El fracking tiene una característica que lo acompaña desde hace décadas: provoca tantas preguntas como expectativas. Para unos, representa una posibilidad para aprovechar el gas no convencional que permanece atrapado en formaciones rocosas de baja permeabilidad; para otros, entraña riesgos ambientales y sociales que obligan a mantenerlo bajo escrutinio; publica MILENIO.
En México, la discusión ha vuelto a tomar fuerza por el potencial de regiones como la Cuenca de Burgos, particularmente en Tamaulipas, donde autoridades, empresas, investigadores y académicos se ha reunido para revisar qué se sabe, qué se cuestiona y qué tendría que ocurrir antes de tomar una decisión.
Un foro, realizado en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT), Campus Zona Sur, reunió durante seis horas a representantes de empresas como Jaguar, SLB y Wood Mackenzie, especialistas, autoridades, académicos y estudiantes.
Ahí, la pregunta de fondo no fue solamente si México tiene gas no convencional. Fue otra: ¿qué tan preparado está el país para estudiarlo, evaluarlo y, eventualmente, decidir qué hacer con él?
Gobirish Mireles, subsecretario de Hidrocarburos, de la Secretaría de Desarrollo Energético de Tamaulipas, planteó que el debate debe pasar primero por el conocimiento y la evidencia.
“Hay que analizarlo antes”, sostuvo.
Tamaulipas aparece en el centro de esa discusión por su potencial energético. Las cuencas de Burgos, Tampico-Misantla y el Cinturón Plegado Perdido forman parte de los recursos de la entidad.
“Agua Nueva y Pimienta son campos con atributos geológicos similares a Eagle Ford, una de las referencias internacionales más importantes en el desarrollo de los no convencionales. Por eso, más allá de la posición privilegiada, hay un potencial para impulsar desarrollo tecnológico, generación de empleos especializados y crecimiento económico para las próximas décadas”, destacó Mireles.
Pero antes de hablar de aprovechar ese potencial, el foro puso sobre la mesa siete mitos alrededor del fracking.
Mito 1: el fracking contamina los mantos acuíferos
Esta es una de las principales preocupaciones alrededor de la fractura hidráulica: que los líquidos utilizados durante el proceso lleguen hasta las fuentes de agua dulce.
Los especialistas que participaron en el foro señalaron que los pozos se construyen con mecanismos destinados a aislar las formaciones de agua dulce y proteger la integridad del subsuelo.
El proceso comienza con la perforación hasta alcanzar la profundidad objetivo. Después, el pozo puede desviarse horizontalmente para aumentar el área de contacto con la formación que contiene los hidrocarburos.
El pozo se reviste con capas de acero y cemento, mientras que la operación incorpora sistemas de entubado, cementación, análisis de presión y monitoreo.
José Gregorio González Daza, director de Proyectos Estratégicos de SLB, explicó que la seguridad depende en buena medida del diseño y construcción del pozo y de la verificación permanente de sus condiciones.
“La preocupación por el agua es legítima, es uno de los recursos más valiosos para cualquier sociedad y su protección debe ser una prioridad en toda política energética responsable. En los temas técnicos, la seguridad depende fundamentalmente del diseño del pozo, su cementación, entubado y de la verificación constante de la mecánica”, aclaró.
El planteamiento de los especialistas, sin embargo, no es que la actividad carezca de riesgos.
“No se trata de romper la tierra sin control, es un proceso altamente especializado, diseñado bajo criterios técnicos y científicos que incluyen estudios geológicos, análisis de presión, sistemas de cementación y entubado, monitoreo permanente y mecanismos de verificación durante cada etapa de evaluación. Como cada industria a gran escala tiene riesgos y deben considerarse con seriedad”, apuntó González Daza.

Mito 2: para hacer fracking se necesita agua dulce
Otro de los cuestionamientos recurrentes tiene que ver con la cantidad y el tipo de agua que requiere el procedimiento. La explicación expuesta durante el foro parte de un principio: el agua destinada al consumo humano tiene prioridad.
