Por José Jaime Ruiz
Horas o días, la presidencia de Guadalupe Taddei en el Instituto Nacional Electoral es insostenible. En El manual del ciudadano contemporáneo, Ikram Antaki escribió: “Vivimos cambios, pero los cambios no son forzosamente progresos. Es bueno saber oponerse a lo que cambia en mal; el cambio puede ser una decadencia”. La decadencia de Taddei es administrativa, por su corrupción; política, el cambio del automóvil electoral como reversa; pasional, si los audios que la implican en una relación con su proveedor favorito e incómodo resultan verídicos. El INE y Taddei sí se tocan y vaya que se tocan.
Un INE vulnerado vulnera las elecciones de 2027. Por eso la crisis propiciada por Guadalupe Taddei no puede ni debe ser la crisis del instituto. Uno de los problemas fundamentales de la Cuarta Transformación es el error de diseño, como en el Poder Judicial, la Fiscalía General de la República o los organismos autónomos que dejaron de serlo. En el caso del INE, una presidencia vertical y autoritaria fracasó en la práctica: demasiado poder frente a sus pares consejeros; la minimización de la deliberación cruzada al suprimir requisitos de ratificación para nombramientos de primer nivel; concentración unilateral del poder administrativo. El diseño de la presidencia superpoderosa auguraba fracaso y corrupción.
Uno de los fundamentos del instituto es ser creíble y, por tanto, proporcionar certeza administrativa, política y electoral. Taddei dinamitó todo, la fortaleza del instituto se debilitó, la propiedad privada de los recursos públicos del INE fue la marca de Taddei, quien despojó al instituto de representatividad y legitimidad. El instituto diseñado por la 4T es un fracaso. Este INE sí se toca y, por tanto, Guadalupe Taddei se larga. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no debe ofrecerle un manto de impunidad. Sería, al lado de los 17 impresentables de Morena a las gubernaturas, otro gran error.
“Estoy tomando video a la reina», le dijo el proveedor Hernández Casillas a una Guadalupe arreglada con un vestido largo, azul turqués. “Ay, ¡cómo eres Alfredo!”, se deshace Taddei ante el halago. “¡París a tus pies, chamaquito!”, exclama el proveedor a un hijo de Taddei en la Ciudad Luz bajo los efectos de champange en una suite de realeza. Lenguaje monárquico que agravia, que insulta: “Es bueno saber oponerse a lo que cambia en mal; el cambio puede ser una decadencia”. Nunca lo duden.



