“No es México y tampoco es nuevo, pero es nuestro”: Nuevo México se planta ante Trump

Donald Trump quiere rebautizar Nuevo México y revive una vieja disputa por el nombre y la memoria de un territorio. Esto revela que un mapa puede cambiar, pero no la identidad de quienes lo habitan.
AguaQuemada

noviembre 8, 2026

Por Évolet Aceves 

Albuquerque, Nuevo México, es una ciudad que se fundó en tiempos de la Nueva España, luego fue de México y terminó en manos de los estadounidenses. En esta urbe atravesada por la historia estoy haciendo un doctorado en Literatura. Y desde aquí me ha tocado ver el impacto de las reiteradas declaraciones del presidente Donald Trump, quien ha subido a sus redes sociales videos y fotografías realizados con IA, desde la noche de apertura de la Convención Republicana, en los que ya le cambia el nombre a este estado por Nueva América; publica MILENIO.

Una propuesta de Trump reabre la conversación sobre la historia y el nombre de Nuevo México. (Foto: Especial / MILENIO)


En las vísperas de las elecciones intermedias estadounidenses, en la que Nuevo México le responderá a Trump en las urnas, me di a la tarea de conversar con los habitantes y profesores académicos de Albuquerque para saber cuáles eran sus comentarios a raíz de estas intenciones. ¿Es posible cambiar el nombre a un estado de la Unión Americana?, y ¿están de acuerdo los habitantes? 

Así conocí a Mario, un microempresario, hijo de padres mexicanos que ahora compra, vende y transporta muebles. Y hace talacha en las yardas, ese anglicismo para referirse a los jardines o patios de las casas. Mario corta el pasto, limpia coladeras, trepa árboles para arreglar sus ramas donde se requieran sus servicios.

“¡Es puro engaño, una distracción!”, dice. “Ese güey sólo busca andar provocando. No va a poder porque la gente de aquí se identifica con el nombre de New Mexico. Lo que yo creo es que Trump quiere adueñarse de los terrenos, porque este es un estado muy grande, extenso. Y quiere venir a comprar tierra. Nuevo México es enorme, es muy parecido a Texas”.

Mario ha llevado su vida entre San Diego y Albuquerque, aunque estuvo varios años en Ciudad de México. Actualmente vive con su hija, quien estudia el séptimo grado y su escuela es bilingüe, algo que hace cinco o diez años todavía era impensable en Nuevo México, comenta; aquí el 70% de las clases se enseñan en español y el 30% restante de la matrícula se enseña en inglés.

“Lo que pasa es que mucha gente no tiene idea de lo que es Nuevo México, este estado tiene un valor muy grande por sus terrenos. Hay mucho espacio disponible y Trump quiere ocuparlo para sus empresas, por eso está buscando distraer a los nuevomexicanos con su propaganda, es muy buen propagandista”.

No es la primera vez que surge una propuesta para cambiarle el nombre a este estado entre Arizona y Texas. La profesora Anna Nogar, de la Universidad de Nuevo México, me cuenta que ya hubo cuatro intentos entre 1888 y 1905. Los posibles nombres que se proponían eran: “Lincoln” y “Hamilton”, americanizados y menos exóticos. Aunque también se pensó en “Navajo”, por la comunidad nativo americana más grande de Estados Unidos.

Después conocí a Henry, un taxista de 45 años, originario de California, que hace 11 años se mudó acá. “[Lo de Trump] lo tomo como una broma”, dice mientras atravesamos un highway, una de las enormes autopistas que se elevan en lo alto de la ciudad dejando ver un cielo pintado de amarillos, anaranjados y azules de distintas tonalidades. “Creo que él está buscando sacar publicidad de ahí”.

“No hay necesidad de cambiar el nombre, está bien tal y como está. Creo que él tiene el poder de realmente intentarlo, puede hacer el esfuerzo y puede que llegue al Congreso, pero no sé si llegue a pasar. Yo espero que no. Lo que sí pienso es que hará lo que esté en sus manos. Está ocultando algo, una agenda secreta en la que está intentando manipular algo. Con ese hombre no se sabe.” 

