En medio del bosque de Ocoyoacac, en el Estado de México, entre el clima frío de la zona de esparcimiento conocida como La Marquesa y 150 hectáreas de flora silvestre, a no más de 50 minutos de la Ciudad de México, hay un reactor nuclear que no fue construido para fabricar armas, pero que está a punto de quedarse sin un experto que lo conozca a fondo, sepa operarlo y pueda transmitir a la siguiente generación los secretos que durante décadas mantuvieron vivo uno de los proyectos científicos más singulares del país; publica MILENIO.
De acuerdo con la investigación de MILENIO, el TRIGA Mark III, nombre oficial del reactor de investigación de tipo piscina con núcleo móvil, permanece discretamente en ese lugar dentro de las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares (ININ). Su energía no está destinada a una guerra.
No fabrica armas ni forma parte de una carrera bélica: su tecnología ha servido para investigar materiales, producir radioisótopos, capacitar especialistas y desarrollar aplicaciones que terminan en hospitales, industrias, campos agrícolas e incluso en la conservación de códices antiguos.
Pero detrás de esa imagen de ciencia futurista digna de película hay una preocupación mucho más terrenal, según pudo constatar MILENIO. Quienes saben cómo funciona ese reactor están envejeciendo.
El Instituto que durante 62 años ha desarrollado tecnología nuclear para México enfrenta un problema que amenaza con ser más silencioso que cualquier reactor apagado: sus científicos están llegando a la edad de retiro, las plazas laborales ya no se abren y más de 20 actividades han tenido que abandonarse o perderse por falta de renovación del personal.
La edad promedio de los colaboradores del ININ rebasa los 65 años; muchos trabajadores están en posibilidad o condiciones de jubilarse y no hay contratación de nuevo personal. En consecuencia, esa veintena de actividades del Instituto se han tenido que abandonar o perder por falta de renovación de la plantilla.
El reloj del reactor sigue funcionando. Lo que comienza a detenerse es el relevo.
A 62 años de su fundación, el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares enfrenta así una paradoja: México logró construir conocimiento y tecnología para utilizar el átomo con fines pacíficos —desde combatir el cáncer hasta esterilizar alimentos y tratar quemaduras—, pero ahora corre el riesgo de no contar con suficientes científicos para conservar todo lo que aprendió.
¿Por qué un reactor puede permanecer en pie durante décadas? El conocimiento para operarlo, no. El átomo mexicano no se quedó sin aplicaciones. Se está quedando sin quien las continúe.

Servicios del ININ: de la salud a la industria
El ININ cuenta con una comunidad multidisciplinaria de más de 700 personas dedicadas a la investigación, desarrollo tecnológico e innovación en ciencias y tecnologías nucleares. Su trabajo abarca energía, salud, ambiente, industria, conservación del arte y protección radiológica.
A la fecha ofrece entre 60 y 70 servicios mediante técnicas nucleares para apoyar y beneficiar a la sociedad, sin ninguna orientación bélica, de acuerdo con lo establecido en el Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina, conocido como Tratado de Tlatelolco y firmado en 1967.
Entre los servicios más solicitados están la producción de radiofármacos, la radiación gamma, la calibración de equipos electrónicos, el tratamiento mediante piel de cerdo para quemaduras extremas en humanos y diversas aplicaciones en el campo y la agricultura.
La paradoja es que México sí construyó capacidades para dominar estas tecnologías. Lo que ahora está en duda es si tendrá los recursos para conservarlas.

El átomo que México decidió usar para la vida
La historia comenzó mucho antes de que el reactor de Ocoyoacac se convirtiera en una pieza de infraestructura científica.
En los años 50, los doctores Nabor Carrillo Flores y Manuel Sandoval Vallarta, dos científicos con visión de futuro, persuadieron al gobierno mexicano de que el átomo podía convertirse en un aliado.
Aquella convicción germinó en la Comisión Nacional de Energía Nuclear, creada en 1956, y posteriormente en el Centro Nuclear “Dr. Nabor Carrillo Flores”, inaugurado en 1972.
