Cuauhtémoc Cárdenas: El día que la oposición conquistó la capital en 1997

Cárdenas ganó la primera elección para jefe de Gobierno de la capital. Era el fin del dominio priista. Detrás del triunfo, vendrían errores, disputas y la batalla por transformar las estructuras del poder.
AguaQuemada

noviembre 1, 2026

Este es un fragmento del libro de Alejandro Almazán, Jefas y jefes: Las crisis políticas que forjaron a la Ciudad de México, publicado en 2023 bajo el sello de Grijalbo; publica MILENIO.

La noche del 6 de julio de 1997, Cuauhtémoc Cárdenas se presentó a un salón del Hotel Camino Real para reunirse con su equipo de campaña, algunos amigos y dirigentes del PRD. Y aunque a esas horas el ingeniero estaba convencido de haber ganado, al mismo tiempo desconfiaba. “No sabíamos si el Estado aceptaría entregarnos la capital”, me dice sin mover ningún músculo de la cara. Pasadas las nueve de la noche, un telefonema que recibió lo tranquilizó. Era el presidente Ernesto Zedillo. “No recuerdo qué palabras me dijo”, se deshace Cárdenas de mi pregunta. “Llamó para felicitarme por el triunfo.”

Además de la jefatura de gobierno, la izquierda había ganado 38 de las 40 diputaciones locales, lo que ocasionaría que no se le asignaran curules plurinominales al PRD. “Ni yo ni Jesús González Schmal, que había sido propuesto por Cuauhtémoc, entramos a la Asamblea”, me recuerda René Bejarano desde el otro lado de la mesa de cristal; ninguno llevamos puesto el cubrebocas, pese a que estamos en plena cuarta ola de contagio del covid. “El PRD había ganado tanto que algunos perdimos posiciones.” El partido también consiguió 126 diputaciones federales. Por vez primera, el PRI había perdido la mayoría de la Cámara de Diputados.

Carlos Salinas escribe en su libro que el triunfo de Cárdenas se vio precedido “por un golpe inopinado del gobierno federal” en contra de Fernández de Cevallos; en septiembre de 1997, el PRI había denunciado que el panista consiguió los terrenos de Punta Diamante por sus relaciones con Salinas y “por un candidato”, Del Mazo, “que había dado muestras de incapacidad para enfrentar un reto de esta naturaleza”. Fiel a su narcisismo, Salinas cree que la derrota del PRI se debe, además, a otro factor: “… el aliento gubernamental al negocio de la fabricación de las máscaras con las que se parodió mi imagen con fines de escarnio”.

El 6 de julio de 1997, Cárdenas esperaba el reconocimiento de su triunfo, que llegó tras una llamada de felicitación de Zedillo. (Foto: MILENIO)


“Qué máscaras ni qué la chingada”, me dice Inti Muñoz, y yo anoto en mi libreta distintos acontecimientos que me enumera y que construyeron el voto anti-PRI y la cultura política en el DF. Para empezar donde termina, la izquierda ganó el 6 de julio de 1997, con 47%, porque en ese año se registraban 654 delitos diarios. Porque los chilangos estábamos hartos de los secuestros exprés. Y porque estábamos horrorizados de que la policía capitalina, cuyos mandos eran 200 militares, hubiera asesinado y descuartizado a seis jóvenes de la colonia Buenos Aires. Se ganó porque una crisis económica asoló al país, una crisis de la que Salinas culpa a Zedillo; Zedillo a Salinas, y Borondongo le dio a Bernabé. Se ganó porque mataron al magistrado Polo Uscanga, el abogado de la Ruta 100, en su despacho del edificio Insurgentes. Porque Espinosa Villareal quebró la Ruta 100 y madreó a los ambulantes, sus aliados. Porque se organizaban conciertos de rock a favor del EZLN. Porque los sindicatos petrolero y eléctrico se manifestaron en contra de las reformas zedillistas. Y porque Zedillo persiguió al subcomandante Marcos cuando todos éramos Marcos.

