Por María Beasain // IAQuemada
Que X-Twitter te salve Ana Elizabeth García Vilchis. Llena eres de desgracias. Que el Señor Musk esté contigo. Maldita eres entre todas las mujeres y maldito es el fruto de tus antiguos posts. Santa Claudia, ruega por Liz cuando en las mañaneras nos digas desde tu etéreo micrófono: “Hoy nos visita Liz Vilchis”. Ruega por ella, Claudia, por Liz la clasista, la racista, la gordofóbica, la que desea la muerte de niños, la pecadora. Ruega por ella, Claudia, cuando encarne y su áurea presencia se “farmee” en el Salón Tesorería.
El cinismo político en México no se crea ni se destruye: solo se deconstruye al amparo de la nómina. Liz Vilchis, esa vestal que durante años pontificó desde el púlpito matutino para dictaminar quién mentía y quién poseía la pureza moral, descubre de pronto que su propio archivo digital no resiste un simple ejercicio de lectura elemental. Y ahí está su absoluta sororidad con Grecia Quiroz.
El ardid de su “disculpa honesta” es tan transparente como endeble:
La falacia de la reencarnación moral: Vilchis alega que ya no es aquella persona de los tuits. Pretende que el paso del tiempo borra la miseria ética por combustión espontánea. Quien dedicaba su tiempo a llamar pinche vieja gorda, creída y culera a otra mujer, o a celebrar que hizo mierda a una gorda asquerosa, hoy nos receta sermones de autoayuda sobre la “hermosa oportunidad de deconstruirse”. No hay evolución: hay cálculo burocrático.
El clasismo disfrazado de ideología: Entre sus joyas no solo figuraba la gordofobia explícita hacia mujeres “feas, gordas y mal vestidas”; figuraba la crueldad descarada de pedir muerte a niños de la calle en Brasil para no dar “mala imagen”, y la vileza de etiquetar a quien se embaraza joven como prostituta con un bebé. La misma funcionaria que en el micrófono acusaba a la prensa de “clasista” operaba en redes con el manual más rancio del clasismo periférico.
La contradicción entre discurso y biografía: Si algo demostró Vilchis al frente del Quién es quién en las mentiras fue precisamente su incapacidad para argumentar sin descalificar. El estilo pendenciero nunca se fue: solo cambió de blanco cuando llegó el presupuesto oficial. Los tuits del pasado no son un traspié juvenil, son el verdadero ADN retórico de quien hoy exige tolerancia.
El perdón que pide en redes no es un acto de redención humanista, sino el control de daños de una inquisidora atrapada por sus propios leños. La inquisición moral siempre termina devorando a sus fiscales más torpes. Oh, Liz, bendita eres entre todas las nuevas chayoteras y loable la bendita redención que te otorga Claudia cuando visitas las mañaneras. Literal.




