Mary Shelley: ‘Frankenstein’ y su visión sobre la maternidad

La vida de Mary Shelley, marcada por la maternidad y la pérdida, permite acercarse desde otra perspectiva a la creación, el abandono y la reproducción en 'Frankenstein'.
AguaQuemada

agosto 31, 2026

Mary Shelley tenía apenas 18 años cuando comenzó a escribir Frankenstein o el moderno Prometeo, una novela que terminaría convirtiéndose en una de las obras fundamentales de la literatura de ciencia ficción y terror. Sin embargo, detrás de la historia del científico que consigue crear vida existe también una autora cuya propia vida estuvo marcada desde su nacimiento por la maternidad, la pérdida y la ausencia; señala MILENIO.

​¿Quién es Mary Shelley?

Mary nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Era hija de dos figuras fundamentales del pensamiento radical británico: el filósofo William Godwin y la escritora y filósofa Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer y precursora del feminismo moderno. Wollstonecraft murió pocos días después del nacimiento de su hija debido a complicaciones derivadas del parto, por lo que Mary creció sin conocer a su madre.

La ausencia materna sería una de las primeras grandes pérdidas de su vida, pero no la última. Mary Shelley también experimentaría la maternidad desde muy joven. En febrero de 1815 dio a luz a su primera hija, Clara, quien nació prematuramente y murió pocos días después. Posteriormente tuvo otros tres hijos: William, Clara y Percy Florence. Los dos primeros murieron durante la infancia, mientras que Percy Florence fue el único que llegó a la edad adulta.

En ese periodo, además, Shelley escribió su obra más famosa. Frankenstein comenzó a tomar forma en 1816, durante el célebre verano que Mary pasó en Suiza junto a Percy Bysshe Shelley, Lord Byron y John Polidori, y fue publicada en 1818. Las pérdidas y ausencias atravesaron la vida de la escritora y convivieron con su vocación literaria.

Mary W. Shelley retrato pintado por el artista irlandés Richard Rothwell en 1840. (Imagen: MILENIO)

Crear vida sin una madre

En Frankenstein, Víctor Frankenstein busca descubrir el secreto de la vida y termina creando una criatura a partir de restos humanos. Pero hay algo particularmente significativo en su experimento: no necesita a una mujer para hacerlo.

Víctor intenta producir vida sin reproducción sexual y, por lo tanto, sin la participación de un cuerpo femenino. Después de dedicar meses a construir su criatura, consigue darle vida, pero en el instante en que esta abre los ojos, Victor la rechaza y huye. La criatura queda sin madre, sin familia y sin alguien que asuma la responsabilidad de cuidarla.

Esta situación ha sido fundamental para la crítica feminista de la novela. La investigadora Anne K. Mellor sostiene que el proyecto de Victor puede leerse como el intento de crear un hijo sin una mujer y, con ello, eliminar la necesidad biológica de las mujeres para la reproducción. Desde esta perspectiva, las mujeres de la novela (Elizabeth Lavenza, Caroline Beaufort, Justine Moritz y la compañera que Victor intenta crear para la criatura) son desplazadas, silenciadas o destruidas.

La lectura resulta todavía más interesante porque Victor no solamente quiere crear vida: quiere controlar el proceso completo de creación.

Ilustración primera edición de ‘Frankenstein’ o ‘El moderno prometeo’ de Mary Shelley, publicada en 1818 en Londres. (Imagen: MILENIO)

La maternidad y el abandono en Frankenstein

Después de despertar, Víctor siente horror ante su creación y la abandona. La criatura debe aprender por sí misma a hablar, leer y comprender las relaciones humanas. Su tragedia no está únicamente en su apariencia, sino también en haber sido creado y posteriormente rechazado por la persona responsable de su existencia.

Entonces surge una pregunta sencilla, pero incómoda: ¿Qué responsabilidad tiene quien crea una vida sobre aquello que ha creado?

La crítica feminista Ellen Moers fue una de las primeras en analizar Frankenstein desde la experiencia de Mary Shelley con la maternidad. En su ensayo Female Gothic, incluido en Literary Women (1976), propuso leer la novela como una especie de “mito del nacimiento”, en el que la creación de la criatura puede relacionarse con los miedos y experiencias asociados al embarazo, el parto y la maternidad.

