La piel más cotizada

Las infames comparaciones coloristas dejan de ser un juego para convertirse en una manera de ordenar y disciplinar a las personas. En México, el color de la piel todavía funciona como una especie de código social no escrito. Determina oficialmente quién puede entrar a un lugar, vivir en una zona, conseguir un empleo o sentarse en determinada mesa.
AguaQuemada

septiembre 24, 2026

Por Joaquín Hurtado

Hay un momento aparentemente inocente en la infancia en que dos hermanos juntan los brazos para comparar sus tonos de piel. Preguntan quién es más moreno, quién es más blanco. Se ríen, acercan los antebrazos a la ventana, bajo la luz directa buscan la diferencia como quien compara dos lápices de colores. ¿Qué tan cerca o qué tan lejos estás del codiciado tono triunfador?

Una tía-abuela que murió virgen sólo mimaba y reconocía como suyos a los sobrinos y nietos más güeros. Hacía gestos de desprecio, medio en broma medio en serio, a los infelices que habíamos heredado tonos epidérmicos menos cotizados. Los mestizos vinimos a contaminar al clan familiar con una imperdonable impronta genética, y ese crimen nos lo recordaba ella continuamente. Nunca nos perdonó la degradación racial que llegó con nuestra sangre, venida como intrusa a usurpar un linaje y un apellido castizo.

Las infames comparaciones coloristas dejan de ser un juego para convertirse en una manera de ordenar y disciplinar a las personas. En México, el color de la piel todavía funciona como una especie de código social no escrito. Determina oficialmente quién puede entrar a un lugar, vivir en una zona, conseguir un empleo o sentarse en determinada mesa.

El racismo cotidiano ya no llega con uniformes o decretos oficiales. No siempre grita ofensas. Muchas veces sonríe, hace bromas, baja la voz o pregunta con aparente curiosidad de dónde viene alguien. Se disfraza de gusto personal, de costumbre, de estética, de humor regional. Por eso resulta tan difícil señalarlo, se presenta como algo normal.

Recuerdo el reciente caso de una discoteca de San Pedro NL, que impidió la entrada a un joven moreno porque los propietarios lo perfilaron racialmente como indeseable. Los administradores justificaron la discriminación alegando políticas internas para conservar una determinada apariencia entre sus clientes. El argumento se formuló en términos de estética, ambiente o imagen de un lugar privado. ¿Pero, qué clase de belleza necesita excluir a determinadas personas para sentirse bien representada?

La escena adquiere una dimensión casi absurda si imaginamos que los regenteadores del establecimiento poseen una tabla privada de tonos de piel que quizá ni ellos mismos satisfagan, tabla de colores epidérmicos elaborada arbitrariamente, mediante la cual deciden quién corresponde a la imagen deseada y quién no. Parece una caricatura, pero el racismo tiene precisamente esa capacidad: convertir una construcción social violenta en una regla ridícula que después se presenta como natural.

El tono de piel deja entonces de ser una característica física y se convierte en una jodida credencial. Hay cuerpos que parecen adecuados para ciertos espacios y cuerpos que, sin haber cometido ninguna falta, son considerados fuera de lugar. La puerta del establecimiento funciona como una frontera diminuta de una estructura mucho mayor.

Algo semejante ocurre con palabras como “chiriwillo”, utilizadas aquí para nombrar despectivamente a personas foráneas asociadas, además, con determinados tonos de piel y rasgos indígenas. La palabra puede pronunciarse entre risas, como si fuera apenas una ocurrencia regional, pero su función social es bastante más seria: marca al otro, colocarlo abajo y recordarle que no pertenece completamente al territorio simbólico de quienes son nativos y tienen más derechos que los advenedizos.

Que esa fea palabra sea repetida durante años no la vuelve inocente. Al contrario: la repetición puede hacerla más peligrosa porque consigue que deje de percibirse como insulto. En las redes sociales esto se multiplica al infinito. Un comentario racista escrito desde el anonimato puede alcanzar miles de lectores y convertirse en una escuela informal de desprecio.

