Pionera de pioneras, la periodista que convirtió la voz de los otros en memoria colectiva y registró los acontecimientos más determinantes del México del siglo XX no busca estatuas ni reconocimientos solemnes.
A sus 94 años, Elena Poniatowska prefiere algo mucho más humano: quiere que la recuerden simplemente como una “chaparrita jacarandosa, muy alivianada, muy movida y con una gran capacidad de amar a los demás”; publica MILENIO.
En la sala de su casa, resguardada tras estantes repletos de casi un siglo de historia, Poniatowska sonríe. El espacio evoca una de sus crónicas: fotografías familiares, cartas de lectores atesoradas con celo, libros apretados en los anaqueles y un penacho de la Danza de la Pluma traído de Oaxaca. Todo a su alrededor cuenta una historia. Y ella, con la generosidad de siempre, abre las puertas de su hogar para conversar en el podcast Pioneras, conducido por Claudia Solera, Cinthya Sánchez y Janis Mérida.
Nacida en París el 19 de mayo de 1932 bajo el nombre de Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial lo que redefinió su destino. En 1942 llegó a México, a la casa de su abuela materna, Elena Iturbe, ubicada en Berlín número 6, en la colonia Juárez.
Mientras su madre —la elegante y hermosa mexicana Paula Amor, inmortalizada en las páginas de Vogue— conducía ambulancias en el frente europeo y su padre, el príncipe Jean Poniatowski, combatía en las trincheras, la pequeña Elena buscaba el rostro del padre ausente en las pantallas de cine y las noticias. “Veía a los soldados en la batalla, entre las balas y los surcos, y pensaba que tal vez mi papá andaría por ahí”.
México, sin embargo, se convirtió en su verdadero refugio. El consuelo llegó envuelto en gestos cotidianos: en los vasos de jugo de naranja comprados en las esquinas —algo inexistente en París— que le hacían sentir “que te estaban regalando el sol”.
Aquí descubrió y se enamoró del sabor de los chilaquiles y los frijoles. Aprendió el español en la calle, entre los piropos de los albañiles que le gritaban “güerita”, y de la mano de Magda, su nana, quien le abrió de par en par las puertas del México popular, un territorio cálido donde comprendió que nadie podría sentirse solo. Le caían muy bien el afilador de cuchillos, el cilindrero, el nevero.
Esa sensibilidad hacia los más vulnerables corría por sus venas. Su abuela solía recoger de la calle a perros tullidos, tuertos o ciegos, e incluso fundó, junto con Isidro Fabela, la primera Sociedad Protectora de Animales en el país.

El periodismo como acto de empatía
En sus inicios, jamás imaginó que terminaría dedicada al periodismo. “Pensaba que no sería difícil ir a una casa, tocar la puerta y decir que quería hacer una entrevista”.
Sin embargo, Elena se convirtió en una de las primeras mujeres en dejar testimonio periodístico de los acontecimientos que marcaron la segunda mitad del siglo XX.
Con el tiempo, desarrolló un método propio para entrevistar basado en la inmersión y la calidez. Para ella, una conversación a profundidad exigía adentrarse en el territorio del personaje en cuestión: detallar la casa, cómo fluía la charla, a qué sabían el pan y el café que siempre ofrecían o si la esposa entraba a la habitación para ver qué sucedía.
La clave al estar frente al entrevistado radica en la empatía pura: “Toda la gente busca un oído atento”. ¿Se nace o se aprende a escuchar? “Creo que es algo que uno trae adentro: el interés por los demás. Tiene que haber una vocación genuina de servicio, un querer a los demás. Y yo quiero a los demás”.
Sin embargo, Elena advierte que el periodista no debe cargar con el dolor ajeno de forma paralizante, pues de lo contrario se frena y no avanza.

