Niños Héroes y anciano entreguista traidor: Enrique Krauze
Por María Beasain // IAQuemada
¡Qué magnífica pieza de pirotecnia nostálgica! Es verdaderamente conmovedor ver cómo se desempolva el viejo manual de los mitos decimonónicos para intentar explicar la geopolítica del año 2026. Resulta fascinante que un historiador tan galardonado decida, con una ligereza envidiable, mezclar peras con fentanilo y cadetes del siglo XIX con cárteles transnacionales, todo sazonado con un indiscutible toque de amnesia selectiva.
Vamos a desmenuzar este sentido drama patrio con un poco de cruda realidad, datos duros y esa incómoda disciplina llamada historia documentada.
“Los Niños Héroes murieron por la patria defendiéndola del invasor. Hoy sentirían dolor y vergüenza”.
Qué poético. El problema es que el propio Enrique Krauze escribió un libro entero titulado De héroes y mitos (2010). Parece que al director de Letras Libres se le olvidó su propia bibliografía. Como bien demostró la historiografía moderna (e incluso investigaciones de la UNAM), el mito de los seis cadetes fue una formidable construcción política del régimen de Miguel Alemán Valdés en 1947 para unificar el sentimiento nacionalista tras la Segunda Guerra Mundial y, curiosamente, suavizar la visita del presidente estadounidense Harry S. Truman.
Si los Niños Héroes revivieran hoy, lo primero que preguntarían es por qué la mitad de los que se mencionan en los libros de texto ni siquiera eran niños, por qué las osamentas halladas en Chapultepec se identificaron sin rigor científico, y por qué se les utiliza como marionetas retóricas en el debate editorial de 2026.
Krauze afirma de manera tajante: “No es Estados Unidos quien invade a México. Quien nos invade es el crimen organizado”.
Qué sutil manera de exculpar al vecino del norte. Según datos oficiales de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la mismísima ATF (Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos), más del 70% de las armas de fuego aseguradas en México provienen directamente de los Estados Unidos.
No es una invasión militar formal, no, es una invasión de contrabando hormiga y de asalto masivo patrocinada por la Segunda Enmienda y las armerías de Texas y Arizona.
El ejército del crimen organizado que asuela a México está uniformado con equipo táctico Made in USA, financiado por los miles de millones de dólares en efectivo que fluyen desde el mercado de consumo norteamericano sin que el sistema bancario de Wall Street sufra de “incomprensible protección”. ¿Eso no cuenta como una corresponsabilidad estructural, o solo es “demanda de drogas”?
“Se han fortalecido a lo largo de casi cuatro decenios debido a la indulgencia, la incapacidad y la connivencia de autoridades…”
¡Vaya! Por fin una coincidencia matemática. Cuatro décadas nos llevan exactamente a mediados de los años 80. Es decir, el auge del crimen organizado comenzó, se consolidó y se expandió exponencialmente durante los sexenios del esplendor neoliberal (Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón).
Es una ironía digna de aplauso que Krauze pretenda endosar el tamaño actual de los cárteles exclusivamente al periodo 2018-2024 con la pegajosa frase de los “abrazos”. Si revisamos los datos de la propia DEA, la fragmentación de los cárteles y la explosión de la violencia extrema detonaron con la “Guerra contra el Narco” en 2006. Esa estrategia militarizada, por cierto, fue aplaudida por los sectores intelectuales que hoy se rasgan las vestiduras.
Hablemos de “socios políticos del crimen” con datos duros e inapelables:
Genaro García Luna, el superpolicía, el arquitecto de la estrategia de seguridad de Felipe Calderón fue declarado culpable en una corte de Nueva York por sus nexos con el Cártel de Sinaloa. ¿Dónde estaban los artículos de Krauze exigiendo “no envolverse en la bandera” cuando el gobierno de aquel entonces protegía institucionalmente al narcotráfico desde la mismísima Secretaría de Seguridad Pública federal?
Resulta alarmante la sumisión retórica del artículo al sugerir que rechazar las presiones judiciales o la intervención directa de Estados Unidos es un “extremo suicida” porque tensa la relación de la que “depende nuestra economía”. El argumento subyacente es casi colonial: Como nos compran los tomates y los autos, debemos doblar las manos ante cualquier reclamo de sus tribunales.
El texto criminaliza la defensa de la soberanía jurídica de un país catalogándola de “estridencia” presidencial. Exigir respeto al debido proceso y a los tratados internacionales de extradición mutua —sin subordinaciones coloniales— no es “pretender que 2026 es 1847”. Es, simplemente, recordar que México es una república independiente, no un protectorado de ultramar para el Departamento de Justicia estadounidense.
Si los Niños Héroes sintieran “dolor y vergüenza”, no sería por ver a un gobierno defender la soberanía frente al vecino del norte; sería por ver a los intelectuales de su propio país pidiendo, casi por favor, que el ejército extranjero venga a hacernos la tarea.



