‘Otro mundo es posible’, el documental de Diego Osorno que recupera la historia del zapatismo

Otro mundo es posible de Diego Enrique Osorno vuelve a 1994 para examinar la vigencia de un movimiento que incorporó a su discurso temas como el feminismo, el racismo estructural, el cambio climático y las luchas globales.
AguaQuemada

noviembre 4, 2026

El 1 de enero de 1994, mientras México celebraba la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el gobierno en turno proyectaba la imagen de un país encaminado hacia el primer mundo, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo visible una realidad que ese relato mantenía al margen: el abandono histórico de los pueblos indígenas. La rebelión en Chiapas cuestionó el modelo económico y político del país, pero también consiguió que una lucha local tuviera eco internacional. 

Más de 30 años después, aquella irrupción vuelve a la pantalla en Marcos: Otro mundo es posible, documental de Diego Enrique Osorno que llegará a Netflix el próximo 2 de diciembre. La película recupera la historia del zapatismo a través de una de sus figuras más reconocibles, el Subcomandante Marcos, pero no se limita a reconstruir la trayectoria de un personaje, busca entender qué hizo posible aquel movimiento y por qué sus preguntas siguen vigentes en un mundo atravesado por la violencia, el autoritarismo y la desigualdad; publica MILENIO.

Después de abordar el tema desde una perspectiva histórica en la serie 1994 y registrar el viaje transatlántico de integrantes del movimiento durante la pandemia en La Montaña, Osorno quería recuperar otra dimensión de aquella historia: la emoción que provocó su aparición pública:

“Quería hacer algo más visceral”, dijo en entrevista con MILENIO, “algo que reviviera un poco la emoción histórica que yo sentí, y creo que millones de personas, cuando de manera sorpresiva irrumpe el EZLN en Chiapas, en México y en el mundo”.

 La película reúne más de cinco mil horas de archivo y testimonios de fotógrafos, periodistas, soldados, guerrilleros, zapatistas y el propio Marcos. Pero, su intención no es instalarse en la nostalgia, sino interpelar el presente. Osorno busca provocar “la imaginación política”, una capacidad que considera desplazada por  “demasiado cinismo” y “demasiada resignación”, actitudes que reducen la posibilidad de pensar que el futuro puede ser distinto. Por eso el realizador aclara que “la película no es esperanzadora, pero va contra la resignación”.

 Esa mirada hacia el presente se vuelve significativa cuando el documental incorpora imágenes que desbordan la historia de Chiapas: los atentados del 11 de septiembre, la guerra en Gaza y distintas crisis humanitarias. La pregunta es inevitable: ¿qué relación existe entre las críticas que el zapatismo formulaba en los años noventa y las expresiones de violencia, despojo y desigualdad que siguen marcando el orden mundial? Osorno reconoce que esa conexión adquirió mayor dimensión para él durante la construcción de la película.

 “El zapatismo hace 30 años ya tenía en su discurso muchos tópicos muy presentes: el cambio climático, el feminismo, el racismo estructural, no solo cultural, un racismo estructural, las luchas altermundistas, las luchas a lo largo del mundo. El zapatismo es curioso, es un movimiento que existe en miles de comunidades de Chiapas donde hoy en día tienen esta autonomía y dialoga con el mundo, el zapatismo, contrario a lo que luego se pretende encasillar, no está en la discusión política partidista en México, en el Estado-nación”, dijo. 

“El zapatismo es un movimiento que se está preguntando todo el tiempo cosas sobre el mundo. El zapatismo no es dogmático. El zapatismo se está preguntando todo el tiempo qué hacemos en el mundo, cómo encarar este sistema, cómo encarar estas culturas, cómo encarar estas autocracias, y ahí me identifico. Como cronista, como periodista, como documentalista tengo también todo el tiempo esas preguntas. Eso está ahí de manera muy orgánica, me di cuenta hacia el final de la película”, agregó sobre cómo incorporó esos temas. 

Lograr el documental implicó regresar a imágenes que habían construido la memoria pública del movimiento, pero también reconstruir una experiencia que él mismo había seguido a distancia, “llegué a Chiapas en 2003 por primera vez, no viví la parte previa”, recordó durante la charla. En ese momento había seguido al zapatismo a través de internet, la prensa, la televisión y los documentales independientes. Por eso, revisar los registros de 1994 a 2003 significó acercarse a un periodo que lo retó en todos los sentidos. 

Ese proceso “fue como reconstruir un poco la emoción que yo tenía a partir de las imágenes de todos estos registros diversos”.

El archivo no funciona únicamente como memoria histórica. Osorno buscó que el espectador experimentara los acontecimientos desde una cercanía distinta a la retrospectiva.

“Es un documento que sí es historiográfico en su planteamiento formal, pero en su actitud es muy presente, en que te ataca al espectador de manera muy directa en estar ahí, no en llevarte a la retrospectiva”, explicó. 

La relación de Osorno con esa historia también tiene un origen personal. Cuando surgió el EZLN tenía 13 años, vivía en Monterrey y recuerda que leía los comunicados de Marcos.

“Me fascinaba la prosa que él tenía, me tocaban las causas también que él enarbolaba como vocero del movimiento”. 

Su llegada a Chiapas, en 2003, transformó aquella primera fascinación: 

“cuando ya llegué a Chiapas, pues vi lo que había detrás del pasamontañas o detrás de la ventana”. 

Esa experiencia modificó también su manera de mirar al personaje. Para el cineasta, Marcos no puede entenderse separado del movimiento que lo hizo visible, “es un personaje que importa por lo que es capaz de poner en el escenario, no por lo que es un personaje”, explicó. 

Por eso, el documental no se agota en la figura del subcomandante ni en su dimensión pública, busca mostrar aquello que existe más allá de él, las comunidades y los colectivos capaces de construir una experiencia política que dialoga con el mundo. El personaje funciona como una entrada a una historia que no le pertenece a un solo hombre. 

Osorno también establece los límites desde los que construye ese relato. 

“No es el documental oficial de Marcos ni del EZLN, es mi intento de revivir esa emoción”. pues no pretende hablar en nombre del movimiento; propone una interpretación que parte de su propia relación con el zapatismo y de las preguntas que éste sigue provocándole. 

Al preguntarle si considera que este capítulo ha llegado a su fin, respondió: “No lo sé”. Y recupera una expresión de los zapatistas para dejar abierta esa posibilidad: “siempre falta lo que falta”.

Más que ofrecer una respuesta definitiva sobre el lugar que ocupa hoy el zapatismo, el documental vuelve sobre su irrupción para examinar qué preguntas siguen sin resolverse. En esa distancia entre lo que ocurrió en 1994 y lo que todavía está por imaginarse reside su apuesta: mirar la historia no como un episodio concluido, sino como una experiencia desde la cual interrogar el presente y pensar otros futuros posibles. Y México hoy no se entiende por completo sin esa parte de la historia.

Imagen portada: MILENIO

https://www.milenio.com/espectaculos/diego-osorno-vigencia-zapatismo-30-anos

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor

// Staff

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