Durante esa época, Elena visitó con frecuencia el Palacio de Lecumberri. Acudía los domingos y jueves a conversar con los líderes estudiantiles del 68, sus madres y sus padres, guiada por Gilberto Guevara Niebla, Raúl Álvarez Garín y Luis González de Alba. “Incluso me ayudó un general, director de la cárcel, que me permitía llevar una grabadora”.
Aquella grabadora era un aparato pesado como un baúl, de carrete abierto. Siempre reutilizaba las cintas para otras entrevistas: “Así fue como perdí, por ejemplo, una conversación con Jorge Luis Borges”, lamento que conserva medio siglo después.

En esa grabadora se guardaron los testimonios de donde nacería su emblemático libro La noche de Tlatelolco, por el cual le ofrecieron el Premio Xavier Villaurrutia, uno de los galardones literarios más importantes del país, el cual rechazó.
“Dije que no, que ese libro no era para un premio. No puedes recibir un galardón sobre la muerte de otros, y menos si se trata de jóvenes”.
Aquella matanza del 68 resonó con una pérdida personal: en diciembre de ese mismo año, su hermano Jan falleció en un accidente automovilístico, sumiendo a su familia en un luto prolongado.
Maternidad, lecturas y recuerdos
Entre las páginas de su vida se cruza también la sombra de su tía, la poetisa Guadalupe Amor. Poseía un temperamento singular: se la pasaba invocando a Dios: “Dios, invención admirable, hecha de ansiedad humana y de esencia arcana, que se vuelve impenetrable”.
“Una vez se enojó porque Octavio Paz se vino a sentar junto a mí y me dijo que no me comparara con ella, que era la dueña de la tinta americana, mientras que yo solo era una rata periodista”, dice.
Elena nombra con mucha admiración a su esposo durante 25 años, el astrónomo Guillermo Haro: “Lo admiré muchísimo. Me enseñó a ir más allá de las estrellas; fue un hombre generoso e inteligentísimo”.
¿Su recomendación para las mujeres que buscan un matrimonio estable y feliz? Evitar casarse con “un idiota”.

A la par de sus investigaciones y coberturas periodísticas en hospitales o cárceles, ejerció la maternidad sin pausar su carrera. Sus tres hijos —Emanuel, Felipe y Paula— viajaban siempre a su lado en su famoso vocho verde.
“Ante todo tenías que ser mamá. Tenías que organizarte, pero sí se puede hacer todo”.
A Emanuel, el mayor, lo describe como un “hijo admirable”; de Felipe —actual director de la Fundación Elena Poniatowska Amor— señala que “trabaja muchísimo, está muy prendido y muy comprometido”; mientras que Paula posee la personalidad más crítica y científica, mucho más cercana a la de su padre: “Siempre le da en el clavo a todo lo que me dice”.
Hoy, esa red familiar se extiende a 10 nietos universitarios a quienes define como “muy trabajadores e inteligentes”, con los que mantiene una relación cercana y franca. Y sí, reconoce sin rodeos que es una abuela sumamente consentidora.
Sobre la labor que desempeñó durante tres décadas impartiendo el taller literario de los jueves en la casa de Alicia Trueba —donde impulsó a escritoras como Rosa Nissan a encontrar sus propias voces en un mundo literario dominado por hombres—, Elena resume su filosofía de vida y trabajo: “Yo no creo en la crítica demoledora ni en hacer pinole al otro. Creo en el estímulo, en decir ‘sí puedes’. Si alientas a los demás, ellos empiezan a creer en sí mismos y confían en que tú los puedes ayudar”.

Por eso, cuando se le pregunta cómo le gustaría que la recordaran, sonríe y descarta cualquier pretensión académica o solemne. Solo pide que la describan como lo que siempre ha sido: una mujer que anduvo por el mundo con la curiosidad intacta, movida por la vida, el servicio y con la puerta siempre abierta para escuchar.
Cada mañana lee las noticias, convencida de que la manera de mantenerse vivo es seguir interesándose por las historias del otro, de un país, de un mundo o de un vecino. Su legado es haber mirado al prójimo con vocación de servicio y profundo afecto, haciendo pleno honor a su apellido materno: Elena Poniatowska Amor.
Imagen portada: Ariel Ojeda