Y con esa incertidumbre, Nuevo México llegó a las elecciones intermedias. Que hablen las urnas.

“No creo que los nuevomexicanos cedan fácilmente”


Ronda Brulotte es profesora de Geografía en la Universidad de Nuevo México, su área de especialidad es Latinoamérica y se enfoca en el estudio geográfico de México, en particular en asuntos de relevancia histórica y cultural en Oaxaca. La veo en su oficina, donde de inmediato reconozco ilustraciones del dibujante y pintor Miguel Covarrubias, por quien ambas compartimos gran afición.

“Sabemos el poder que tiene el sentido del lugar. Quisiera reconocer la importancia de nombrar los lugares, y al mismo tiempo de la manipulación cartográfica, digamos, que es una fuerte muestra de colonización que nos remonta a épocas pasadas, como cuando hubo el llamado descubrimiento de América, término que detesto, pero una buena parte de ello fue precisamente la cartografía: crear mapas de los espacios y darle a los lugares un nombre, por cierto, eurocentrista. Y esto que sucede con Trump es una especie de neocolonización. No creo que él lo piense con tal pensamiento de sofisticación, pero es una manera de leer lo que está pasando”.

​“Lo que es evidente es la demostración del poder de una persona desesperada, más que la posibilidad real de cambiar un estado. Se trata de una persecución de la administración hacia todo aquello que no es percibido como American, y el término mismo ya es problemático: estamos frente a un patriotismo ensangrentado y desestabilizado, que ni siquiera muchos realmente comparten”, dice.

Pregunto a Ronda cuál es su opinión sobre el caso del “Golfo de América”, que mundialmente conocemos y seguimos nombrando Golfo de México, pero que ya aparece cambiado en Google Maps desde cualquier parte de Estados Unidos.

“Es un ejemplo de lo difícil que es cambiar el nombre a un lugar. No porque alguien lo cambie quiere decir que los habitantes de ese sitio le van a llamar de esa manera. Yo crecí en los ochenta, cuando a Rusia se le llamaba Unión Soviética, y hay veces que aún le digo Unión Soviética porque así me lo enseñaron”.


Lo cual me recuerda también que aún escucho a personas decirle DF a la Ciudad de México. Alude a la manera en que crecemos y se nos enseña el nombre de un sitio en el mapa. Este hoy antiguo DF principalmente lo he escuchado entre generaciones adultas radicadas aquí en la Unión Americana, que quizás vivió en México veinte años atrás; o también entre jóvenes, aquellos para quienes México no es su país de nacimiento, sino una referencia familiar.

Continúa Brulotte: “Trump ha mostrado a México como la amenaza del sur de Estados Unidos. Él no está convocando a cambiarle el nombre a New England, por ejemplo, su discurso está centrado en México, es un ataque también contra los inmigrantes, la prevalencia del racismo que vemos en esta administración y la sobrevigilancia en la frontera. Todo está relacionado con ese discurso antiinmigrante”.

Y lo mismo sucede con New Hampshire, New York, New Jersey. No son los objetivos de Trump. 

“Él no está hablando de los inmigrantes canadienses. Una parte del discurso político actual quiere percibir a los mexicanos como delincuentes, pero también se impulsa la idea de que ‘los inmigrantes del sur (México, Centroamérica y Sudamérica) están robándole el trabajo a los estadounidenses’, y ese racismo ha sido una herramienta muy fuerte para la derecha”.

Para Ronda Brulotte, nombrar un territorio también es una forma de ejercer poder sobre su historia, su identidad y sus habitantes. (Foto: Évolet Aceves)

“Trump ha intensificado esta idea de una frontera física y política entre México y Estados Unidos”, dice Ronda y nota, como docente, entre sus estudiantes, un temor muy presente por revelar sus posturas políticas. “[Pero] noto que una buena parte de mis estudiantes son bastante críticos sobre estas declaraciones unilaterales, no están creyendo ciegamente en esos discursos, lo cual me resulta alentador. Estoy segura de que muchos dirían que no están orgullosos de las acciones que el gobierno está tomando. No he escuchado a nadie decir: Oh I live in New America. No creo que los nuevomexicanos cedan fácilmente”.

