Jonathan Meléndez Ochoa llegó tarde a la cita con su muerte. Aunque intuía la tragedia, su socio se adelantó, ingresó a su residencia de Atizapán de Zaragoza y asesinó primero a su joven esposa embarazada, a su hija de tres años y a la nana; publica MILENIO.
Pronto llegaría su turno. El expediente del multihomicidio de Zona Esmeralda revela detalles de la inquietante fragilidad humana, la amistad torcida y el sorprendente instinto de supervivencia de un niño que se escondió de las balas.
El fundador y tecladista de la banda Camilo Séptimo no sabía exactamente lo que iba a ocurrir aquella tarde del martes primero de septiembre, pero intuía lo suficiente como para hacer una llamada que después adquiriría el peso de una premonición.
Marcó a Freddy, uno de sus amigos. Le dijo que esa tarde se encontraría con Diego, su socio. Había problemas entre ellos. Dinero, propiedades, cuentas pendientes. Antes de colgar, le hizo una advertencia extraña, de esas que sólo cobran sentido cuando ya es demasiado tarde:
—Si por la noche no contesto, repórtalo a las autoridades.
Y añadió una explicación:
—Ya sabes que traigo unos pedos (sic) con Diego.
A las 17:24 horas, las cámaras de seguridad registraron la llegada de Diego Sebastián ‘N’ a Grand Viure, un conjunto residencial de Zona Esmeralda, en Atizapán de Zaragoza. Jonathan Meléndez todavía no estaba en casa.
Quien abrió la puerta del penthouse fue Ana Paola, su esposa, de 35 años. Diego no era un extraño. Era socio de Jonathan. Había confianza suficiente para abrirle la puerta.
La investigación de la Fiscalía General de Justicia (FGJ) del Estado de México describe que dentro estaba también Sofi, la hija de tres años del matrimonio. La familia tenía un golden retriever; el perro comenzó a inquietarse. Diego sacó una pistola y exigió a Ana Paola que lo amarrara para evitar que ladrara. Ella obedeció.
Después, de acuerdo con la reconstrucción contenida en la carpeta de investigación, Diego habría sometido a la mujer y a su pequeña hija. Las amarró y amordazó. Luego les disparó. No tuvo reparo, ni remordimiento por una mujer embarazada y menos por una pequeña niña, que no entendía lo que pasaba.
La casa aún no abrazaba el silencio.

El costo del maldito dinero
Alexis, una joven de 21 años que trabajaba con la familia, se encontraba en otra habitación con el hijo mayor de Jonathan, de seis años. Escuchó las detonaciones y salió para saber qué ocurría. Se encontró de frente con Diego. La llevó a otra habitación, la sometió y también le disparó.
El niño se quedó solo, escondido.
Jonathan llegó después. Tenía 38 años. Era productor, compositor y tecladista de Camilo Séptimo. Compartía con Diego otro negocio alejado de los escenarios: ambos aparecían como socios de una empresa relacionada con propiedades que, entre otras actividades, rentaban en Valle de Bravo a través de plataformas de hospedaje.
La relación se había deteriorado. Había pleitos por dinero y reproches mutuos. Uno responsabilizaba al otro. Jonathan había advertido a su amigo Freddy que aquel conflicto podría terminar mal. Cuando entró al departamento, Diego lo esperaba en la sala.
Según las indagatorias, comenzó una discusión por dinero. Diego reclamaba una cantidad que consideraba suya. Una de las versiones habla de alrededor de 300 mil pesos, aunque ese monto no está acreditado hasta ahora por la investigación.
En algún momento, Jonathan comprendió que aquello ya no era una discusión entre socios. Llamó a su esposa. No hubo respuesta. Entonces habría intentado buscarla.
Diego lo sometió, lo amarró y lo amordazó. Jonathan terminó sentado en uno de los sillones de la casa. Ahí le disparó. Afuera esperaba un automóvil rojo.
Al volante estaba Gerardo ‘N’, chofer de Diego y segundo detenido por el caso. Después declararía a los policías que desconocía lo que había ocurrido dentro del departamento. Según su versión, Diego sólo le había dicho:
—Vamos a ir por una “lanota”.

Mientras los adultos morían dentro del penthouse, un menor permanecía escondido debajo de una cama. Cuando escuchó los disparos y vio que su nana salió de la habitación, hizo quizá lo único que podía hacer un niño frente a algo que no alcanzaba a comprender: se ocultó. Y no salió.
Freddy, entretanto, comenzó a preocuparse. Jonathan había cumplido la primera parte de aquella conversación: reunirse con Diego. Pero no la segunda. No contestaba.
Entonces Freddy hizo exactamente lo que su amigo le había pedido horas antes y alertó a las autoridades.
A las 23:50 horas, la Policía Municipal de Atizapán de Zaragoza reportó el hallazgo. Dentro del departamento encontraron a cuatro personas asesinadas: Jonathan; Ana Paola, embarazada; su hija de tres años y Alexis (la chica que ayudaba en la casa).
También encontraron atado al perro de la familia, ya sin vida.

El instinto de supervivencia
Debajo de una cama apareció el único sobreviviente. El pequeño estaba ileso.
Para entonces, Diego y Gerardo ya se habían marchado. Había algo que los criminales no podían llevarse del departamento: las imágenes. Las cámaras de seguridad habían registrado la llegada. Otras cámaras comenzaron a reconstruir la salida y el desplazamiento del automóvil rojo.
La Fiscalía del Estado de México siguió el vehículo. En el operativo también participaron autoridades federales y de la Ciudad de México.
Menos de 12 horas después del hallazgo, los dos hombres habían sido detenidos. Diego Sebastián ‘N’, socio de Jonathan, quedó señalado como probable autor material del multihomicidio de Zona Esmeralda. Gerardo ‘N’ es investigado por su posible participación.

Aún quedan preguntas. La primera es el dinero. No se ha establecido si los aproximadamente 300 mil pesos que presuntamente buscaba Diego existían realmente, si fueron sustraídos o si desapareció algún otro objeto del departamento.
La segunda es todavía más importante. La Fiscalía investiga si detrás de los dos detenidos había más personas involucradas, incluidos posibles participantes intelectuales. Porque el crimen de Zona Esmeralda no parece haber comenzado aquella tarde a las 17:24, cuando un hombre entró a un penthouse y una mujer le abrió la puerta.
Había comenzado antes. En las propiedades de Valle de Bravo. En las cuentas. En los desacuerdos. En una sociedad comercial convertida en pleito y en una amistad corroída por el dinero.
Jonathan Meléndez lo sabía, o por lo menos lo intuía. Por eso, antes de encontrarse con el hombre al que conocía, con quien hacía negocios y al que alguna vez consideró amigo, dejó una especie de seguro de vida en manos de Freddy:
«Si esta noche no contesto, llama a las autoridades». Freddy llamó. Cuando llegaron, ya era demasiado tarde para cuatro personas.
Pero no para el niño que seguía escondido debajo de la cama.
Imagen portada: Archivo