Mientras el mundo dividía su carrera científica entre investigación y arsenales, México tomó otra ruta. En 1967 firmó el Tratado de Tlatelolco, con el que América Latina quedó protegida frente al uso militar de la energía nuclear.
En México, por tanto, el uso militar de la energía nuclear está prohibido. Su desarrollo se ha concentrado en ámbitos como la energía, la salud, el medio ambiente, la industria y la protección radiológica, entre otros.
Nabor Carrillo había estudiado en la Universidad de Harvard, donde obtuvo el grado de maestro y doctor en ciencias. Posteriormente, estuvo al frente de la Coordinación de Investigación Científica de la Universidad Nacional Autónoma de México y fue rector de esa universidad entre 1953 y 1961.
En julio de 1964 se creó el Centro Nuclear y en 1972 la Comisión se convirtió en el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares.
“Este centro se empieza a construir el 3 de julio de 1964 y el Sindicato Único surge el 8 de septiembre de 1964 con profesionistas muy preparados y con gente muy crítica. Militantes del movimiento de 1968 llegaron a los centros de trabajo y al ININ con su experiencia, participación y lucha democrática”, explica en entrevista con MILENIO Carlos Guillén, secretario del Exterior del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear (SUTIN).
El proyecto científico mexicano había comenzado a tomar forma. Y no precisamente para construir bombas.
Del reactor a las venas de un paciente
El 8 de noviembre de 1968 comenzaron a funcionar el acelerador de partículas Tandem Van de Graaff y el reactor TRIGA Mark III.
De acuerdo con Luis Enrique Ledezma Fuentes, secretario adjunto del sindicato y colaborador del ININ, ambos fueron enfocados en la investigación científica alrededor del análisis de materiales, radioisótopos, física de neutrones y capacitación de especialistas.
“La planta de radiación gamma se echó a andar en 1980, y las instalaciones más recientes son las relacionadas con las aplicaciones a la salud que fueron instaladas en 1991 y tuvieron su auge en 2000”, describe a MILENIO.
Una vez constituido el ININ, se implementaron áreas de investigación básica aplicada, desarrollo tecnológico y servicios especializados, además de seguridad nuclear, seguridad radiológica y aplicaciones energéticas de la tecnología nuclear.
Una de sus principales fortalezas terminó siendo la medicina nuclear. Hoy el Instituto desarrolla y produce radiofármacos para tratamiento médico, especialmente contra el cáncer.
“Hoy se hace uso de equipos para las tomografías con la emisión de positrones con la finalidad de rastrear el crecimiento del cáncer en los pacientes y con ello ahondar en el diagnóstico y el tratamiento”.
La tecnología también se extiende al análisis de los patrones obtenidos de los pacientes. El ININ ha impulsado un software empleado en el desarrollo de equipos y computadoras para tomar decisiones a partir de esos patrones.
“Analizar los síntomas con la finalidad de que, si no está un médico cercano, el equipo tenga la oportunidad para generar un diagnóstico para dicha enfermedad. Los radioisótopos son generadores de tecnecio, que es inyectado en el paciente y recorre sus venas hasta llegar hasta donde está el cáncer y con ello dar certeza a los médicos; lo mismo pasa con las moléculas marcadas”.
El átomo, en esta historia, no destruye. Busca. Detecta. Y ayuda a tratar.
Piel de cerdo contra quemaduras
Otra de las aplicaciones está en el Banco de Tejidos Radioesterilizados (BTR).
Carlos Guillén Soriano explica que este banco permite utilizar apósitos elaborados con piel de cerdo para el tratamiento de quemaduras extremas en humanos, tanto en hospitales del sector público como privado.
A esa tecnología se suma el lápiz de plasma, utilizado para la cauterización rápida de heridas.
Su potencial, señala Guillén, puede ser especialmente importante ante la alta incidencia de pacientes diabéticos con lesiones, la falta de equipos en los hospitales del país, la pérdida de tiempos de curación y el ausentismo laboral.