Se ganó porque los chilangos habíamos elegido consejeros ciudadanos en el ‘95. Porque asesinaron al priista José Francisco Ruiz Massieu a la vuelta del Monumento a la Revolución. Porque Cárdenas perdió la segunda elección presidencial y “la psicología popular recompensa a la gente a la que le va mal”, me dijo Bejarano. Se ganó porque ocurrió otro magnicidio, el de Colosio, donde comienza/termina la patria. Porque surgió el zapatismo en la Lacandona. Porque en el sexenio de Salinas mataron a más de 400 perredistas. Y porque los chilangos participamos en el plebiscito del ‘93. Se ganó porque la segunda generación del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) derrotó a Sarukhán.

Y porque en mayo de 1989 se fundó el PRD con las fuerzas de la Corriente Democrática, la “oposición cismática” del PRI; del Partido Mexicano Socialista, que provenía de la izquierda independiente y que cedió el registro; del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional y del Partido Popular Socialist, la izquierda satelital; y con fuerzas de la llamada izquierda extraparlamentaria, como la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria y la Organización Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas.

El triunfo de Cárdenas en 1997 fue por el hartazgo ciudadano frente a la inseguridad y violencia policial bajo el régimen del PRI. (Foto: MILENIO)


Se ganó porque Salinas cometió fraude electoral en el ‘88
. Porque nació el Movimiento al Socialismo. Porque se creó la Asamblea de Representantes del DF. Porque apareció la Asamblea de Barrios. Porque el CEU original frenó a Carpizo. Y porque Ifigenia Martínez, Porfirio Muñoz y Cárdenas fundaron la Corriente Democrática y rompieron con el PRI en el ‘87. Se ganó porque surgió el Movimiento Urbano Popular, a la vez de que supimos que los empresarios esclavizaban a las costureras. Se ganó por los dos terremotos en el ‘85, donde el gobierno de Miguel de la Madrid quedó rebasado. Se ganó porque se fundó el Partido Patriótico Revolucionario. Porque surgió el Movimiento de Acción Popular. Y porque Echeverría boicoteó a Excélsior. 

Se ganó porque en junio de 1971, en San Cosme, sucedió el Halconazo, otra matanza de estudiantes. Se ganó por Monsiváis. Por el Partido Comunista. Por el anarquismo, el trotskismo, el cristianismo revolucionario, el nacionalismo, el guevarismo, el maoísmo y otras tendencias que surgieron después del ‘68. Y, para terminar donde Inti cree que comienza a construirse la cultura política del DF, se ganó porque el ejército cargó contra los estudiantes en Tlatelolco.

Escribe Rosario Robles: “El júbilo en la ciudad era inmenso. Estábamos en las oficinas de Monterrey y desde ahí escuchamos tocar el claxon en señal de triunfo a los automovilistas que se dirigían al Zócalo. Cuauhtémoc ofreció una conferencia de prensa desde el hotel en el que se encontraba. En la oficina de Andrés Manuel vimos la transmisión. Los ojos se me llenaron de lágrimas al escucharlo. También a Laura Castillo, nuestra secretaria de Comunicación. Con ella al lado, la ausencia de Heberto era grande. Había muerto unos cuantos meses antes…”.

Inti le roba una frase a su amigo Óscar Moreno para resumir el sentimiento hacia los integrantes del CEU: “La mezclilla había llegado al poder”. Se refiere a Imanol Ordorika, Antonio Santos, Carlos Ímaz y otros tantos que ayudaron a que Cárdenas no sólo se convirtiera en el primer jefe de Gobierno electo de la capital. En automático, la victoria lo proyectaba como candidato presidencial.

–¿Ése fue su error, ingeniero? ¿Proyectarse como candidato? –le pregunto.

–Pues quién sabe. Hubiera sido mejor concluir mi periodo. No lo sé.

La transición y el golpeteo al equipo de Cárdenas

Días después del triunfo, Cárdenas recibió el primer periodicazo. No sólo el entonces diputado local Fauzi Hamdan, también legisladores perredistas, entre ellos Pedro Peñaloza, acusaban al ingeniero de nepotismo por haber incluido a Cuauhtémoc hijo en el equipo de la transición. “Cuate no tenía ninguna remuneración”, se queja Cárdenas conmigo y me recuerda que su hijo tuvo que renunciar 35 horas después de su nombramiento. “Mi relevo no debe ser tomado como el primer tropiezo”, escribió Cuauhtémoc hijo en su carta de renuncia a la Comisión de Enlace.

