Por María Beasain // IAQuemada
Hay gobernadores que administran estados y hay gobernadores que administran permisos de entrada. Maru Campos ha descubierto su verdadera vocación: no la de estadista, sino la de una concierge de lujo para agencias extranjeras. En Chihuahua, la soberanía ya no es un principio constitucional, es un activo que se subcontrata al mejor postor, preferiblemente si habla inglés y trae presupuesto en dólares. Porque para Maru, la frontera no es una línea divisoria: es un tapete que dice Welcome.
La escena es una comedia de enredos con guion de Washington: una agencia extranjera entra, opera, se toma un café y, de pronto, el Gobierno estatal descubre —con la cara de sorpresa de quien encuentra un manual de instrucciones en un idioma olvidado— que la Constitución existía. No es una omisión técnica, es arquitectura de servidumbre. En Chihuahua decidieron que la soberanía era un trámite burocrático demasiado pesado, así que mejor lo mandaron a outsourcing. “Pase usted, gringo, que aquí la ley es una sugerencia y mi oficina es su sala de juegos”.
Desde el Altiplano, Claudia Sheinbaum intenta explicar lo obvio con esa paciencia didáctica que se le tiene a un pariente lento: cooperar no es ponerse de rodillas. Pero claro, para entender la diferencia entre “coordinación” y “subordinación” se necesita una columna vertebral que no esté hecha de gelatina política. Chihuahua juega a la geopolítica con el rigor intelectual de un chisme de lavadero, pidiendo “ayudita” externa sin avisarle a los dueños de la casa. El resto es ruido, pésames de cartón y comunicados que tienen la misma validez legal que un billete de Monopoly.
El guion se perfecciona con el anfitrión del otro lado del río. Donald Trump, ese experto en detectar debilidades, no necesita invadir un estado donde ya le pusieron alfombra roja y le abrieron el frigobar. La doctrina es de una simplicidad insultante: si la gobernadora te abre la puerta, entras; si entras, mandas; si mandas, te adueñas. Y lo que hoy venden como “colaboración estratégica”, mañana será simplemente el acta de defunción de la jurisdicción mexicana en el desierto.
El mérito del ridículo es 100% local. ¿Dónde está el oficio? ¿Dónde está el fundamento legal? ¿Dónde está, por el amor de Dios, un gramo de dignidad institucional? Si las respuestas son difusas, no es porque haya “fallas de comunicación”, es porque la ilegalidad es el método.
La gobernadora, por supuesto, no estaba en la oficina cuando la buscaron. Es la metáfora perfecta: un gobierno ausente, una silla vacía y una soberanía que se diluye mientras ella, probablemente, revisaba el outfit para la próxima foto en su cantina preferida. Cuando el poder estatal se convierte en un fantasma, el vacío lo llena cualquiera con una placa de la CIA y un poco de prepotencia.
Dicen que el fin —combatir al crimen— justifica el atropello. Tierno argumento. En seguridad, cada atajo no es una solución, es una erosión programada. Hoy les prestas el patio para desmantelar laboratorios, mañana les entregas las llaves de la recámara. Cuando las reglas se vuelven “flexibles”, el Estado deja de gobernar y se convierte en un simple gestor de intereses ajenos con sueldo del erario.
El Senado ahora “invita” a Maru y a su fiscal a dar explicaciones. Seguramente llegarán con tecnicismos baratos y la coartada de la “urgencia”, esa vieja confiable de los mediocres. Será la confesión final: en Chihuahua, la ley solo se aplica cuando no estorba los planes del patrón del norte.
La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo: repiten que la relación bilateral “no se verá afectada”. ¡Pues claro que no! ¿Por qué se quejaría el amo de que el siervo sea tan complaciente? Las relaciones no se rompen por exceso de sumisión, simplemente cambian de nombre: de “países pares” a “sucursal operativa”.
No, no nos tragamos el cuento. Sabemos que la soberanía no se grita en los desfiles del 16 de septiembre, se ejerce en los procedimientos que Maru decidió ignorar por comodidad o por simple complejo de inferioridad. La pregunta no es qué vinieron a hacer los agentes, la pregunta es cuánto nos costó vender el orgullo por un operativo de relumbrón.
Chihuahua hoy no huele a pólvora ni a justicia, huele a aliento etílico tratando de ocultar el hedor de un Estado que ya no se manda a sí mismo.