Esta lectura permite observar algo que suele perderse cuando la historia se reduce a la imagen del científico y su monstruo: Víctor ejerce el poder de crear, pero no asume el trabajo del cuidado.

Y mientras él intenta apropiarse de la capacidad de producir vida, las mujeres que aparecen en la novela suelen estar vinculadas con tareas de cuidado, protección y afecto, aunque tienen mucho menos poder para decidir sobre sus propias vidas.

Página del título ‘Frankenstein’ edición de 1818. (Imagen: MILENIO)

Cuando Víctor intenta crear a otra mujer

La cuestión de la reproducción vuelve a aparecer cuando la criatura le pide a Víctor que construya una compañera.

Víctor inicialmente acepta y comienza a crear un segundo ser, pero antes de terminarlo cambia de opinión. Teme que la nueva criatura pueda reproducirse y que ambas formen una nueva especie que amenace a la humanidad. Por ello, destruye el cuerpo que estaba construyendo.

La mujer que Víctor había creado queda sin voz y sin posibilidad de existir. Para la crítica feminista, este momento es especialmente relevante porque vuelve a mostrar cómo Víctor intenta controlar la reproducción: primero elimina la necesidad de una mujer para crear vida y después decide si una mujer artificial tiene derecho a existir y reproducirse.

Mellor interpreta estos episodios como parte de una crítica a la pretensión de dominar el orden natural de la reproducción. En su lectura, Frankenstein cuestiona qué ocurre cuando los seres humanos intentan ejercer un control absoluto sobre procesos que tradicionalmente han estado vinculados con la naturaleza y con el cuerpo femenino.

Mary Shelley también conoció la pérdida

Relacionar estos elementos con la vida de Shelley requiere cuidado. No puede afirmarse que Frankenstein sea simplemente una autobiografía ni que cada elemento de la criatura corresponda con una experiencia personal de la autora.

Sin embargo, su historia permite entender por qué las ideas de creación, nacimiento, pérdida y abandono tienen una resonancia particular en su obra.

Rachel Feder, en Cosechadora de corazones: la maternidad bajo el signo de Frankenstein, estudia precisamente Frankenstein y otras obras de Shelley a partir de sus experiencias con la maternidad y la pérdida materna. Feder señala que entre 1815 y 1820 Shelley escribió Frankenstein Mathilda, mientras atravesaba sus propias experiencias de embarazo, parto y pérdida de hijos.

La propia biografía de Shelley vuelve inevitable esa conexión. Su madre murió después de darle a luz; años más tarde, Mary se convirtió en madre y perdió a varios de sus hijos. La maternidad, por lo tanto, no fue para ella una idea abstracta, sino una experiencia atravesada por el amor, el nacimiento y el duelo.

Una autora que también estaba creando

Existe otra lectura que resulta especialmente interesante desde una perspectiva de género: mientras Víctor Frankenstein intenta convertirse en creador de vida, Mary Shelley se convierte en creadora de una historia.

La comparación no significa que Shelley se identificara literalmente con Víctor, pero permite observar una tensión importante: una mujer muy joven estaba produciendo una obra que terminaría transformando la literatura mientras vivía en una sociedad donde las mujeres enfrentaban fuertes restricciones para ser reconocidas como autoras.

La crítica feminista comenzó a recuperar con mayor fuerza a Shelley durante el siglo XX y convirtió Frankenstein en uno de los textos fundamentales para estudiar la relación entre género, ciencia, reproducción y poder. Shelley destacó como una de las escritoras que se abrió camino en un mundo intelectual dominado por hombres y cuya obra estuvo marcada por la herencia intelectual de su madre, Mary Wollstonecraft.

Incluso su propia condición de autora puede leerse a través de «la metáfora de la creación». En el prólogo de la edición de 1831, Shelley se refiere a Frankenstein como su “progenie”, una imagen que relaciona la producción literaria con la maternidad y que ha sido estudiada por la crítica especializada.

La historia de Frankenstein puede leerse más allá del científico que juega a ser Dios. También es la historia de una criatura que nace sin madre, de un creador que abandona aquello que produjo y de una sociedad en la que el poder de decidir sobre la vida y la reproducción está profundamente relacionado con el género.

Imagen portada: Especial / MILENIO

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Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor

// Staff

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