A una semana del ataque perpetrado el jueves 1 de octubre por dos exalumnos en la Secundaria General Número 13 del ejido La Unión, en Torreón, Coahuila, las paredes del plantel comienzan a recuperar su pintura, las aulas han sido limpiadas y las bancas vuelven a ocupar su lugar.
Pero hay algo que todavía no se puede reparar: el miedo de los estudiantes que presenciaron la agresión con armas blancas y petardos, que le quitó la vida a la subdirectora Nedi Edith Nevárez González y a cuatro personas lesionadas; publica MILENIO.
Una de esas alumnas ya no quiere regresar a la escuela. Desde aquel jueves, dejó de salir a la calle, teme quedarse sola, come menos y presenta episodios de ansiedad. Recibió atención psicológica y posteriormente fue canalizada con un psiquiatra, quien le prescribió tratamiento farmacológico.
Su madre, Elizabeth Sánchez, no sabe cuándo su hija volverá a sentirse segura dentro de un salón de clases:
“Ya no quiere regresar a la escuela”, cuenta.
La recuperación emocional de la adolescente ocurre mientras tres de las personas lesionadas permanecen bajo seguimiento médico.
Entre ellas se encuentra Alexis, un estudiante de 12 años que fue sometido a una craneotomía y que, de acuerdo con el reporte más reciente, ya presenta movimientos en sus extremidades, aunque todavía no obedece órdenes.
Mientras tanto, Carlos y David, los hermanos gemelos conocidos como Los Cuates y señalados como presuntos responsables del ataque, fueron vinculados a proceso el domingo 4 de octubre por los delitos de homicidio calificado y tentativa de homicidio calificado.
Un juez les impuso prisión preventiva oficiosa y fijó un plazo de seis meses para el cierre de la investigación complementaria.
La resolución judicial representa un avance en el proceso penal, pero no ha conseguido devolver la tranquilidad a las familias de La Unión.
En la entrada de la secundaria permanecen veladoras y flores en memoria de Nedi Edith Nevárez González. Algunas comienzan a marchitarse.
MILENIO pudo constatar que dentro del plantel se han realizado labores de limpieza y pintura, además de la colocación de bancas como parte de los trabajos para recuperar las instalaciones.
Sin embargo, para las familias, volver a la normalidad exige mucho más que rehabilitar una escuela.
Los gritos, los estallidos y la sangre
Elizabeth Sánchez es madre de una de las estudiantes que se encontraban dentro de la secundaria cuando ocurrió el ataque.
En entrevista con MILENIO, relata que aquel jueves su hija consiguió comunicarse con ella mediante un teléfono prestado, debido a que los alumnos tienen prohibido ingresar con celulares al plantel.
La adolescente le contó que primero escucharon gritos y después estallidos.
Uno de sus compañeros corrió hacia la puerta para advertir a los demás estudiantes sobre la presencia de los agresores, quienes portaban machetes y cuchillos.
Un profesor reaccionó colocando un escritorio contra la puerta del salón y ordenó a los alumnos que se resguardaran en los rincones.
Ahí permanecieron hasta que se les permitió salir.
Pero lo que encontraron afuera quedó grabado en la memoria de la adolescente.
“Vimos toda la sangre, vimos bien feo. Yo lloraba y yo no hallaba ni qué hacer”, relató Elizabeth al recordar lo que su hija le contó.

