La disculpa del vasallo: un ejercicio en hipocresía molecular

¿Aprender del momento? Lo único que este personajillo aprende es a calcular cuánto peso resiste el piso de la lambisconería antes de romperse. Su respeto hacia las mujeres es el mismo que tiene hacia el periodismo: nulo. Existe solo como un satélite que busca el calor del poder.
AguaQuemada

marzo 17, 2026

Por María Beasain

Hay que reconocerle a Carlos Pozos, ese personaje que habita bajo el disfraz de Lord Molécula, una capacidad biológica fascinante: la de carecer de columna vertebral y, al mismo tiempo, ser capaz de articular las disculpas más gelatinosas del ecosistema mediático. Su reciente “mea culpa” en redes sociales no es un acto de contrición, es una coreografía de la supervivencia ante el abismo de lo indefendible.

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La disculpa del vasallo: un ejercicio en hipocresía molecular // Por María Beasain / IA ¿Aprender del momento? Lo único que este personajillo aprende es a calcular cuánto peso resiste el piso de la lambisconería antes de romperse. Su respeto hacia las mujeres es el mismo que tiene hacia el periodismo: nulo. Existe solo como un satélite que busca el calor del poder, y cuando ese poder —encarnado hoy en figuras femeninas que no necesitan de su “gratitud” biológica— le hace un gesto de asco, él se apresura a lamer el suelo que pisó. #mexico @lordmolecula #lamañanera

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Dice el “lord” —cuyo título nobiliario es tan auténtico como su rigor periodístico— que ofrece una disculpa sincera. Primera mentira. En el diccionario de la zalamería, la sinceridad es un estorbo. Lo que Pozos ofrece es una retirada táctica porque el fango ya le llegaba al bigote.

Afirma que sus palabras fueron “inapropiadas” y que pudieron “interpretarse” de una manera que no refleja su respeto. ¡Vaya pirueta retórica! El clásico recurso del agresor que traslada la culpa al receptor: no es que yo haya sido un misógino rancio, es que ustedes, mujeres de piel fina y colegas sin sentido del humor, interpretaron mal mi oda a la caballerosidad de alcantarilla.

“Mi intención únicamente era expresar gratitud y reconocer que todos provenimos de una mujer”, balbucea el texto.

Ese es el grado de profundidad intelectual del personaje: el determinismo biológico como escudo ante la imbecilidad. Bajo esa lógica de tarjeta de felicitación barata del 10 de mayo, Pozos pretende borrar el tono patriarcal, la mirada condescendiente y la interrupción violenta al trabajo de las reporteras que sí van a las conferencias a preguntar, no a fungir como escenografía de un culto a la personalidad.

¿Aprender del momento? Lo único que este personajillo aprende es a calcular cuánto peso resiste el piso de la lambisconería antes de romperse. Su respeto hacia las mujeres es el mismo que tiene hacia el periodismo: nulo. Existe solo como un satélite que busca el calor del poder, y cuando ese poder —encarnado hoy en figuras femeninas que no necesitan de su “gratitud” biológica— le hace un gesto de asco, él se apresura a lamer el suelo que pisó.

No se equivoque, “Lord”. No nos ofendimos por una forma equivocada; nos repugna el fondo. Su presencia en la fuente es la derrota del dato frente al espectáculo; su disculpa es la derrota de la dignidad frente a la conveniencia.

Quédese con sus disculpas, preferimos el veneno de la verdad al azúcar de su servilismo. Al final, todos sabemos que su mayor miedo no es haber ofendido a las mujeres, sino haber dejado de ser útil para el aplauso fácil.

Fuente:

// Medios / IA / HeyGen

Vía / Autor

// Staff

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