La cultura chicana y el distanciamiento de lo mexicano


No puedo dejar de pensar en algo que he notado desde que vivo en Estados Unidos y tiene que ver con la frontera: la identidad, un asunto bastante presente entre los mexicanos y los descendientes de mexicanos que han nacido aquí, como primera o segunda o tercera generación. Lo que noto es un distanciamiento con sus orígenes. La gente a menudo desconoce por completo el español y sus costumbres y hábitos cotidianos se asemejan muy poco a los del otro lado de la frontera.

Por ejemplo, el 15 de septiembre, un día de fiesta nacional para México. Pero de este lado de la frontera, en Albuquerque, hay un silencio difícil de nombrar. Hace unas semanas me pregunté, ¿y los mexicanos de acá dónde están festejando la independencia? Pese a la numerosa “presencia” mexicana, encontré un silencio desolador el 15 de septiembre. Ni un solo cohete, ni una sola bandera.


En las calles no había más que el ruido cotidiano, el mismo de cualquier otro día en que se celebra nada; se escuchan los automóviles deportivos pasar, se ven las motocicletas recién pulidas y los camionetones Monster elevándose por las avenidas, compitiendo en tamaño con los edificios. Y esto no sucede por la presencia de ICE, esta situación ha estado desde antes de ICE. Tan presente que yo misma olvidé que era 15 de septiembre, algo que nunca me ocurre estando en México, pero que me ha ocurrido cada 15 de septiembre desde que vivo en Estados Unidos.

Por eso pienso en esto que Ronda menciona: “en este estado, muchos también buscan alejarse de la mexicanidad, desidentificarse como mexicanos, quieren pasar a ser algo distinto, quieren hacer notar que no son mexicanos”. Incluso noto que hay un enorme ensalzamiento de lo español. Me ha tocado presenciar a quienes dicen: Hell no, I’m not Mexican, I’m Spanish…. Bueno, pues cada quién, pienso. Pero ese ejemplo es bastante común particularmente en Nuevo México.

Y hablando de españoles, por cierto, en Estados Unidos se celebra el Mes de la Herencia Hispánica, con el que particularmente no me identifico, porque yo, antes que latina, soy mexicana. Esto se celebra del 15 de septiembre al 15 de octubre, se recomiendan libros y la mayoría de ellos son de autores completamente desconocidos, me atrevo a decir, no sólo para los mexicanos sino para la gran mayoría de gente en Latinoamérica. Libros e historias escritas originalmente en inglés, o bien, traducidas al inglés, donde comúnmente aparecen personajes chicanos, la mayoría escritos por chicanos, y que suelen ser leídos por lectores estadounidenses.

Aunque la presencia mexicana es amplia, las tradiciones y los símbolos nacionales no siempre encuentran un lugar visible en la ciudad. (Foto: Évolet Aceves)


Aquí las generaciones jóvenes, cuyos padres o abuelos o bisabuelos vivieron en México, suelen tener un desarraigo profundo.
A veces es evidente en el desinterés, a veces manifiesto en las costumbres, en los hábitos, o simplemente porque el único idioma que hablan es el inglés. Pese a que he conocido a mexicanos en este estado, y orgullosos de serlo, el ambiente de Alburquerque tampoco motiva mucho a celebrar ni a llenar de banderas mi casa. Si la bandera no se pide online, aquí no se encuentra con facilidad, más que en la tienda de objetos exóticos, ahí entre el imán de un sombrerudo borracho y un póster de una chicana ruda y tatuada. Quizás en el South Valley, conocido como el barrio mexicano, pero queda alejado del centro de Albuquerque. Ni pensar en tamales o tacos dorados, que sí pueden conseguirse pero a menudo a precios de cocina internacional, como muy a menudo me pasaba en Nueva York, precios que sobrepasan los límites de lo que uno puede gastar.