La menor también vio a Alexis, uno de sus compañeros, gravemente lesionado.
La cantidad de sangre y las heridas hicieron que pensara que había muerto.
“Ella no sabía ni cómo expresarse que estaba mal. Dijo que estaba muerto, pero todavía estaba respirando”, explicó su madre.
La estudiante quiso acercarse para ayudarlo, pero el miedo la detuvo.
“Me dio mucho miedo la sangre”, le confesó a Elizabeth.
Para su madre, aquella escena marcó profundamente a la adolescente y ayuda a explicar los cambios que comenzaron a manifestarse después del ataque.
“Ya no quiere regresar”
Los días posteriores al ataque han sido difíciles para la familia.
Elizabeth cuenta que su hija dejó de salir a la calle y comenzó a sentir miedo cuando se queda sola.
También cambió su alimentación. Antes podía comer dos gorditas; ahora apenas termina una.
A estos cambios se sumaron episodios de ansiedad y nerviosismo que llevaron a la familia a buscar atención especializada.
Primero recibió apoyo psicológico y posteriormente fue canalizada con un psiquiatra, quien determinó que necesitaba tratamiento y le recetó medicamento.
El problema ahora no es solamente cuándo reabrirá la secundaria, sino cómo convencer a la adolescente de que puede regresar sin temor.
“Ya no quiere regresar a la escuela”, insiste Elizabeth. La familia intenta transmitirle tranquilidad y evitar que el miedo se profundice.
“Uno mismo los va a traumar, por eso se les está diciendo que no va a volver a pasar. Hay que pensar positivamente”, expresó.
Por ahora, la Secundaria General 13 no tiene una fecha definida para reanudar las clases.
Esa incertidumbre también afecta a las familias que, hasta hace una semana, llevaban una vida cotidiana alrededor de la escuela.
“De vivir tranquilos, felices, a estar ahorita en un dilema de qué va a pasar, qué sigue. Está complicado”, señaló Elizabeth.

Los responsables, bajo proceso; las familias, con miedo
El ataque ocurrió alrededor de las 08:30 horas del jueves 1 de octubre, cuando los dos hermanos, exalumnos de la secundaria, ingresaron al plantel con armas blancas y petardos.
La agresión provocó la muerte de la subdirectora Nedi Edith Nevárez González y dejó cuatro personas lesionadas, entre ellas un estudiante y personal de la institución.
Los hermanos Carlos y David, conocidos en la comunidad como Los Cuates, fueron detenidos y posteriormente presentados ante un juez.
El domingo 4 de octubre, durante una audiencia celebrada en el Centro de Justicia Penal de Torreón, ambos fueron vinculados a proceso por homicidio calificado y tentativa de homicidio calificado, con las agravantes de ventaja, alevosía, brutal ferocidad y saña.
El juez ordenó que permanezcan en prisión preventiva oficiosa y concedió seis meses para la investigación complementaria.
Las autoridades también investigan una posible relación de los imputados con contenidos digitales vinculados a la imitación de criminales violentos, una línea que la Fiscalía de Coahuila ha identificado como “pseudofanatismo”.
Aunque el proceso penal avanza, sus consecuencias siguen presentes entre los alumnos que presenciaron la agresión y las familias que ahora deben enfrentar el regreso a clases.

El riesgo de que la atención desaparezca
Para Alejandro Aranda, criminólogo con más de 15 años de experiencia en intervención comunitaria y asesoría técnica forense, las consecuencias de un ataque de esta naturaleza no terminan con la detención de los presuntos responsables ni con la reapertura del plantel.
En entrevista con MILENIO, advirtió que los crímenes de alto impacto suelen provocar respuestas inmediatas de las autoridades, principalmente mediante el reforzamiento de la presencia policial y las medidas de seguridad.
Sin embargo, el verdadero desafío comienza cuando disminuye la atención pública y es necesario mantener las estrategias preventivas.
“Nos estamos alejando de la prevención”, afirmó.
El especialista explicó que la intervención debe concentrarse también en la prevención situacional dentro de los entornos escolares y en la identificación temprana de factores de riesgo.
Advirtió que determinadas conductas pueden detectarse desde etapas tempranas, aunque aclaró que no todo comportamiento antisocial significa que una persona cometerá un delito.
El problema, señaló, surge cuando distintas señales de alerta son ignoradas o reducidas a la etiqueta de “alumno problema”.
El aislamiento, los conflictos familiares, el bullying y las dificultades de adaptación pueden formar parte de un conjunto de circunstancias que requieren atención, particularmente cuando se presentan de manera simultánea.