Eso abre la puerta al uso de distintos tipos de agua en las operaciones, dependiendo de las características técnicas que requiera el proceso.
Entre las opciones mencionadas están aguas tratadas, salobres, desalinizadas e incluso aguas de formación o CO2, siempre sujetas a las características que demande el equipo utilizado.
La discusión, por tanto, no se reduce a cuánto líquido utiliza un pozo, sino también a qué tipo de agua se utiliza, cómo se maneja y qué posibilidades existen para reutilizarla.
La evolución tecnológica de la industria ha incorporado precisamente sistemas de reciclado y reutilización del agua, además de automatización y herramientas digitales.
Mito 3: el fracking provoca grandes terremotos
Los sismos forman parte de la lista de temores asociados con la fractura hidráulica.
Durante el encuentro se abordó la relación entre la actividad y la sismicidad, con referencias al Servicio Sismológico Nacional (SSN).
La explicación presentada señaló que las magnitudes asociadas a las operaciones alcanzan un máximo de 4 grados en la escala Richter, con niveles que fueron comparados durante el foro con los relacionados con actividades de la industria convencional o el paso de tráfico pesado por una vialidad.
La recomendación planteada por los especialistas es medir la actividad sísmica antes de avanzar en el desarrollo de un pozo.
La lógica es sencilla: primero conocer la línea base, después operar y mantener vigilancia durante el proceso.
Mito 4: el fracking consiste en inyectar grandes cantidades de químicos peligrosos
La palabra “químicos” suele ocupar un lugar central en las críticas al fracturamiento hidráulico. En el foro se explicó que la mezcla utilizada está compuesta principalmente por agua y arena de sílice, mientras que los aditivos representan una proporción menor.
De acuerdo con lo expuesto, pueden utilizarse aditivos para controlar microorganismos y ajustar el pH, entre otras funciones. La cifra planteada durante la exposición fue de hasta 5 por ciento de aditivos, frente a alrededor de 90 por ciento de agua y arena de sílice.
Pero nuevamente aparece un elemento que los propios especialistas colocaron en el centro del debate: el riesgo no desaparece por ser menor.
La discusión, señalaron, debe incluir qué sustancias se utilizan, en qué proporciones, cómo se manejan y bajo qué mecanismos de control.
Mito 5: si existe fracking, no se puede controlar la contaminación por metano
La extracción de hidrocarburos también implica otro desafío: las fugas de metano. En este punto, los participantes reconocieron que se trata de un riesgo que debe formar parte de cualquier evaluación.
La discusión, por tanto, no fue presentada como una negación de las emisiones, sino como un asunto de prevención, detección y reparación.
González Daza señaló que existen tecnologías destinadas a fortalecer el control de emisiones, entre ellas cámaras de imagen óptica de gas, monitoreo aéreo y satelital, sensores continuos y programas de detección y reparación de fugas.
“Existen tecnologías y protocolos capaces de fortalecer significativamente el control de emisiones: cámaras de imagen óptica de gas, monitoreo aéreo y satelital, sensores continuos y programas de detección y reparación de fugas, que permitan identificar emisiones en etapas tempranas y remediar de manera inmediata”, dijo.
El punto de fondo es que una eventual decisión sobre los no convencionales tendría que considerar no sólo cuánto gas puede extraerse, sino cómo detectar, prevenir y atender sus impactos.
Mito 6: extraer gas no convencional sigue siendo demasiado caro
Hace dos décadas, desarrollar un pozo de gas no convencional podía alcanzar los 20 millones de dólares. En el foro se expuso que actualmente el costo de desarrollo apenas alcanza los 9 millones de dólares.
La diferencia refleja uno de los grandes cambios que ha experimentado esta industria: la tecnología ha permitido modificar procesos, mejorar operaciones e incorporar herramientas digitales que buscan hacer más eficiente la extracción.
La evolución comenzó mucho antes de la inteligencia artificial.
