Hubo un tiempo en que bastaba escuchar una nota aguda, un silbido particular flotando en el aire de la tarde, para saber que el afilador había llegado a la colonia. Durante décadas, aquel sonido rompió la rutina de los barrios laguneros y anunciaba la presencia de un hombre que recorría las calles a bordo de una bicicleta modificada. Sobre ella llevaba una piedra de afilar, algunas herramientas gastadas por los años y, sobre todo, un oficio transmitido con paciencia de generación en generación; publica MILENIO.
Hoy, aquella estampa de la infancia es cada vez más difícil de encontrar. La cultura del “use y tire”, la invasión de productos desechables y las prisas del consumo moderno han ido apagando el chiflo (ese peculiar silbato) en las esquinas. Sin embargo, el arte de devolverle vida al metal no ha muerto: se refugió en la memoria de las calles y se transformó en la penumbra de los talleres.
El chiflo y la rueda: la memoria de un arte ambulante
El afilador tradicional fue, por excelencia, un artesano nómada. Su bicicleta no solo le servía como medio de transporte entre el polvo y el sol de La Laguna, sino que se convertía en su principal máquina de trabajo. Al detenerse junto al cordón de la banqueta y levantar el caballete, accionaba mediante el pedaleo la piedra circular, haciendo girar el esmeril para arrancarle chispas al acero desgastado de cuchillos, tijeras de costura y navajas familiares.
Registros históricos documentan que este oficio alcanzó su época dorada entre los siglos XVIII y XIX. Con el paso del tiempo, la pesada rueda de piedra evolucionó: dejó de cargarse sobre las espaldas de los artesanos para instalarse en carretas y, finalmente, en las icónicas bicicletas que marcaron el paisaje urbano del siglo XX.
Aquel instrumento de viento —conocido indistintamente como chifro, chifle o chiflo— funcionaba como la firma sonora del artesano. Bastaba un solo trino para que las amas de casa salieran a la puerta con los cuchillos mellados y las tijeras sin filo.
Jesús Estrada Navarro, un reconocido afilador lagunero que se niega a dejar morir esta tradición, evoca la vigencia del oficio con una certeza absoluta:
“Nosotros estamos aquí; somos afiladores tanto de cuchillos como de muchas herramientas comerciales, industriales y domésticas. Cuchillería sí hay de muchas variedades y casi todos los días hay trabajo. Lo que pasa es que el cuchillo sigue siendo indispensable en las cocinas, en los restaurantes y en las carnicerías. Muchas veces la gente viene y nos dice: ‘Me dijeron que este ya no sirve, que no agarra filo’, pero uno los ve y se da cuenta de que solo necesitan trabajo experto. Ahí es donde entramos nosotros”.
Los últimos poetas del pedal en La Laguna
Aunque la presencia del afilador callejero fue disminuyendo conforme el mercado se inundó de utensilios baratos, todavía quedan guardianes del asfalto. En la Comarca Lagunera, casos como el de José Alejandro López Camarillo demuestran la resistencia del oficio: durante más de tres décadas ha recorrido en bicicleta las calles de Torreón y Gómez Palacio, llevando consigo el sonido metálico de la piedra de afilar.
Sin embargo, el propio Jesús Estrada reconoce que la figura del afilador itinerante se ha ido extinguiendo y que, en algunos casos, la técnica se ha degradado debido a la falta de equipo adecuado.
“Ya es muy raro verlos por las calles, muy raro. Antes había familias enteras, hermanos que andaban en carritos bien equipados, con su esmeril asentado para darle el terminado correcto al cuchillo. Pero los que andan en bicicleta a veces solo le dan una pasada rápida y ya. Esos afiladores de carrito que hacían un trabajo pulcro casi pasaron a la historia”.

Estrada reflexiona también sobre el esfuerzo de quienes aún intentan ganarse el sustento con un pequeño esmeril manual en la vía pública:
“Traen un esmerilito de mano al que le dan vuelta con una mano mientras con la otra intentan afilar. Hacen su lucha y qué bueno, de alguna manera subsisten. Pero luego la gente viene con nosotros al taller a que se los rectifiquemos. Llegan diciendo: ‘Mire cómo me dejaron el cuchillo, es que pasó alguien por la casa y se lo di’. Y bueno, aquí nos encargamos de salvar la pieza”.
Del asfalto al taller: la precisión del acero
Lejos del pregón ambulante, el oficio ha encontrado una nueva vida en espacios especializados. En el taller, el afilado abandona el carácter de emergencia de la calle para convertirse en una disciplina técnica. Ya no se trata únicamente de pasar una hoja metálica por una piedra: exige comprender la densidad del acero, el ángulo exacto de la hoja y el uso específico que tendrá cada herramienta.
En el afilado ambulante tradicional, el artesano utiliza una bicicleta adaptada, un esmeril manual y una piedra de agua. Este tipo de servicio está dirigido principalmente al uso doméstico y ofrece una solución rápida y de bajo costo.
En cambio, el afilado especializado en taller se realiza con esmeriles eléctricos de altas revoluciones, piedras graduadas y rectificadores. Sus principales clientes son carnicerías, restaurantes, industrias y usuarios de cuchillería fina, que requieren un trabajo más preciso y un acabado de mayor calidad.
Desde su taller, Estrada Navarro atiende diariamente a clientes particulares, pero también a comercios que dependen de un corte preciso para su producción:
“Aquí usamos esmeriles eléctricos con piedras especiales para aplanar, con más revoluciones. Eso deja un acabado muy superior al de la piedra manual de la calle. Nosotros afilamos desde el cuchillo de la cocina hasta herramientas industriales complejas. Incluso de aquí han salido muchachos que aprendieron con nosotros y luego abrieron sus propios tallercitos”.
La ilusión de la televisión frente al ojo del artesano
En la era moderna, la publicidad promete soluciones mágicas mediante aparatos de plástico y discos de tungsteno anunciados en televisión. No obstante, la experiencia demuestra que el mantenimiento del metal requiere manos expertas y no atajos comerciales.

“Decían que los afiladores íbamos a desaparecer, pero yo digo que no. Los cuchillos siempre van a necesitar filo. La gente compra esos afiladores que anuncian en la televisión y a los días vienen con nosotros porque no les afilan nada o les echan a perder las hojas. Por eso los afiladores vamos a seguir existiendo”.
La diferencia de fondo no radica únicamente en conseguir que una hoja vuelva a cortar, sino en conservar la vida útil del utensilio sin desgastar el material de manera innecesaria. Mientras en los hogares siga existiendo un cuchillo heredado, en los restaurantes una tabla de picar o en los talleres una herramienta de corte, la paciencia y experiencia del afilador seguirán siendo indispensables.
Tal vez el silbato de la bicicleta suene cada vez más lejano entre el tráfico de La Laguna, pero el chispazo de la piedra contra el acero mantiene viva la llama de uno de los oficios más antiguos y persistentes de las calles.
Imagen portada: MILENIO
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