No basta con esperar otra tragedia
Aranda consideró que una de las principales lecciones del ataque en La Unión es la necesidad de fortalecer los protocolos de prevención y actuación dentro de las escuelas.
Una intervención adecuada, explicó, no necesariamente habría impedido por completo una agresión de esta naturaleza, pero podría haber contribuido a reducir sus consecuencias.
“Al hablar de prevención, no vamos a decir que vamos a erradicar o impedir completamente” este tipo de hechos.
Entre las acciones que considera necesarias mencionó la capacitación del personal escolar, el fortalecimiento de protocolos, la intervención comunitaria y el trabajo permanente con madres y padres de familia.
El objetivo, explicó, debe ser proporcionar herramientas para identificar cambios de conducta y posibles factores de riesgo antes de que una situación se agrave.
También planteó mantener el acercamiento con las familias y la comunidad escolar más allá de las primeras semanas posteriores al ataque.
La investigación continúa y la Secundaria General 13 espera el momento de volver a recibir a sus estudiantes.
Mientras tanto, en La Unión, las consecuencias de la violencia siguen presentes.
Alexis, de 12 años, comienza a mover sus extremidades
En paralelo a las secuelas emocionales que enfrenta la comunidad escolar, los servicios médicos mantienen bajo observación a tres personas lesionadas durante el ataque.
El caso más delicado entre los pacientes reportados es el de Alexis, un menor de 12 años que ingresó en estado grave y fue sometido a una craneotomía, además de una reconstrucción de miembro torácico y osteosíntesis, procedimiento utilizado para fijar fragmentos óseos.
El estudiante permaneció intubado y con apoyo de aminas, medicamentos empleados para sostener funciones circulatorias, aunque estable dentro de su gravedad.
Durante las últimas horas, los médicos iniciaron una ventana neurológica, que consiste en reducir o suspender temporalmente la sedación para evaluar la respuesta del paciente.
De acuerdo con el reporte más reciente, Alexis presenta inquietud y movimientos en sus extremidades, aunque todavía no obedece órdenes.
Ante esta evolución, el equipo médico contempla retirarle el tubo de respiración, dependiendo de su respuesta durante las próximas horas.
Posteriormente, se realizarán estudios para evaluar su nivel de conciencia y la permeabilidad del sistema venoso cerebral.
Hasta el momento, no presenta datos de sangrado.

Retiran gradualmente la sedación a otro lesionado
Ricardo Quintanar Ruiz, de 55 años, ingresó al hospital con un cuadro de mayor complejidad, después de presentar paro cardiorrespiratorio, choque hipovolémico, broncoaspiración y múltiples heridas cortantes.
Desde su ingreso ha permanecido intubado y con apoyo de aminas.
Una tomografía de cráneo confirmó fracturas multifragmentadas previamente conocidas en las regiones parietal y frontal derechas, así como en la región parietal izquierda, sin evidencia de edema cerebral.
Los especialistas comenzaron a retirar paulatinamente la sedación para evaluar su respuesta neurológica.
Aunque continúa bajo evaluación, presentó un cuadro febril que motivó la realización de estudios para identificar una posible infección.
Entre ellos se encuentran urocultivo, hemocultivo, SeptiFast y un panel de neumonía.
Por su parte, Gerardo Villarreal Pulido, de 49 años, fue atendido por múltiples heridas cortantes que requirieron sutura.
Desde los primeros informes médicos se ha mantenido estable, sin cambios relevantes en su condición de salud.

La alegría y las flores ya se marchitaron
A una semana del ataque, las autoridades continúan con las investigaciones y los trabajos para preparar el eventual regreso a clases.
En el pórtico de la secundaria, las veladoras comienzan a consumirse y las flores pierden su color.
Adentro, las paredes recuperan la pintura y las bancas vuelven a su lugar.
Pero en las casas de los alumnos hay heridas que no pueden borrarse con limpieza ni pintura.
Para algunas familias, como la de Elizabeth Sánchez, la recuperación apenas comienza.
Y para su hija, que presenció la sangre y las heridas de uno de sus compañeros, permanece una pregunta que todavía nadie puede responder: ¿cuándo volverá a sentirse segura dentro de una escuela?
Imagen portada: Manuel Guadarrama
https://www.milenio.com/comunidad/violencia-en-torreon-miedo-y-secuelas-tras-ataque-en-secundaria-13