Tras ganar la Jefatura de Gobierno del DF, Cárdenas enfrentó críticas por presunto nepotismo al nombrar a su hijo en el equipo de transición. (Foto: MILENIO)


“No sería el único error”, me dice Inti, nombrado por Cárdenas como coordinador de Participación Juvenil. El más grave, ocurrido durante la transición, fue “haber aceptado la creación de grupos de enlace, pues no se dio a conocer al equipo entrante información fundamental”, reconoce Cárdenas. “Fue un tiempo aprovechado por los adversarios para golpetear a mis posibles colaboradores.” Esos colaboradores eran Samuel del Villar, que sería nombrado procurador; Armando López, secretario particular; Adolfo Gilly, coordinador de asesores; Antonio Ortiz Salinas, secretario de Finanzas; César Buenrostro, secretario de Obras; y Rosario, secretaria de Gobierno, quien sustituyó a Cuauhtémoc hijo en la Comisión de Enlace.

Se queja Cárdenas: “Lo mejor hubiera sido empezar la entrega-recepción a partir del 5 de diciembre [el día de la toma de protesta]. La información confidencial, la que no nos entregaron, se la hubieran guardado de todas formas”.

El exregente Óscar Espinosa Villarreal tiene otra historia. Según él, se facilitó toda la información a 79 representantes del gobierno cardenista, incluso “457 documentos adicionales” a los que, por ley, estaba obligado a proporcionar.

Ahora que veo todo a distancia, encuentro ingenuo haber entregado toda esa información, convencidos de que sería utilizada para dar continuidad a los proyectos claves de la ciudad. No consideramos que se le podría dar mal uso, como efectivamente sucedió, ya que el gobierno entrante quiso utilizarla sólo para detectar situaciones viables a ser tergiversadas para construir su estrategia de ataque. Debimos suponerlo desde que Cárdenas se negó a que la UNAM fungiera como testigo.

Cárdenas me dice que él nunca objetó a la UNAM, que son mentiras. Espinosa Villarreal, en cambio, insiste en que “el PRD no quiso dejar constancia pública alguna de que no recibían una ciudad en el caos, sino un gobierno en marcha”. Según el exregente, él y 350 de sus colaboradores participaron en las 130 reuniones que se sostuvieron con el gobierno entrante.

–Ocultaron información y luego se victimizaron –me dice Bejarano.

–El exregente acusa una cacería de brujas en su contra –le reviro.

–Es posible pero tampoco era inocente.

Cárdenas admitió que, por desconocer el medio, delegó en su procurador el nombramiento de Carrola, el cual terminó en renuncia. (Foto: MILENIO)


Espinosa Villarreal escribe que no insistió en el tema de la UNAM porque Zedillo se lo pidió. “Nos habíamos trazado como objetivo prioritario evitar obstáculos que pudieran dar pie a confrontaciones” con Cárdenas. “Debo confesar que la negativa [de Zedillo] siempre me causó extrañeza y que su argumento me pareció poco convincente.”

Las deudas que dejó el exregente

La mañana del 5 de diciembre de 1997, Zedillo, Emilio Chuayffet –todavía secretario de Gobernación– y Espinosa Villarreal salieron refunfuñando de la Asamblea Legislativa. Habían presenciado la toma de posesión de Cárdenas, y éste, en su discurso, no había aludido a la reforma electoral.

La tribuna, según el exregente, la había usado el ingeniero para amonestar a sus antecesores. “¡Qué bárbaro!”, rezongó Espinosa Villarreal, mientras consideraba que aquello era un mal presagio. “Tras despedirme del presidente y de Chuayffet, sentía que retumbaban en mi cabeza las desproporcionadas palabras de Cárdenas.”

–El exregente dice que lo invitó a su casa –le digo a Cárdenas–, que incluso usted le regaló un marco, pero que logró engañarlo porque luego se fue con todo contra él.