“Compáralo con Hitler y vas a encontrar similitudes”


Conozco a Ruth. Me dice que lleva 25 años viviendo en Estados Unidos. Los primeros cinco años estuvo afincada en California, luego se pasó a Albuquerque y aquí ha seguido desde entonces. Tiene 44 años de edad y es taxista. Viene de Michoacán. Y dice que: “ese señor [Trump] sabe que ha cometido crímenes. Lo sabe, nomás que se hace. Quiere que la gente olvide lo de los archivos Epstein”.

Estados Unidos es un país muy joven, dice, tan sólo tiene unos 250 años. “Se hace el tonto, Nuevo México se ha llamado así desde antes de que este país se llamara Estados Unidos. Lo van a investigar y a lo mejor hasta lo van a meter a la cárcel. Está equivocado en todos los aspectos”. Este es un país de inmigrantes. “Como dicen los Tigres del Norte: si a la historia nos vamos, ¿quiénes son los inmigrantes?”.


Ruth me cuenta que ella no estudió, “por burra”, pero que le gusta mucho escuchar a los analistas independientes. Ha pensado que “los políticos son muy racistas, ignorantes, son lo peor, y esto sucede en todos los países. Todos estos ricos con poder quieren ser dictadores. Nos quieren a toda América Latina viviendo como esclavos: sin agua, con recursos limitados, sólo se quieren robar la energía, el petróleo y todavía la gente estúpida de la migra que anda enlistándose”, dice.

Enseguida conozco a Therese, una mujer de 58 años, mientras espero el autobús. Nació en Española, Nuevo México, la capital de los lowriders, los coches clásicos que brincan y bailan por las calles de acá, símbolo de la identidad chicana. Vivió en California, donde tuvo a sus dos hijos, luego se mudó a Houston, Texas, y finalmente regresó a Albuquerque, cuando su hermana enfermó de cáncer y eventualmente falleció. Therese me llama la atención por su forma de vestir: me recuerda a los Guns N’ Roses, a Poison, un poco a Patti Smith. Tiene una chamarra de mezclilla arremangada y larga, unas botas y el cabello suelto, canoso y rebelde. También usa anteojos rojos. Es rockera de corazón, vio a The Eagles en vivo, gran amante de Iron Maiden, me cuenta, y nos ponemos a hablar de música. Le hago saber que próximamente vendrá la banda original de Amy Winehouse a Albuquerque, “Oh, ¿en serio?, ¿y quién va a cantar? Amy Winehouse es irremplazable”.

Al preguntarle su opinión sobre la cuestión del cambio de nombre, comenta: “Creo que Trump es un tonto y lo digo en general, no nada más por esto de New America, vaya estupidez. Lo digo por todo lo que hace. New America, bullshit. Es un pedazo de mierda. No me gusta nada lo que dice. No le creo nada. Ese cree que puede cambiar el nombre de todo y ponerle su horrible apellido que apesta. Compáralo con Hitler y vas a encontrar similitudes”, dice.

Therese considera que el nombre de Nuevo México forma parte de una historia que no puede modificarse por decisión de un presidente. (Foto: Évolet Aceves)

En el pasado ya intentaron cambiar el nombre a Nuevo México


Anna Nogar es profesora del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Nuevo México, su principal área de estudio es la literatura e historia de Nuevo México, de donde es originaria. “La identidad de los nuevomexicanos es una conversación que ha durado mucho tiempo: qué es Nuevo México, sobre todo en el contexto de su relación con Estados Unidos”.

Nogar me extiende el libro So All Is Not Lost: The Poetics of Print in Nuevomexicano Communities, 1834–1958 (University of New Mexico Press, 1994), escrito por Gabriel Meléndez –profesor jubilado de Estudios Norteamericanos en la misma universidad–, donde se abordan los muchos intentos, a lo largo de la historia, de cambiar el nombre de Nuevo México. Es decir, ésta no es la primera vez en la historia que se menciona la posibilidad de un cambio de nombre.