“Con enfermedades como la diabetes, por ejemplo, muchas veces hay pérdida de miembros, pero con el lápiz la cicatrización puede ser muy rápida y, por ende, se evita una posible amputación. Hacer todo para tener un lápiz de este tipo en un hospital público implicaría un gasto o una inversión de 600 mil pesos”.
El lápiz térmico ya fue probado en distintos pacientes y clínicas del Estado de México para la curación y tratamiento de enfermedades de tercer grado.
“Se utilizó en el Centro Médico del Issemym (Instituto de Seguridad Social del Estado de México y Municipios) y disminuyó en tiempo la curación, pasando de 120 a 70 días, lo cual permitió mejorar la calidad de vida del paciente”, indica Ledezma Fuentes.

Una tecnología que puede reducir en semanas el tiempo de recuperación de un paciente tiene, sin embargo, el mismo problema que buena parte de las capacidades desarrolladas por el Instituto: mantener la infraestructura y a las personas capaces de operarla.
Una planta que también entra en las papas fritas
La energía nuclear mexicana tampoco se queda en los hospitales.
En la industria, el ININ trabaja en la inspección de materiales, radiografía industrial, control de procesos y esterilización de distintos instrumentos quirúrgicos mediante una planta de radiación gamma.
La tecnología también se utiliza para sanitizar alimentos, especies y condimentos que terminan formando parte de productos de consumo.
“Para esto anteriormente se utilizaban entre 5 mil y 6 mil toneladas al año, hoy la falta de presupuesto ha impedido contar con la cantidad necesaria de cobalto para realizar este tipo de radiación y sanitización de alimentos, especies y condimentos que son integrados a la producción, por ejemplo, de papas fritas, refrescos, instrumentación médica, guantes, equipo y demás insumos. Actualmente, son alrededor de 2 mil toneladas”.
El descenso es considerable: de entre 5 mil y 6 mil toneladas procesadas anualmente se pasó a alrededor de 2 mil.
No es falta de tecnología. Es falta de presupuesto.
Del agua contaminada a los códices
La fuerza laboral y la tecnología del Instituto también permiten desarrollar investigaciones y aplicaciones para la agricultura y el medio ambiente.
Entre ellas están el mejoramiento de cultivos, realizado junto con otras instituciones como el Instituto Internacional de Estudios del Agua, para la limpieza y purificación del líquido.
También están las técnicas isotópicas para identificar contaminantes en el medio ambiente mediante el uso de radón, el desarrollo tecnológico basado en plasmas y la generación y desarrollo de combustibles no contaminantes.
“El Instituto ha tenido convenios con otras instituciones académicas como la UNAM, el Politécnico, organismos como el Organismo Internacional de Energía Atómica, principalmente con desarrollos, aplicaciones y apoyos para la central de Laguna Verde para la generación de electricidad”.
Ledezma Fuentes sostiene que también se han desarrollado otros proyectos para el tratamiento y la medición de la contaminación, pero la falta de presupuesto ha obligado a frenarlos.
La inteligencia artificial tampoco ha quedado fuera. El Instituto ha incorporado su uso para la simulación y emulación de fenómenos, no solo relacionados con la contaminación.
Las aplicaciones llegan incluso al patrimonio histórico. Entre los beneficios aportados a la sociedad está el desarrollo de robots por parte de la central de Laguna Verde, que permiten trasladar materiales radiactivos.
La tecnología también sirve para sanitizar libros y códices antiguos que pueden ser carcomidos por el tiempo, gusanos o bacterias, así como para el estudio, mantenimiento y conservación de zonas arqueológicas.
Y está la electricidad.
“A la fecha, la central de Laguna Verde cuenta con dos reactores para la generación de electricidad y con ellos suministrar este insumo a entre 8 y 10 millones de viviendas en el estado de Veracruz”.
El abanico es amplio. Salud. Industria. Agricultura. Medio ambiente. Patrimonio. Energía.
El problema es que sostener todo eso también requiere una generación de científicos que aprenda de la que está a punto de retirarse.
El conocimiento se jubila
Ahí aparece el principal riesgo.