La fractura hidráulica tiene antecedentes en 1930, en Texas, cuando se desarrolló una técnica mediante la inyección de ácido en el pozo. A partir de 1950 se incorporó el uso de agua y, décadas después, la combinación con pozos horizontales y direccionales permitió ampliar el desarrollo de los recursos no convencionales.
Hoy, a esa cadena de innovaciones se suman automatización, reciclado de agua e inteligencia artificial.

Mito 7: el Estado tendría que asumir todos los costos y riesgos
El último de los grandes puntos de discusión tiene que ver con el dinero. La posibilidad de desarrollar gas no convencional plantea una pregunta adicional: ¿quién debe pagar por la exploración y asumir los riesgos de los proyectos?
La postura planteada durante el foro es que la participación privada puede reducir la carga financiera directa del Estado, mientras el gobierno establece las condiciones regulatorias, fiscales y técnicas.
“El estado no debe estar asumiendo todos los costos y riesgos, puede centrarse en generar viabilidad, captar valor económico y mitigar el riesgo, creando las condiciones para que cualquier proyecto sea factible y responsable con reglas claras, certeza jurídica, supervisión técnica, mecanismos fiscales adecuados y garantías de que el valor generado se traduzca en beneficios económicos para la población”, mencionó Mireles.
La discusión económica, por tanto, está vinculada con otra pregunta: qué beneficios obtendría México y bajo qué condiciones.
Estados Unidos, Argentina, China y Emiratos Árabes: cuatro caminos para mirar el futuro
El debate mexicano ocurre mientras otros países han desarrollado durante años tecnologías y modelos distintos para explotar formaciones de baja permeabilidad.
Estados Unidos concentra uno de los mayores avances en la extracción de estos recursos y ha modificado constantemente sus tecnologías y procesos.
Argentina ofrece otro ejemplo con Vaca Muerta, donde la infraestructura y las capacidades técnicas y tecnológicas se han combinado para desarrollar los recursos de la región.
China ha avanzado en la caracterización del subsuelo, la integración de inteligencia artificial, la formación geofísica, los modelos predictivos de producción y herramientas de aprendizaje automático.
En los Emiratos Árabes Unidos, la innovación se ha concentrado, entre otros aspectos, en optimizar trayectorias y parámetros de perforación mediante inteligencia artificial, reducir el consumo y mejorar el manejo del agua, así como desarrollar tecnología nacional mediante alianzas.
Para Tamaulipas, estas experiencias representan una posibilidad de aprendizaje, pero también una advertencia: conocer primero antes de perforar.
“¿Después de revisar estos mitos, tenemos la capacidad de estudiarlos, evaluarlos y tomar decisiones con base en evidencia?”, preguntó Mireles a los participantes.

La discusión no termina con los siete mitos
La posibilidad de sumar recursos a las reservas nacionales convierte a Tamaulipas en una pieza importante de la conversación energética.
Pero la conclusión planteada en el foro no fue que México deba desarrollar inmediatamente sus campos de gas no convencional.
Fue otra.
“No se trata de desarrollar primero y evaluar después, es conocer primero, medir, investigar, establecer líneas base, identificar riesgos, definir las tecnologías adecuadas, las reglas claras y entonces, con la evidencia suficiente, decidir”, externó Mireles.
Y ahí está el verdadero debate.
“Desmitificar no significa minimizar los riesgos, sino ponerlos en su verdadera dimensión para poder gestionarlos; reconocer el potencial no asume que inmediatamente debe desarrollarse un campo o pozo, sino que un país debe reconocer sus recursos, tener sus opciones y contar con información necesaria para tomar decisiones soberanas sobre su futuro energético”.
El fracking, así, dejó de ser solamente una discusión sobre perforar o no perforar.
En México, el debate que comienza a tomar forma es más amplio: cuánto gas existe, cuánto cuesta extraerlo, qué riesgos implica, qué tecnología puede reducirlos, quién debe asumirlos y qué tendría que hacer el país antes de decidir si esa riqueza permanece bajo tierra o comienza a explotarse.
Imagen portada: MILENIO
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