En ese libro se citan cuatro propuestas por la legislación para unir Nuevo México con Arizona y entonces cambiar el nombre de dicho territorio, aproximadamente entre 1888 y 1905. Los posibles nombres que se proponían eran: “Lincoln”, “Hamilton”, dice Nogar, “nombres más americanizados y menos exóticos; pero, por otro lado, tenemos también Montezuma o Ácoma, este último es el nombre de un pueblo indígena al sur de Albuquerque; con la finalidad de darle una identidad más exótica e indígena, pero que realmente no está bien entendida por quienes buscaban realizar este cambio”. Encuentro en el libro de Meléndez que “Navajo” era otro posible nombre propuesto. Navajo es la comunidad indígena nativo americana más grande de los Estados Unidos.

Incluso hubo protestas en la prensa en columnas de opinión y cartas al editor. A continuación transcribo un extracto publicado en el semanario El Independiente –periódico que se publicó de 1894 a 1928 cada sábado, y luego cada jueves–, escrito por el autor nuevomexicano Enrique Hernandez Salazar (1856-1914). El fragmento, recuperado por Meléndez, dice lo siguiente. Conservo la versión tal como fue escrita, por lo que, adelanto, no son faltas ortográficas, sino muestra del español escrito entre finales del siglo XIX e inicios del XX en Nuevo México:

“Este territorio fué originalmente bautisado con el nombre de Nuevo México, y no es permisible que á un individuo ó á una comunidad se le bautice dos veces […]. Los habitantes de un territorio tienen derechos que deben ser respetados, y uno de los principales es el de conservar el nombre que les señala y los distingue […]. Porque no somos colonia de Africa para que se nos mude el nombre á antojo ó capricho de cualquiera, sino un territorio de los Estados Unidos [sic]”.

En el pasado se propusieron nombres como Lincoln, Hamilton, Montezuma y Navajo para sustituir el de Nuevo México. (Foto: Évolet Aceves)


​Anna Nogar recuerda que el nombre de Nuevo México existió desde mucho antes de que Estados Unidos se formara como país, como lo muestra el libro Historia de la Nueva México, publicado en 1610. Entonces a este territorio se le consideraba como una potencial réplica, prototipo o continuación de lo que entonces era la Nueva España, de ahí que el adjetivo Nueva fuera también femenino.

Enrique Hernandez Salazar también escribió un cuento publicado en el mismo periódico, el 14 de mayo de 1908. Lo tituló: “Nuevo México en el año 1950”.

“Es una visión distópica de lo que Nuevo México iba a ser en 1950, según la perspectiva de su autor, y lo curioso es que ahí también retrata un cambio de nombre del estado; según su cuento de ficción, Nuevo México se llamaría para 1950 Pujacante y Americanópolis sería el nombre de la capital. El cuento habla de un alma, un fantasma del otro mundo que viene a visitar sus antiguas querencias, viene al presente de 1908 a dar un reporte sobre los cambios políticos y sociales de lo que está ocurriendo en el futuro de 1950”. Un cuento que personalmente me parece maravilloso, incluso por el lenguaje empleado”.

En ese cuento Salazar emplea el término “neomexicano”, lo que me hace pensar en la presencia incluso del art déco y las influencias en el habla cotidiana de los neologismos acuñados a otros idiomas, incluido el español. Asimismo, Salazar también habla de la “querencia”, como explica Nogar: “la querencia es la muy profunda cercanía entre la gente y el lugar donde se vive, el espacio y la cultura que conecta a esa gente con el lugar. Para muchos nuevomexicanos, la idea de querencia está ligada precisamente a su identidad y al lugar de donde son”. Cierra diciendo: “yo me considero nuevomexicana y no pienso cambiarme de identidad”.

“No es México y tampoco es nuevo pero es nuestro”


Robin y Theodor, ambos de 64 años, son un adorable matrimonio a quienes me encuentro mientras camino por la zona céntrica de Albuquerque. Me acerco a ellos para preguntarles sus opiniones. Ambos son originarios de aquí. “No va a suceder, no va a suceder”, me asegura Theodor mientras su esposa Robin ríe, burlándose. Robin agrega: “¿Por qué habría de cambiarse? Es decir, no es México, y tampoco es nuevo, pero es nuestro. No va a pasar, no sucederá”.