–Sí, me invitó a su casa y hubo una buena relación hasta que nos fuimos enterando de cómo nos habían dejado el gobierno. Habían contraído deudas los últimos meses que no se nos documentaron. Recuerdo, por ejemplo, el caso de los inspectores de transporte que no cobraban y que ni falta les hacía: su credencial les facilitaba la extorsión. ¿Y aun así [Espinosa Villarreal] quería ser mi amigo?

Policías y (también) ladrones

Mientras Cárdenas rendía protesta en la Asamblea Legislativa, el exrobacoches Jesús Ignacio Carrola les declaraba a los reporteros de la nota roja que acabaría con el crimen en la ciudad. Con gafas oscuras, anillos de oro y botas negras, aquella mañana Carrola parecía más jefe de sicarios que jefe de la policía judicial capitalina. Lo habían contratado, pese a que su negro expediente circuló en la mesa donde los cardenistas tomaban las decisiones. En ese expediente, se señalaba a Carrola como “protector y transportista” de los Arellano Félix, fundadores del Cártel de Tijuana.

Entre el 5 y el 9 de diciembre, Mireille Roccatti, entonces presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y Pedro Macías de Lara, en ese momento senador panista, aportaron a la prensa más información sobre Carrola y sus dos hermanos matones: Miguel Ángel y Marco Antonio. A los tres se les acusaba de haber torturado a una joven en 1989, cuando Carrola trabajó de comandante en Baja California. Al conocerse la noticia de la tortura, Carrola renunció a la procuraduría capitalina. Era 18 de diciembre. Negó todo en una entrevista que concedió a Proceso. “Es parte de la guerra sucia en contra del ingeniero”, se defendió. Una persona cercana a Del Villar me dice que Carrola asesoraba al procurador “por fuera, pero eso nunca se supo”. El 29 de mayo de 2001, se volvió a saber de Carrola: él y sus dos hermanos fueron asesinados a balazos por los rumbos de Tacubaya.

En mayo de 1989, Cuauhtémoc Cárdenas encabezó la fundación del PRD, que reunió a diversas fuerzas políticas. (Foto: MILENIO)

–Fue un error ese nombramiento, ¿cierto? –le digo a Cárdenas.

–Desconocedor del medio, le encargué a Del Villar que escogiera quiénes podían cumplir mejor con esos cargos –me contesta el ingeniero, y yo no sé si tomar el nombramiento de Carrola como un error de principiante.

Porque para errores de principiantes los que cometió Jesús González Schmal, un expanista de Torreón que Cárdenas había nombrado como oficial mayor. Si mal no recuerdo la historia que un día me contó un cardenista, apenas habían ocupado el Palacio del Ayuntamiento, cuando González Schmal “encontró” una lista con 2 mil 500 aviadores en la nómina del gobierno DF, específicamente en la Dirección General de Regulación Territorial. El escándalo golpeó de inmediato la imagen de Espinosa Villareal, que había sido nombrado secretario de Turismo por Zedillo.

Mientras el exregente negaba a los aviadores, se fue sabiendo que la lista de aviadores era “una lista de empleados, cuya relación laboral había concluido en noviembre de 1997”. En el editorial de La Jornada del 1 de abril, el caso de los aviadores fue tratado como un escándalo que “vulneró la credibilidad del gobierno y dañó severamente la capacidad de éste para combatir la corrupción”. Me dice Cárdenas: “Le pedí a Jesús pruebas de sus dichos, y, como no las hubo, le solicité su renuncia de inmediato y quedamos amigos como siempre”. Pero González Schmal renunció casi un mes después, el 27 de abril. Los meses siguientes los dedicó a defenderse de la denuncia por difamación que el priista Manuel Aguilera interpuso en su contra, por el caso de los micrófonos obsoletos que González Schmal y otros habían encontrado en la oficina de Rosario.

–Se equivocaron con los nombramientos de policías, ¿cierto? –digo a Rosario.

–Sí, los tuvimos que quitar porque la campaña en contra de ellos le pegó al ingeniero. La renuncia de Carrola no fue la única que se dio el 18 de diciembre: también dimitió Francisco Castellanos de la Garza, entonces jefe de Recuperación de Vehículos Robados. Lo acusaron de extorsión, tortura, venta de drogas y violencia sexual. Según la prensa, los delitos los había cometido en las islas Marías, en Almoloya de Juárez y en otros penales que Castellanos había dirigido.