Aquí aparecen los micro-racismos: no necesariamente son grandes discursos de supremacía racial ni declaraciones explícitas de odio al modo trumpista. Son gestos, palabras, preferencias, sospechas y exclusiones que, acumulados, refuerzan una sociedad muy injusta, donde algunas personas entienden desde pequeñas que su apariencia vale menos que la de otras.

El prefijo “micro” puede resultar engañoso. No significa necesariamente que sus efectos sean pequeños. Se refiere más bien a la escala cotidiana del comportamiento. Un comentario aislado puede parecer insignificante. El problema aparece cuando miles de comentarios, miradas, puertas cerradas, bromas y criterios estéticos producen una experiencia repetida de inferioridad.

¿Por qué alguien discrimina, qué obtiene al reporducir una discriminación que también podría afectarlo? ¿Qué busca una persona que, perteneciendo a una población históricamente vulnerable, adopta las mismas categorías que podrían utilizarse contra ella?

Una posibilidad es que esté comprando un pequeño boleto de entrada a la jerarquía del prestigio y la supervivencia. “Si no puedo ser quien está arriba, quizá pueda convencerme de que al menos estoy por encima de alguien con piel impresentable”. El mecanismo es redondo: una sociedad desigual puede ofrecer a los grupos subordinados pequeñas posiciones de superioridad para que la desigualdad general se siga reproduciendo.

No significa que cada persona que utiliza un insulto racial esté conscientemente defendiendo una estructura de explotación. Sería demasiado sencillo y, además, poco útil. Las conductas discriminatorias también pueden reproducirse por hábito, presión del grupo, ignorancia, deseo de pertenecer o simple repetición. El racismo cultural no necesita una conspiración permanente para sobrevivir.

Pienso en las causas históricas. Detrás de esta jerarquización cotidiana hay una nostalgia, consciente o inconsciente, por un orden social en el que los pobres, los indígenas, la masa proletaria y los recién llegados ocupaban lugares claramente inferiores. El México de los hacendados y terratenientes del siglo XIX y XX no desapareció por completo de la imaginación social solamente porque hubo una Revolución armada.

La riqueza puede convertir el color de piel en una especie de señal de estatus. No porque la piel determine la clase social, sino porque determinadas clases sociales han estado históricamente asociadas con determinados fenotipos. 

Así se construye una especie de tabla invisible. Nadie la imprime en una pared, pero muchas personas parecen conocerla perfectamente bien, como aquella tía abuela. Aquí están los cuerpos aceptables; allá los sospechosos. Aquí los que representan elegancia; allá los que deben demostrar que merecen un trato digno. Aquí los locales; allá los “chiriwillos”. Aquí solo mandan quienes pueden definir la estética; allá quienes son convertidos en objeto de esa definición.

Muchas veces quienes participan en esta clasificación ni siquiera se consideran racistas. El racista contemporáneo puede decir que solamente tiene “gustos” personales, que prefiere determinado tipo de gente, que está haciendo una broma o que así habla todo el mundo. La discriminación encuentra entonces una nueva coartada: ya no afirma una superioridad racial, afirma una preferencia personal.

Por eso resulta importante hablar de estos comportamientos sin convertir la discusión en una cacería moral. Denunciar el racismo no consiste solamente en encontrar al villano de turno. Hay que reconocer los mecanismos mediante los cuales una sociedad clasifica seres humanos, y olvida que fue ella misma quien inventó las categorías.

Las redes sociales añaden una dificultad adicional: el anonimato permite lanzar insultos que quizá jamás se pronunciarían frente a la persona agredida. También existen límites institucionales. No toda expresión racista encaja fácilmente en una figura sancionable, y no todo acto discriminatorio llega a denunciarse. Entre la experiencia de quien sufrió la exclusión y la posibilidad de obtener justicia existe, muchas veces, un enorme vacío legal.

Por eso hablar de micro-racismos es necesario. No para inflar cada incidente hasta convertirlo en una tragedia nacional, sino para aprender a reconocer la materia pequeña con la que se construyen las grandes desigualdades. 

Aún veo escenas donde la gente se compara entre sí el tono de piel, incluso lo hace con sus propios hijos. ¿Quién es más blanco, quién más moreno? Pero en el fondo de esa inquietud aparece una cuestión más preocupante: ¿por qué seguimos creyendo que esa diferencia debería significar algo? 

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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