Esta infraestructura que parece salida de un cuento futurista —desde un lápiz de plasma capaz de acelerar la cicatrización hasta un banco de tejidos radioesterilizados con piel de cerdo para atender quemaduras extremas— enfrenta un problema mucho menos espectacular, pero quizá más peligroso para su continuidad.
Sus más de 700 científicos e investigadores incluyen a muchos trabajadores mayores de 65 años. El conocimiento está ahí. El problema es quién lo recibirá.
En los últimos 15 años, el presupuesto del ININ ha estado prácticamente congelado. El incremento que ha tenido se explica por la generación de recursos propios mediante los servicios que presta.
Este año, el presupuesto federal para el instituto fue de alrededor de 700 millones de pesos. Los ingresos generados por sus propios servicios ascienden a 450 millones de pesos.
“Las transferencias federales están congeladas y no se pueden atender las necesidades de la población si no se tienen los equipos, personal y recursos necesarios. No obstante, hemos salido adelante con lo que generamos, pero ese dinero se va a las arcas de la nación”, detallan.
El problema no es únicamente financiero. Carlos Guillén señala que México ha carecido de una política científica en general y que cada centro o universidad ha desarrollado investigaciones científicas por su cuenta.
A ello suma un cambio en la Ley General de Humanidades, Ciencia, Tecnología e Innovación, aprobada durante el sexenio pasado, cuando se retiró el apartado que establecía que un porcentaje del Producto Interno Bruto debía destinarse a ciencia y tecnología.
El resultado comienza a reflejarse en el ININ.
“Más de 20 actividades en el Instituto se han tenido que abandonar o perder por la falta y renovación del personal. La edad promedio rebasa los 65 años, con una buena parte del equipo humano en posibilidad o condiciones de jubilarse y no hay contratación de nuevo personal. Con esto se corre el riesgo de perder el conocimiento porque no hay a quién transmitirlo”.

La amenaza, entonces, no es que el reactor deje de funcionar mañana. Es que dentro de algunos años ya no haya suficientes especialistas para mantener vivo todo lo que México aprendió a hacer alrededor de él.
El mundo vuelve a mirar al átomo
El problema ocurre mientras otros países vuelven a apostar por la energía nuclear. Estados Unidos presume de una flota de más de 100 plantas nucleares. Francia genera 80 por ciento de su electricidad en reactores atómicos. India continúa creciendo en este campo.
Japón ha reanimado su industria después de los accidentes recientes. Y Alemania ha vuelto a poner sobre la mesa su apuesta nuclear después del freno aplicado durante el gobierno de Ángela Merkel.
México observa ese escenario desde una posición incómoda.
Tiene materia prima —uranio y cobalto— y posee un reactor de entrenamiento que, de acuerdo con Luis Enrique Ledezma, representa una joya que ni las grandes potencias tienen para formar personal.
Pero tener los recursos no significa tener autonomía. El país cuenta con la infraestructura, la experiencia y los especialistas. Lo que falta es convertir esas ventajas en una política de largo plazo.
México pudo liderar la carrera latinoamericana
En América Latina, el desarrollo nuclear comenzó prácticamente a la par entre Argentina y México.
La diferencia ahora es que los argentinos ya diseñan sus propios reactores, mientras México continúa dependiendo de un reactor de investigación que, aunque vital, no pasa de ser un centro de adiestramiento de primer nivel.
A través de los Acuerdos Regionales para la Operación Nuclear (ARCAL), el ININ se convirtió en una escuela para la región.
Estudiantes e investigadores de toda Latinoamérica, salvo Argentina y Brasil, llegan hasta este paraje de Ocoyoacac para formarse.
El contraste es evidente: México tiene experiencia suficiente para liderar, pero necesita el impulso político que le permita dar el salto definitivo.
Carlos Guillén lo resume al hablar de la creciente demanda energética mundial. La energía nuclear, sostiene, no puede quedar fuera de la discusión.
Las renovables, como la eólica y la solar, son necesarias, pero su dependencia del clima las convierte en aliadas frágiles frente a una red eléctrica que exige estabilidad.