“Los medios estaban buscando basura del gobierno y la encontraron en los jefes policiales”, me dice Bejarano, que en esa época era director general de gobierno. Después acudo a la hemeroteca, donde encuentro que el 12 de febrero de 1998 renunció otro mando: Salvador López Portillo, entonces subsecretario de Seguridad Pública. Hay notas donde se asegura que participó en el Halconazo. En un reporte de Reforma se dice que desertó por diferencias con Rodolfo Debernardi, el teniente coronel retirado al que Cárdenas le confió la policía. Pero alguien me dijo que a López Portillo lo inhabilitaron por su relación con La Hermandad, la mafia policial.

–¿Y por qué no hicieron nada contra La Hermandad? ¿Tan poderosa era? –le pregunto a Cárdenas.

–No creo que haya sido tan poderosa. Y si es que existía, porque primero pondría esa condicionante, tampoco enseñaba las cosas malas que hacía.

–Siempre se ha dicho que es una caja chica del gobierno. ¿No la vio operar?

–Caja chica para ellos mismos y, en esos casos, no se da recibo.

A López Portillo lo sustituyó Héctor Careaga Entrambasaguas, un general que en mayo de 1998 fue acusado de haber participado, 30 años antes, en la matanza de Tlatelolco. “En cuanto supimos que Careaga había sido parte del Batallón Olimpia le dije a Samuel que esa gente no podía estar en mi gobierno y le pedimos su renuncia”, me platica Cárdenas. Careaga se justificó en ese entonces: “En el ‘68 yo era un oficial subalterno, pertenecí yo, pertenecieron otros 700. Nosotros no sabíamos ni por qué era el Batallón Olimpia. Cumplíamos órdenes y se acabó”.

–¿Y por qué no hicieron nada contra La Hermandad? –le pregunto a un excardenista mientras caminamos frente al edificio de la policía en la Zona Rosa.

–Porque siempre tuvimos el tiempo político en contra, y la policía lo que necesita es una reforma estructural, y eso lleva mucho tiempo. La propuesta fue contener a los jefes de sector, que eran los jefes de la mafia, y para contenerlos se nombró a Debernardi, que, si no era uno ellos, sí parecía serlo. Las sospechas de que protegía a La Hermandad, el operativo que ordenó en contra de los niños que vivían en las alcantarillas de la Alameda y las declaraciones que hizo acerca de que “aún no nacía quien pudiera terminar con la delincuencia” habrían sido suficientes razones para echar a Debernardi de la policía. Pero no. Debernardi renunció hasta octubre de 1998, cuando se le vino encima el caso de los nueve integrantes de la Policía Montada de Tláhuac que violaron a tres jovencitas. La menor de ellas tenía 13 años.

Quien sustituyó a Debernardi fue Alejandro Gertz Manero, el actual fiscal general, cabildeado por obra y gracia de Ricardo Monreal y de Julio Scherer, el exconsejero jurídico de Presidencia que ahora se dice perseguido de Gertz. En aquel tiempo, Gertz todavía no trabajaba para Fox ni ocupaba la rectoría de la UDLA-Ciudad de México. Era un abogado que había participado en la Operación Cóndor en los años setenta. “Gertz se la pasó más tiempo peleándose con Del Villar que con los mandos”, me cuenta Bejarano. “Por eso no se pudo hacer nada contra La Hermandad.”

–¿Por qué no hicieron nada contra La Hermandad? –pregunto a Rosario.

–Yo sí me enfrenté a ella. ¿No te acuerdas de los paros y bloqueos que me hicieron? Y muchos los hacían porque, junto con Samuel, empezamos a golpear a los comandantes por la vía jurídica. Samuel identificó a 14 comandantes de La Hermandad que jineteaban los recursos públicos. Los hubiéramos arrestado, pero el problema fue Gertz: nunca quiso que se tocara a sus comandantes y su enfrentamiento con Samuel se agudizó.

Imagen portada: Archivo

https://www.milenio.com/politica/el-dia-que-cuauhtemoc-cardenas-llevo-la-mezclilla-al-poder

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor

// Staff

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