El economista y académico Bernardo González-Aréchiga decidió alejarse del presente para imaginar futuros posibles: ciudades habitadas por humanos biológicos, ciborgs, mutantes y formas de vida no orgánica; publica MILENIO.
Su primera novela, Testigo anticipado. Crónicas perdidas desde los umbrales del tiempo (Universidad Autónoma de Nuevo León) explora la transición del pensamiento humano en la era de la inteligencia artificial.
“Llega el momento en que uno tiene que escoger el lenguaje para comunicarse. He publicado de muchos temas, pero llegué a la conclusión de que había cosas que no podía decir utilizando el lenguaje académico tradicional. Por eso pensé que la mejor forma de comunicar este momento histórico era a través de una novela”, dice a MILENIO.
Martín Möbius, científico cuántico, recorre 13 ciudades del futuro, entre 2035 y 2350, y se enfrenta a nuevas formas de inteligencia, dilemas ambientales y transformaciones de la condición humana.
“Esta es una novela de ciencia ficción, pero no ocurre en naves espaciales ni se trata de la conquista del espacio. Es un personaje que visita ciudades del futuro, entre los años cercanos a 2350 para preguntarse cómo se transformó la vida de las personas con la inteligencia artificial pero en general con la tecnología que es el vehículo de la inteligencia”, explica.
La novela plantea escenarios atravesados por guerras, crisis ambiental y deshumanización, pero también por esperanza.
“La premisa es que todo lo que hacemos en el presente cambia el futuro. Ese es el mensaje que, a final de cuentas, busco transmitir. ¿Qué significa? Que si la humanidad, a través de los años, va tomando ciertas decisiones, se genera una pauta de futuro; pero no de un futuro único, sino en construcción. Al final de cuentas, es una utopía disfrazada de tragedia, donde hay una profunda confianza en que la humanidad busca soluciones, pero también una conciencia de que estamos en un punto de quiebre. Estamos viviendo una crisis ambiental y tecnológica importante que nos abre enormes posibilidades”, comenta.
La infósfera
El autor dice que hoy nos preguntamos si la inteligencia artificial tiene conciencia, “pero la novela hace una pregunta distinta: si podemos trasladar nuestra conciencia a los entornos digitales, incluso si podemos proyectar nuestra vida más allá de la experiencia orgánica. Imagínate que desmaterializamos el cuerpo para ahorrar energía de una gran cantidad de personas y ahora esas personas viven en un metaverso, en un mundo digital sin cuerpo. Esto puede darles una libertad que hoy ni siquiera nos imaginamos”.
En Testigo anticipado, la humanidad también atraviesa guerras y procesos de disminución y destrucción de la base genética de una población.
Además, González-Aréchiga habla de la infósfera, concepto que relaciona con el universo de conocimiento que nos rodea, “lo que nos va a permitir preservarnos como humanidades y nunca perder el toque humano es no perder ese contacto con lo que somos, con el libro y sus múltiples manifestaciones digitales. Y, finalmente, no perder eso, sino que nos transforme”.

Sobre su preocupación por el futuro de México, explica: “Soy regiomontano, entonces buena parte de mi preocupación es qué le va a pasar a Monterrey, cómo se va a reinventar. Esta historia del Monterrey postindustrial, de una ciudad que redescubre sus raíces, que vuelve a encontrarse con ese entorno semidesértico, donde hay poca agua, pero finalmente viene de una riqueza ecológica muy importante y probablemente sea el futuro menos tecnológico; pero es un futuro profundamente humano”.
El autor advierte: “Si vemos las estadísticas, nuestro país está muy atrás en el uso de la tecnología digital actualmente. Muy pocas personas utilizan la inteligencia artificial. Todos hablamos de ello, pero pocas personas realmente la utilizan. Tenemos en nuestras manos la oportunidad de cerrar la brecha y construir esta autonomía tecnológica, con una suficiencia mayor en el manejo de la tecnología. Es un llamado y una oportunidad que no podemos desperdiciar”.
Si pudiera viajar al futuro como su personaje, asegura que le gustaría saber qué sienten, “cómo dialogan, cómo se vinculan con las personas con las que conviven, independientemente de que tengan órganos cibernéticos en el cuerpo, que sean robots, cyborgs o personas totalmente digitales. A mí me gustaría sentirlos: cómo sienten el mundo, erradicaron el miedo, viven con calma; tienen confianza en lo que va a brindar el planeta a sus hijos. Cómo nosotros, como humanidad, construimos un mundo en el que van a habitar nuestros hijos y nuestros nietos”.
Para el economista, escribir la novela también significó liberarse de su trabajo como académico: “Realmente me encantó, porque finalmente haces preguntas distintas y ves cosas diferentes. Hay una frase que me gusta mucho y creo que se aplica: ‘La diferencia entre la ciencia ficción y la realidad es que la ciencia ficción debe tener sentido’. Tienes que construir un mundo completo, un mundo que se soporte a sí mismo, que tú digas: ‘Sí, puede existir’, eso me parece un reto muy bonito y me ha cambiado la vida”.
González-Aréchiga dice que es su primera novela, pero no la última: “Voy avanzando en otras cosas, porque ¿sabes qué pasa muy interesante? Cuando los personajes te empiezan a hablar, los tienes que escuchar. Se convierten, en muchos sentidos, en una presencia, en una exigencia. Sientes que te buscan, te hablan, te exigen, que te sugieren. Entonces, al final, es una forma de ver el mundo. Tengo una pasión y seguiré trabajando por ahí”.
Imagen portada: Especial / MILENIO
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