Por eso insiste en que México necesita un programa integral donde la energía atómica tenga un lugar prioritario, no como sustituto de las renovables, sino como complemento estable.
No se trata de elegir una tecnología sobre otra. Se trata de tener suficientes piezas para que el sistema energético no quede incompleto.
Formar a un especialista puede tomar una década. Pero incluso con una política científica nueva, el problema no se resolvería de inmediato.
El conocimiento nuclear no se improvisa.
Luís Enrique Ledezma Fuentes añade que es muy caro formar especialistas y que no es sencillo encontrar a un operador de un reactor nuclear o a un doctor en Ciencias Nucleares con nivel del Sistema Nacional de Investigadores de México (SNIM) nivel I, II o III.
“Para operar un reactor nuclear son necesarios cursos de seguridad nuclear, seguridad radiológica, operación de reactor, tener un certificado emitido por la Agencia Internacional de Energía Atómica, entre otras cuestiones; lo que significa un promedio de 9 o 10 años aproximadamente. Para tener conocimiento especializado, incluye estudios paralelos de materia y doctorado para ser parte de una de todas las vertientes de la energía nuclear”.

México sí cuenta con una base educativa. El Instituto Politécnico Nacional, la UNAM, la Universidad Autónoma de Zacatecas y la Universidad Autónoma Metropolitana ofrecen licenciaturas relacionadas con las ciencias nucleares, con una duración promedio de cuatro a cinco años.
Pero terminar una carrera no basta. Los jóvenes que quieran trabajar en el ININ, en la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear (CNSNS) o en Laguna Verde deben acreditar certificaciones y cursos adicionales para manejar material radiactivo.
El camino entre un aula y un reactor puede tomar prácticamente una década. Y mientras los científicos que ya conocen el camino envejecen, las plazas para quienes deberían sustituirlos no llegan.
Una ventaja que puede quedarse en los archivos
México tiene ventajas que muchos países tardaron décadas en construir. Es autosuficiente en materia prima: cuenta con uranio y cobalto suficientes para la operación del ININ.
Tiene infraestructura. Tiene experiencia. Tiene científicos. Tiene un reactor de capacitación diseñado específicamente para formar a nuevas generaciones de especialistas, un activo que pocas naciones pueden presumir.
También tiene algo más difícil de cuantificar: décadas de conocimiento acumulado. Pero una ventaja científica solo existe mientras pueda mantenerse.
Si los especialistas se jubilan sin transmitir lo que saben, una parte de ese patrimonio desaparece con ellos. Por eso el diagnóstico se repite desde dentro del Instituto: hace falta una política científica integral.
También es fundamental apoyar a todos los institutos de investigación del sector energético, como el Instituto Mexicano del Petróleo, el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares y el Instituto de Energías Limpias.
El futuro del ININ no depende únicamente de mantener encendido un reactor. Depende de mantener encendida la cadena de conocimiento que permite utilizarlo.
Ledezma lo resume así: “La ciencia nuclear es la herramienta más poderosa que la humanidad ha forjado para proteger la vida, impulsar el conocimiento y resolver los problemas del futuro”.
Durante 62 años, México construyó una forma particular de relacionarse con el átomo: no como arma, sino como herramienta.
El reactor permanece en medio del bosque de Ocoyoacac. La tecnología sigue ahí.
Los radiofármacos siguen buscando células cancerosas; la radiación gamma sigue teniendo aplicaciones industriales; la piel de cerdo sigue ayudando contra quemaduras; los isótopos siguen sirviendo para estudiar contaminación; los robots siguen entrando donde un trabajador no puede hacerlo; los códices pueden ser preservados mediante técnicas que hace décadas parecían ciencia ficción.
Pero hay algo que ninguna máquina puede sustituir. Alguien tiene que saber cómo hacerlo.
Y esa es la verdadera carrera que México enfrenta ahora: formar a quienes recibirán el conocimiento antes de que una generación de científicos se jubile y se lleve consigo una parte de la memoria nuclear del país.
El átomo mexicano no necesita convertirse en arma. Necesita dejar de oxidarse.
Imagen portada: Especial / MILENIO