Rosa, de 41 años, trabaja como barista. Me comenta al respecto: “Somos Nuevo México desde antes de que México se llamara México. Ahora somos parte de Estados Unidos, pero eso no significa que nos identifiquemos con la idealización impuesta. Este señor [Trump] genera atención con los montones de locuras que hace, busca distraer de los archivos Epstein y del genocidio en Gaza. Nos quiere mantener distraídos, de lo que sucede aquí: la pobreza y la situación de calle, problemas graves”.

Para Carey-Webb, renombrar territorios es una forma de imponer poder y desconocer la historia de quienes los habitan. (Foto: Évolet Aceves)

Jessica Carey-Webb es profesora en el Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Nuevo México. Sus áreas de especialidad giran en torno a la cartografía, mapas, colonialismo y extractivismo. “Cuando pensamos en la serie de lugares renombrados, como el Lago Ontario, el Golfo de México –que en el fondo es una manera de justificar la explotación de recursos naturales–, y ahora, Nuevo México, primero, él no puede hacerlo por cuestiones jurídicas, lo dice la Constitución, el presidente no puede tener tanto poder como para renombrar un estado, y en el artículo 1 de la Constitución Estatal se menciona”. Al buscar el artículo, encuentro que comienza con la siguiente frase: ‘The name of this state is New Mexico, and its boundaries are as follows:…’

Continúa Carey-Webb: “Además, intentar renombrar un espacio con tanta cultura e historia es algo imperialista, es una manera de decir ‘yo tengo el poder y puedo hacer lo que quiera, y las personas que viven ahí no importan; soy el presidente de Estados Unidos, pero también soy el presidente del mundo’”.

“Hay un mecanismo de distracción a lo que ocurre en el mundo, como la guerra en Irán, el genocidio en Palestina. Proponer nombres, rehacer cartografías, construir muros, todo esto forma parte de un mecanismo de control global”.

“Desde la fundación de Estados Unidos renombraron lugares que tenían nombres indígenas y los transformaron para darles nombres ingleses, en ese acto de tomar el poder. Los mapas, las fronteras, pero cada cosa que se relaciona con la palabra México tiene una connotación racializada. Para él [Trump] el mexicano es una persona de clase obrera, no blanca, que no merece ni debe estar en Estados Unidos, y eso, obviamente, sabemos que no es verdad. Tampoco es la historia de este territorio, cuando sabemos que Nuevo México fue parte de México por más tiempo de lo que ha sido de Estados Unidos.”, concluye Carey-Webb.

Reagan, de 24 años, originaria de Las Vegas, Nevada, es estudiante de la Maestría en Negocios en la Universidad de Nuevo México. Estamos en un café y me sugiere: “Pudiera ser que tiene algún problema de malfuncionamiento mental”.

Trump intenta cambiar los nombres, buscando asociar su America con la blanquitud, la pureza y al mismo tiempo a la limpieza de esa suciedad, que es también, en sus palabras, la limpieza de “lo criminal”, un término que suele aparecer cada vez que lo escuchamos hablar de México. Al término de esta crónica no encontré ni a una sola persona que estuviera a favor del renombramiento de New America. Me quedo pensando en que la identidad nuevomexicana está bastante consolidada y arraigada, y aún así, es evidente que su identidad tampoco está necesariamente ligada a México. Nuevo México, New Mexico, es un estado con una identidad tan fuerte que pareciera por momentos estar alejado tanto del ideal promovido por Trump, como por la mexicanidad. Es un estado aparte. Con sus propias tradiciones y costumbres que lo vuelven un estado único. Trump no la va a tener fácil.


Al cierre de esta edición, las urnas han hablado. El sueño colonial de Trump parece irse frustrando. Los nuevomexicanos votaron por los demócratas. Por Nuevo México.

Imagen portada: Évolet Aceves

https://www.milenio.com/internacional/mexico-rechaza-propuesta-trump-llamarse-america

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor

// Staff

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