segundos por turno, ni uno más. Aquí no hubo techo ni noventa segundos, pero hubo un cálculo hecho con el cuerpo como instrumento de medición: cuánto aguanta un hombre antes de que el aparato ordene retirarse.
Paredes enormes para que la radiación no encontrara salida
Decenas de hombres y maquinaria pesada fueron convocados para enterrar miles de toneladas de cobalto-60. Durante semanas transitaron camiones cargados de fierro y varilla recién salida de la fundidora de Chihuahua. Impresionaba ver cómo enterraban las varillas enteras, larguísimas. En el desierto instalaron grúas del tamaño de una casa. Contrataron a los pocos habitantes que vivían en El Vergel y en los alrededores de Samalayuca. A unos les tocó cavar las fosas; a otros, rellenarlas de cemento hasta convertirlas en un hoyo blindado. Don Raúl recuerda paredes de casi un metro de grosor, hechas para que la radiación no encontrara salida.
“Cuando echaban esos fierros que nos decían que estaban contaminados, también se les ponía cemento encima, y luego una capa de tierra”. Él alcanzó a contar nueve fosas de cuarenta por veinte metros. Las tumbas, les dice él. Ahí entraba todo junto, el fierro y hasta la tierra del Yonke Fénix, sin separar lo uno de lo otro.
Lo que más recuerda es que después tenían que sembrar plantas encima, reforestar lo que acababan de exhumar. Tapar la radiación con plantas como mezquite, de una belleza: “Me acuerdo que entre los trabajadores decíamos que cuando enterraran el cobalto ahí se iba a acabar toda la flora… pero no pasó así”.

Mientras tanto en Samalayuca, dice, la gente estaba aterrorizada, convencida de que aquello era el fin del mundo. Martha ahora se ríe cuando me cuenta lo que me dijo hace cinco años: que a todo le echaban la culpa al cobalto, que si una mujer salía embarazada era porque la pastilla no había hecho efecto por culpa del cobalto. Hubo un día entero en que pensaron que, cuando cayera la próxima lluvia, del cielo bajaría una especie de ácido que los desharía a todos.
En El Vergel, en cambio, eran pocos ejidatarios, y quizá por eso mismo se opusieron menos: mejor que el peligro cayera donde había poca gente, no donde estaba asentada la mayor población del pueblo.
Tres hombres cargan entre todos un tambo pesado
Don Raúl no se arrepiente de haber trabajado ahí. Me cuenta que de hecho a él le tocaba recorrer el desierto con el señor del aparato que marcaba la contaminación radiactiva. Así fue cómo encontraba que a los camiones se les había caído un fierro, una varilla o hasta un puño de tierra. Lo recogían y lo metían en la última fosa que quedaba abierta, la única que todavía recibía, porque las demás ya estaban selladas. Cuando terminaron, la taparon también. Después sembraron hierbas nativas.
No usaban traje especial ni mascarilla: el único que cargaba algo distinto era el inspector, con su aparato que hacía tic-tac, pasándolo sobre los choferes que llegaban de Juárez con la carga. Cuando el número subía demasiado, el hombre tenía que parar, apartarse, esperar. De hecho, le muestro unas fotos que encontré hace algunos años en el expediente de la investigación del mayor desastre radioactivo que ha existido en México. Son pequeñas, pegadas sobre hojas blancas ya amarillentas, y el color que conservan todavía me sorprende, aunque ha empezado a virar hacia un verde sepia, como si la imagen se estuviera oxidando junto con el metal que retrata.

En una de ellas, tres hombres cargan entre todos un tambo pesado, de metal verde oscuro, hacia la caja de una camioneta blanca. Visten como visten aquí, con sombrero vaquero, gorra de béisbol, camisa de cuadros, pantalón de mezclilla desgastado por el trabajo del campo. No hay guantes en ninguna de las manos. Cargan el tambo a mano pelada, apoyando el peso contra el cuerpo. Esa negligencia afectaría su salud años después.
Al fondo se alcanza a ver una construcción sencilla, de tabique, con ventanas pequeñas, y otra camioneta blanca estacionada. Sobre la tierra suelta hay dos garrafones amarillos, de esos que se usan para cargar agua en el desierto, uno junto a cada rueda trasera del vehículo. El agua y el veneno compartieron el mismo viaje esa mañana.
El Vergel con sus flores de arena y las fosas selladas bajo tierra
Tengo otro expediente que don Raúl nunca vio. Ahí está la cuenta final de lo que quedó enterrado en su tierra: 36 mil toneladas métricas de desechos radiactivos, de las cuales 2 mil 930 toneladas eran varilla contaminada de las aceradoras, mil 738 toneladas de material en proceso, doscientas toneladas de bases metálicas, mil 950 toneladas de chatarra, y 29 mil 181 toneladas de tierra, escoria y plasta recogidas de las calles de Juárez y Chihuahua, del río Sacramento y hasta de un arroyo llamado El Jorudo. Y aparte de todo eso, 860 tambos con gránulos de cobalto-60 puro, recuperados uno por uno de los patios de las fundidoras, de las calles, de la carretera, y del cabezal de la máquina original, la misma que viajó meses entera en una camioneta Datsun con placas 981-YUB.
El expediente aclara algo que don Raúl nunca supo con exactitud: no todo cupo en las fosas selladas. Hubo desechos con niveles tan bajos de radiación que la Comisión decidió no meterlos en las trincheras principales, sino colocarlos solamente bajo la tapa de concreto que cerraba cada fosa por encima. Una segunda capa de veneno, más delgado, más disperso.
El trabajo, sin embargo, no terminó cuando se selló la última fosa. Encontré, entre las páginas de este expediente, un rastro de basura contaminada que siguió apareciendo suelta por Chihuahua meses después de que don Raúl y su cuadrilla creyeran haber terminado. El 17 de agosto de 1985, un inspector de la Comisión reportó haber localizado, a un lado de la carretera que va de Villa Ahumada a Moctezuma, en el kilómetro 36, alrededor de ocho toneladas de tierra contaminada procedente de la ciudad de Chihuahua, abandonada ahí, a la intemperie.
Pidió que la recogieran y la llevaran, como todo lo demás, a La Piedrera. Diez días después, el 26 de agosto de 1985, el propio gobernador de Chihuahua, Óscar Ornelas, le escribió al director de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear para darle una noticia: la ciudad de Chihuahua había quedado, según sus palabras, “libre de contaminación por Co-60”.
Pero el cierre real llegó unos días después: El 7 de septiembre de 1985, la secretaría de salubridad del estado avisó, por escrito, que las fosas del cementerio nuclear serían cerradas totalmente y que, a partir de ese día, ya no se aceptaría en la ciudad ningún material contaminado proveniente de otras entidades del país.

Una semana después, la misma dependencia le repitió el aviso, ya de forma definitiva, al secretario técnico de la Comisión Nacional: las obras en La Piedrera estaban concluidas y cualquier material contaminado que todavía anduviera suelto tendría que resolverse en el lugar donde se encontrara, porque Chihuahua ya no iba a recibir nada más.
Don Raúl no leyó nunca esas minutas, esas cartas. Él solo sabía que un día llegaron los camiones y que otro día, sin que nadie viniera a explicarle nada, dejaron de llegar. Se acabó el trabajo. Se acabaron los aparatos con su tic-tac. Y él se quedó ahí, en El Vergel, con sus flores de arena y con las fosas selladas bajo tierra, viviendo encima de un cementerio nuclear.
Imagen portada: Especial / MILENIO



